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Rodrigo Sorogoyen
©Maria Dias

5 motivos para ver 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen

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Hace un par de años, Rodrigo Sorogoyen logró que se nos desencajara el semblante con 'Que Dios nos perdone', una cinta de aires mugrientos, irrespirable desde el primer segundo, sobre un tipo que violaba y mataba ancianas y dos policías que lo perseguían por el centro de Madrid. Ahora ha vuelto a arrebatarnos el aliento con 'El reino', una radiografía vomitiva de la corrupción que roe la clase política de este país, formulada según los códigos de un thriller anfetoso, que no da tregua ni por un instante. "Esta historia se construyó viendo cada noche el telediario", nos cuenta Sorogoyen, mientras tomamos unas cañas para comentar la jugada.

1. El plano secuencia del principio. La película empieza en acción, con una cámara apresurada pegada a la nuca de Antonio de la Torre, que entra por la puerta trasera de un restaurante, en un plano secuencia calcado al que seguía de espaldas a Ray Liotta y a Lorraine Bracco en Uno de los nuestros. Todo se sucede a un ritmo frenético: el trajín de la cocina, una bandeja con carabineros y una mesa bajo una nube de humo en la que el poder se reparte como las cartas del póquer, entre copas de champán caliente y carcajadas que huelen a eructo. "Queríamos jugar con esa cercanía para que el espectador sintiera agobio, encerrado en un solo punto de vista en el que el mundo parece más deformado, más monstruoso", dice.

 

2. Bárcenas haciendo la peineta. Sorogoyen insiste en que es una ficción, escrita con audacia y maestría en colaboración con Isabel Peña, pero en ella se reflejan algunos de los bochornos nacionales más ofensivos de los últimos tiempos. "Partíamos de elementos como la idea de culpa y la responsabilidad –dice–. Estábamos indignados con la cantidad de impunidad y soberbia, pero a la vez como guionistas nos fascinaba la imagen de Bárcenas haciendo la peineta, con esa superioridad, o lo de Rodrigo Rato diciendo 'Es el mercado, amigo'. Nos empapamos de la trama Gürtel, porque había donde elegir”. El tono general es casi escatológico.

3. Esos espacios sin glamour. La cinta se mueve por bares de carretera, cafeterías con su escaparate de sobao pasiego, inodoros con cisterna elevada y urinarios de pie, espacios ordinarios que van poblando individuos facinerosos, que mean y no se lavan las manos, que hablan mientras la saliva se les reseca en la comisura de los labios. “Buscábamos que todo pareciera muy normal, que las caras de los personajes fueran vulgares y que los lugares que transitan fueran de lo más corrientes, porque para mí el naturalismo era primordial”, espeta. 

©Julio Vergne

4. Una pesadilla acelerada. Avanza a una velocidad huracanada, con música techno en todas las escenas de transición. "Sin desvelar misterios, cuenta la historia de una huida, la de un político medio que de pronto se ve con la soga al cuello, su partido le margina, y tiene que moverse y moverse porque si se detiene se hunde", recapitula. Por cierto, el elenco pone la piel de gallina. Empezando por De la Torre, que aguanta el peso de cada encuadre como un animal acorralado, pero también Nacho Fresneda bailando en la cubierta de un yate, Ana Wagener con el pelo rociado de laca y Josep Maria Pou sorbiendo la cabeza de un crustáceo con el ansia de un caníbal.

5. La estocada final. En última instancia está nuestra implicación como ciudadanos, la cuenta que nos trae. "Trata de un heredero que tiene complicaciones para heredar –explica Sorogoyen–. Lo que eso nos dice es que da igual que caigan los reyes, da igual que eches a Mariano Rajoy de su trono, porque el sistema sigue existiendo". En este juicio demoledor, el personaje de la periodista a quien interpreta Bárbara Lennie es fundamental, con esa mirada desafiante, tal vez cómplice tal vez verdugo, que sigue en nuestra cabeza incluso después del corte a negro final, para exasperación del que continúa en la butaca con los ojos inyectados en sangre.

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