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Madrid vive este miércoles otra de esas jornadas de cielo ligeramente ocre. No es la primera vez, ni seguramente la última. La calima, ese polvo sahariano en suspensión que viaja cientos de kilómetros, ha dejado episodios memorables tanto en la capital como en el resto de España. Escenas que parecieron sacadas de una película apocalíptica.
El más brutal en la península llegó en marzo de 2022, cuando la borrasca Celia tiñó todo el cielo de naranja. Las partículas en suspensión se dispararon a niveles nunca vistos, con concentraciones que multiplicaron por veinte los límites recomendados por la OMS. Durante varios días, Madrid vivió con un filtro distópico permanente y miles de coches quedaron cubiertos por la famosa "lluvia de barro".
Si ampliamos la mirada, el archivo meteorológico recuerda otros episodios épicos, especialmente en Canarias. El 6 de enero de 2002, Las Palmas batió récords con una concentración de polvo que llegó a los 5.586 µg/m³, lo que obligó a cerrar aeropuertos y dejó a la isla completamente cegada. En 2020, justo antes de la pandemia, otro episodio similar volvió a paralizar el archipiélago: muchos lo bautizaron como el "día del fin del mundo".

Si retrocedemos todavía más, encontramos relatos de calimas históricas en los siglos XVIII y XIX, con registros de 1746, 1783 o 1898. Ese último año, un barco francés, el Flachatt, naufragó en parte debido a la reducida visibilidad provocada por el polvo sahariano. Incluso a principios del siglo XX hay crónicas de tormentas que destrozaron instrumentos meteorológicos al combinarse con vientos de más de 150 km/h.
Hoy, la ciencia confirma que los episodios de 2020 a 2022 han sido los más intensos desde que existen registros modernos. Pero lo cierto es que la calima, con su mezcla de belleza inquietante y amenaza silenciosa, ha acompañado a Madrid y a España durante siglos. Y, viendo la frecuencia creciente, parece que seguiremos viendo ese cielo naranja más veces de las que nos gustaría.