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Estos son los cuadros del Palacio de Velázquez que están traumatizando a todo el mundo

Tetsuya Ishida
©Tetsuya Ishida Retirado

Hace pocos días, el Palacio de Velázquez inauguró una de las exposiciones más esperadas de la temporada, 'Autorretrato de otro', la primera monográfica dedicada al artista japonés Tetsuya Ishida en España. Los rumores no mienten. Sin duda es de lo más angustioso y sobrecogedor que hemos visto en mucho tiempo. Aquí arriba tenéis un ejemplo, un cuadro que se titula 'Retirado', donde aparece un cadáver descuartizado y medio azulado ocupando un féretro de porexpán, como las piezas de un electrodoméstico escacharrado. Destacamos cinco obras que también nos han traumatizado.

1. 'Cochinilla durmiendo'. Este hombre con caparazón de escarabajo podría ser el personaje de una fábula de Kafka fusionado con las mutaciones del cuerpo en el cine de Cronenberg, que tanta repulsión nos generó en películas como 'La mosca'. Uno de los temas de la obra de Ishida es la crisis del individuo contemporáneo, en general mostrado como el burócrata de una sociedad destructiva, hecha de máquinas grasientas y oxidadas que pitan y sueltan humo. Es decir, como una cucaracha de cocina, que convive con el riesgo de ser aplastada.

2. 'Invernadero'. Un niño que duerme dentro de unos pantalones de chándal de tactel. Un padre, cuyo tórax es un radiador, le da calor enchufado a la corriente. Ishida representa la banalidad de la Nueva Carne, en la que los sentimientos más puros se transmiten por el cableado eléctrico. En este cuadro incluso el amor paternal da una sensación terrible de abandono. Esas colillas, esos medicamentos, esas latas de cerveza vacías y esos bastoncillos para los oídos esparcidos por el suelo... Todo bañado con la luz fría de un amanecer plomizo que entra por una ventana sin cortinas. 

3. 'Despertar'. Ishida retrata el estado de ánimo de una generación, marcada por el estallido de la burbuja financiera y los despidos masivos que en 1991 sumieron a su país en una recesión. Esta clase, en la que la mitad de alumnos se han convertido en microscopios y la otra mirad tienen los ojos idos, desalmados, como si les hubieran sorbido el cerebro, representa el principio de la enajenación. Hay otro cuadro en la exposición en el que se ve a tres oficinistas con corbata y esta misma expresión de vacío en la mirada defecando dentro de unas fotocopiadoras, de las que gotean chorretones de mierda.

4. 'Búsqueda'. Como en el poema 'La carroña' de Charles Baudelaire, hay una cierta belleza en el olor a descomposición y muerte que emana de esta imagen. Todo es misterioso, trágico y sublime. El cadáver que se transforma en paisaje, en bosque y montañas, como un árbol que echa raíces, como un fósil dispuesto a perdurar para siempre, nos ha cortado la respiración. Fijaos en su brazo, abierto desde el codo con un tajo limpio que en lugar de un racimo de venas deja salir una vía de tren. Fijaos en el muslo, hecho roca y musgo. La metamorfosis es preciosa, pero también tétrica.

 5. Pubescencia. Ishida murió en 2005, a los 31 años de edad, atropellado por un tren en Tokio. Su terrible final parece estar escrito en cada uno de sus cuadros, en esos monstruos atormentados que sufren y gritan en sordina dentro de cada lienzo. Por esa razón no podemos quitarnos de la cabeza a este niño asfixiado por un abrazo multitudinario, que desaparece en un nudo de manos sin cuerpo. Un niño que a su vez se está convirtiendo en mosca, con esas alas translúcidas y esas patas peludas de insecto gigante que lo agarran por detrás. El cuadro transmite una mezcla de pánico y soledad abismales.

 

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