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Amaya Lalanda

Madrid oculto: La ciudad y los "salvajes"

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En el hermoso lago del Palacio de Cristal varias canoas van de un lado a otro. En su interior unos indígenas de Malasia concentran las miradas de los curiosos. El público, que ha pagado una peseta por ver "auténticos salvajes", es numeroso. El zoo humano, instalado en El Retiro, junto a la Casa de Fieras, en mayo de 1887, incluía atracciones como un "desayuno esquimal a base de pescado y carne fresca" así como contemplar a los ashantís de Ghana, descritos por la prensa como una "raza poco inteligente de figura tan bestial que se les podría confundir con un orangután". Incluso se dice que, para gloria de los antropólogos darwinistas madrileños, se asistió a un parto en directo. Los esquimales vivieron una aniquilación paulatina en los jardines del Retiro: eran cincuenta pero, al terminar el aberrante show humano, no quedaban más que nueve de ellos. Malayos y ashantís sufrieron una suerte parecida. Hoy podemos contemplar sus huesos en el Museo de Antropología.

Según la prensa había "igorrotes, un negrito, varios tagalos, los chamorros, los carolinos, los moros de Joló y un grupo de bisayas". El Imparcial hizo una crónica en la que los describía así: "En su constitución, en su aspecto, en su lenguaje, en sus maneras, en sus costumbres, en su color y hasta en sus trajes, esos compatriotas nuestros difieren grandemente de los filipinos más civilizados y hasta ahora conocidos". En aquel Madrid que crecía sin parar y se presentaba en las célebres Exposiciones Universales, la curiosidad y también la ignorancia hacia África y, en general, las culturas indígenas era enorme y afectaba a todas las clases sociales. La infanta Isabel, junto a la regente María Cristina, recibió a una comitiva de estos indígenas en el Palacio Real, donde los pudieron ver y tocar.

Con el Desastre del 98, perdidas las colonias que recordaban el imperio que ya no éramos, todas las miradas se posaron en nuestro sur, en África, mitad ensoñación y mitad fantasía grotesca del colonizador. Nacieron publicaciones como África, la "revista de las tropas coloniales", que se imprimía en los talleres de la travesía Conde Duque, 9, y cuyo contenido era aún peor que el zoo humano. En 1930, cuatro años después de la salida del primer número de África, vivimos el gran acontecimiento de la "negritud": la visita de la famosa bailarina Josephine Baker, la Venus de Ébano, que durante una intensa nevada actuó en el Gran Metropolitano de Cuatro Caminos. Esa noche, Madrid se rindió a sus pies.

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