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Collage de Amaya Lalanda
Amaya Lalanda

Madrid oculto: Los secretos de Chicote

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Tan solo había que subir unos pasos por la Gran Vía hasta llegar al primer piso de su número 6, donde tenía la sede el Club Anglo-Americano, justo encima del Banco Anglo-Sudamericano. Una vez allí, Perico Chicote subía las escaleras con honores de jefe de Estado y se cruzaba con espías, diplomáticos y, según se cuenta, con las mismísimas hijas de Franco, que acudían al bar para ocupar una de las cuatro mesas donde los jueves se organizaban concurridas partidas de bingo. Era una zona liberada, al margen de los rigores y las prohibiciones del primer franquismo, que teóricamente perseguía con saña el juego. Su barman, Félix, era íntimo de Perico. El primero le daba al segundo algunas de las codiciadas botellas destinadas a su gran colección. También se conseguían buenos cigarrillos y whisky. Uno de los miembros del club era el director de la tienda de la embajada inglesa. Traía el material de Gibraltar con la complicidad de policías que se llevaban su parte.

En aquel Madrid, devastado aún por los bombardeos, la mayoría de sus habitantes vestían un uniforme civil y la palabra más escuchada era 'estraperlo': "Para adquirir telas, paños, tejidos de cualquier clase hay que acudir también al estraperlo –recuerda Pedro González Juarranz en sus descarnadas memorias– y pagarlos a precios exorbitantes, la gente agudiza su ingenio para aprovechar la ropa y vestidos que utiliza desde antes de la guerra, acudiendo a profesionales para ‘darles la vuelta’ o de otra forma tiñéndoles en casa, para así enmascarar el deterioro que el uso y el paso del tiempo han ocasionado en estas prendas. El 80% de los madrileños civiles van de luto o de azul marino".

Proliferaban los traperos, una de nuestras profesiones más longevas, a los que se conocía comúnmente como Brigadas del Amanecer (un guiño y recuerdo a las Brigadas del Amanecer que detenían y eliminaban a supuestos quintacolumnistas), por su ir y venir al despuntar el día en busca de basuras. O las hordas de niños colilleros, a la caza de colillas que guardaban a gran velocidad para revenderlas entre los más desastrados. Había casas de empeño y usura por doquier. Pero no en Chicote, donde en los años de la Segunda Guerra Mundial, mientras el régimen se declaraba neutral, solían verse siniestros personajes: jerarcas nazis y personal de la Gestapo, que disputaban lugares favoritos entre este y la cervecería Edelweiss. Porque Perico era todopoderoso. Si las paredes de Chicote hablasen… Se comerciaba con secretos para luego, a mediados de los 40, hacerlo con la preciada penicilina que lo curaba todo como un milagro.

Si te perdiste el artículo anterior... Las noches del Nikka's

 

Collage con varios rostros de famosos: Dalí, Ava Gardner, Lola Flores...

Amaya Lalanda

 

 

 

 

 

 

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