Blackbird

Teatro, Drama
4 de 5 estrellas
Blackbird
©Vanessa Rabade

Autor: David Harrower. Directora: Carlota Ferrer. Intérpretes: Irene Escolar y José Luis Torrijo

Desde que se estrenó el 7 de abril, ‘Blackbird’ ha alimentado no pocos debates. No tienen tanto que ver con lo teatral, pues parece que en esto hay unanimidad: el montaje es excelente. Tienen que ver con lo que cuenta esta obra de David Harrower, que sobre el papel es uno de esos textos redondos que exigen intérpretes valientes. Y me atrevería a asegurar que los debates suceden porque la obra habla de amor, pero no de amor romántico, sino de amor prohibido.

Cuando un amor como el que se cuenta aquí apela a una suspensión de la legalidad y de la moralidad para intentar comprenderlo, el debate está servido. ¿Es esto realmente amor? ¿Hay algún asomo de inocencia en el hombre mayor que se lió con una menor? ¿Se puede hablar de brote psicótico o por el contrario la naturaleza, al margen de toda construcción ética humana, legitima una relación como esta? ¿Hay que dar crédito a una niña de 12 años o subestimar sus capacidades? ¿Cómo hay que juzgarlos a ambos? ¿Lo llamamos amor cuando estamos queriendo decir sexo? La puesta en escena de Carlota Ferrer no obvia todas estas cuestiones y no pocas veces las lanza al patio de butacas: ¿órdago moral?

Lo que está claro es que la historia se vive, como espectador, con incomodidad, sin dejar de disfrutar el artefacto teatral que tenemos delante. Ese equilibrio es muy difícil de conseguir y aquí se consigue. Disfrutamos de esa primera media hora que, si fuera cine, estaría a la altura de un duelo de pistoleros de western, con esa tensión, esa desconfianza, esa vigilancia férrea de cada movimiento del otro. Contribuye a todo esto un espacio asfixiante en su cotidianidad, que lo mismo es una aséptica sala de paso, un no lugar, que una proyección de los bajos fondos del alma humana, con su techo destartalado y esa rama/raíz de extracción onírica que se lanza amenazante como un árbol diabólico en una pesadilla sobre Ray, el personaje que tan bien hace José Luis Torrijo.

Parece que una obra hiperrealista no da pie a lo poético, pero Carlota Ferrer lo extrae como se extrae la piedra preciosa de una roca, suspende el relato para regalarnos una bisagra de música y movimiento que nos precipita hacia un final abrupto, inesperado, que retuerce más si cabe lo que ya venía siendo bien retorcido. Es, en fin, un trabajo notable en luz, sonido y puesta en escena, sobresaliente en interpretación. Y que nos regala, claramente, el mejor trabajo hasta la fecha de Irene Escolar.

Por Álvaro Vicente

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