Escuadra hacia la muerte

Teatro
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Escuadra hacia la muerte

Autor: Alfonso Sastre. Director: Paco Azorín. Intérpretes: Julián Villagrán, Unax Ugalde, Agus Ruiz, Iván Hermes, Jan Cornet y Carlos Martos.

En el prólogo al ‘Teatro escogido’ de Alfonso Sastre, el crítico Javier Villán escribe lo siguiente: “En la poética teatral de Bertold Brecht el personaje, como sujeto de la acción dramática, se configura en un proceso narrativo y didáctico. En Sastre, por el contrario, los personajes viven, sienten; son héroes perdedores, humanos y cotidianos.” Pues bien, este montaje de la obra de Sastre, trufado con fragmentos de poemas de Brecht que no parecen venir muy a cuento (o, al menos, no parecen justificados por la acción de la obra y rompen el poco ritmo que tiene la cosa), va a la contra de esta afirmación: los héroes son humanos, son cotidianos y son perdedores, sí, pero son más planos que la orografía de Holanda.

Creo que, cuando la dirección de actores es inexistente, hay que mencionarlo, por mucho que duela. En este caso, el director, Paco Azorín, es eminentemente escenógrafo, y muy bueno además, porque sin duda todo el trabajo plástico de esta función es impecable, desde las luces al vestuario y el paisaje sonoro al que tan bien contribuyen los propios intérpretes, pasando por la escenografía propiamente dicha, basada en una idea muy distinta a lo que Sastre escribió, pero esta vez sí, muy bien justificada cuando se hace una obra antibelicista de los años 50 del siglo XX en 2016. El búnker nos anuncia una atmósfera asfixiante en un mundo en guerra, un refugio que lo mismo es madriguera que ratonera. Una olla a presión que debería hervir hasta explotar, pero es gélida como la orografía de Siberia.

Ocurre que los actores parecen seres inanimados, muñecos, seis piezas más del entramado espacial ideado por el escenógrafo. Y dirigir una obra no es solo desplegar una batería de efectismos y mover a los seres humanos como soldaditos de plomo en una maqueta. Mucho de lo que hacen es inverosímil, no atraviesa los corazones, anticipa y desvela más de lo necesario y, para colmo, cierra con un final de fría apoteosis bastante incomprensible desde el punto de vista conceptual. No por tener media docena de buenos actores tienes asegurada la comunión emocional con el público. El director ha de dotar de un sentido esa relación entre el escenario y las butacas, pero para eso los actores deben saber bien lo que están haciendo, y aquí, pues… no parece que lo sepan…  

Por Álvaro Vicente

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