Fausto

Teatro
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Fausto

Autor: J. W. Goethe. Versión: Livija Pandur, Tomaz Pandur y Lada Kastelan. Dirección: Tomaz Pandur. Intérpretes: Víctor Clavijo, Roberto Enríquez, Marina Salas, Ana Wagener, Emilio Gavira, Pablo Rivero, entre otros.

Fausto o la historia de un hombre que, teniéndolo todo, está insatisfecho y coquetea con la muerte como solución final, porque su búsqueda de la belleza le aboca a una enorme frustración. Voy a empezar esta crítica rescatando algunas frases oídas entre los espectadores al acabar la representación. No trato con ello de menospreciar este trabajo, en el que hay invertido tiempo, esfuerzos, talentos y dineros, pero creo que son algo así como opiniones-síntoma. Por ejemplo, una chica dijo: "a mí, después de una obra así, me apetece una de calamares… para reconectar con la vida real". Y un chico comentó: "sí, es todo muy plástico, tanto que el director nos trata como si fuéramos de plástico". Finalmente, otra chica afirmó: "para ver esto, prefiero irme al Reina Sofía".

Gran parte del público no se siente tenido en cuenta cuando termina de ver el 'Fausto' de Goethe en manos de Pandur, pero no termino de saber si es problema del director esloveno o del propio público. Puede que ambos tengan un tanto de responsabilidad. Desde luego, una obra así exige una voluntariosa preparación previa y una participación activa en su recepción, porque es una obra compleja. Pero tampoco el director lo ha puesto fácil, no ha encontrado la forma de hacer más accesible la problemática de Fausto, tan profundamente humana. La ha vestido con el mejor traje posible, eso sí, porque la estética del montaje es apabullante y se podrían rescatar no pocos cuadros para colgar en museos y galerías de arte, pero hay un tratamiento frío de las emociones, sólo salvado por el trabajo de unos actores que, además de buenos, son españoles, o sea, mediterráneos, o sea, impetuosos, sentimentales (en el mejor sentido) y generosos en su expresión emocional y teatral.

Fausto o la historia del bien contra el mal, de lo profano contra lo sagrado, de lo mundano contra lo divino. Pandur, en su versión de los hechos, ha decidido extremar la situación y sentimiento de soledad de Fausto. Para empezar, vemos a un enorme Roberto Enríquez durante los primeros 15 o 20 minutos de función luchando contra sus fantasmas, contra sus dudas y contra sus certezas, en un monólogo contundente en el que el actor y el personaje luchan contra el muro infranqueable de la insatisfacción. "Existir es una carga" para él y se entrega a la magia en busca de la geometría de la divinidad (fantástico trabajo audiovisual que se proyecta contra el enorme muro que divide el escenario en su diagonal). Mesías de su propia lucha interna, decide cambiar el axioma bíblico y si en el principio era el verbo, para él la cosa cambia y decide que en el principio está la acción. Y cuando se dispone a accionar… aparece Mefistófeles.

La encarnación del mal aquí no es individual, sino familiar. Mefistófeles es una familia, lo cual resulta bastante curioso tratándose de un símbolo del caos frente al orden. Claro que también Pandur parece querer hablarnos de la doble moral, tanto en los que se dicen muy malos y aparecen muy buenos, como en el caso de los que representan a Dios en la tierra, aquí reducidos a la figura un tanto difusa de un obispo que nos empacha con su incienso eclesiástico, encarnado por Emilio Gavira, excelente, como siempre. ¿Qué es el bien y qué el mal? ¿Quién lo decide? En la aparición del hijo y la hija (Pablo Rivero y Marina Salas) hay algo de Lewis Carroll. En el padre (Víctor Clavijo) resuena lejanamente el diablo que compuso Robert de Niro en 'El corazón del ángel' (huevo duro incluido) y la madre (Ana Wagener) es un centro de poder sin poder para ejercerlo, por raro que suene. Ellos le proponen a Fausto vivir la vida de otra forma, sellan con sangre un pacto y, como si de una familia circense se tratara, representan para él las escenas de familia, amor, juventud, autoridad o belleza. No deja de ser un teatro dentro del teatro, incluida la historia con Margarita (reencarnada en la hija de Mefistófeles, gran trabajo de Marina Salas), y Fausto acaba igualmente frustrado. Será en la segunda parte, más filosófica, cuando comprenda que sólo la muerte es, realmente, el bello instante que lo detiene todo.

Diremos, para finalizar, que en su conjunto, el montaje se hace un tanto largo y a ratos es sólo una sucesión de cuadros plásticos impactantes visualmente. La texturas rugosas, la omnipresencia de la ceniza como elemento mezclado con el rojo vivo de la sangre (vida y muerte), el sorprendente dispositivo escénico que mueve los paneles del muro creando distintos ambientes y la ambientación musical conjugada con una portentosa iluminación, hacen que sea todo un placer sensorial. Y a favor de Pandur tengo que decir que hay una tímida apuesta cómica (incluso riéndose de sí mismo, con chistes referentes a su anterior montaje en Madrid, 'La caída de los dioses') que se agradece. Como se agradece, insisto, el trabajo de los actores que son los que verdaderamente intentan lanzar un puente comunicativo con el patio de butacas, aunque no parece que sean el elemento que más importa al director en el conjunto del montaje.

Por Álvaro Vicente

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