Idiota

Teatro
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Idiota

Autor: Jordi Casanovas. Director: Israel Elejalde. Intérpretes: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert.

No podía empezar mejor la nueva andadura del Teatro Pavón, reconvertido en Teatro Kamikaze. ‘Idiota’, además de ser un montaje redondo, es toda una declaración de intenciones, con el inconfundible sello de calidad de la compañía Kamikaze (artífices de ‘La función por hacer’, ‘Misántropo’ y tantos otros trallazos teatrales en los últimos tiempos). Con ‘Idiota’ se plasma la apuesta por un teatro de hoy y para hoy, un teatro que disecciona el presente para alimentar la capacidad crítica del espectador frente a su circunstancia histórica y social. Un teatro de autor –contemporáneo-, con un texto de aparente sencillez que revela una sugerente complejidad, y que brinda a los actores la posibilidad de lucirse.

Y en el caso de Gonzalo de Castro se luce con creces. Pocos actores como él transitan la comicidad de un clown sin nariz roja ni zapatones para un segundo después desplegar furia, contradicción, desestructura emocional, asombro, miedo y rebelión. Como público, atravesamos con él un sinsentido consentido muy bien cimentado en un texto más medido y más profundo de lo que pueda parecer en un principio. Y lo que nos podía parecer un idiota ajeno y lejano, termina por ser una criatura reconocible y hasta palpable en nosotros mismos, del que no nos separa tanto como creíamos.

Este enfrentamiento del hombre común con su destino, viaja de la comedia a la redención, haciendo paradas en el thriller disfrazado de juego macabro, hilado con precisos pespuntes desde la dirección invisible de Israel Elejalde (las mejores direcciones, las que no se notan), reconducido con sofisticación alemana por la antagonista doctora teutona que interpreta Elisabet Gelabert y trabajado sobre un espacio estimulante, que dispara tantas lecturas como espectadores haya en la sala mirando: ¿ciencia ficción? ¿Distopía? ¿Manipulación del consumidor?

Una oquedad en el vacío, un átomo en el universo de los humanos-hormiga, que viven pensando que tienen control sobre sus días, libertad de pensamiento y acción, que se someten al juego que les proponen por pura avaricia, sin examinar las consecuencias. ¿Tomamos todas nuestras decisiones nosotros? ¿Estamos a salvo de la corrupción? Preguntas que quedan suspendidas mientras aplaudimos una obra que nos acompañará muchos días después de verla con un run run incómodo. Aquello que nos divirtió tanto y nos sobrecogió, quizás era más perverso de lo que creíamos…

Por Álvaro Vicente

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