Insolación

Teatro
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Insolación

Autora: Emilia Pardo Bazán. Dirección: Luis Luque. Versión: Pedro Víllora. Intérpretes: María Adánez, Chema León, José Manuel Poga, Pepa Rus.

La primavera la sangre altera. Quién no ha pensado o dicho esta frase uno de esos días de mayo/junio en los que se siente ese extraño hormigueo en el estómago, esa alegría inusual que florece como los geranios. En mayo, como los insectos, vamos de flor en flor y el polen, a veces, se nos sube a la cabeza. Y en Madrid más, que tiene una de esas primaveras arrolladoras. Nos parece que, de pronto, tanto la ciudad como sus habitantes, tienen el guapo subido. Los primeros calores hacen de las suyas, los días se alargan, hay ambiente de fiesta, ganas de juerga, predisposición al roce y a la psicosis de amor.

Ahora, en el siglo XXI, nos entregamos con facilidad y decisión a esa pequeña bacanal del alma, pero a finales del siglo XIX, para según qué gente, no era tan fácil. Con “según qué gente” me refiero a las mujeres. Por eso, la novela de Emilia Pardo Bazán en la que se basa esta obra fue tildada de pornográfica en su momento, sólo por mostrar a una mujer entregándose a su deseo, simplemente. De aquellos barros… En el montaje, más importante por su reivindicación de la figura de la Pardo Bazán que por mostrar grandes hallazgos escénicos, vemos lo que aprieta el corsé cuando el calor aprieta, si se me permite este apretado juego de palabras.

 

Confieso que durante los primeros diez minutos de representación, todo me pareció tediosamente antiguo. Quizás hay una elección voluntaria desde la dirección de adoptar ciertas formas anquilosadas para que después el doble torbellino arrase con esos primeros prejuicios de espectador. Primero, María Adánez, mejor que nunca, nos lleva con ella, nos gana para su causa, vivimos su pelea interior, escuchamos las espadas batiéndose, razón contra emoción, intuición contra tradición. Luego viene el hombre, un José Manuel Poga a ratos pasado de donjuanismo, dotado de la gracia y el atractivo que ha de trastocar los férreos esquemas establecidos.

No sabe un hombre cuánto terreno tiene ganado por permitírsele la seducción abierta, lo fácil que parece todo, lo sencillo que es decir “si no me amas voy a morir” a una mujer que arrastra el peso de una historia que la ningunea. La víctima no es el hombre rechazado, por mucho que nos lo hayan querido contar así tantas veces. Dar un paso hacia delante para ellas es un mundo, en las realidades de amor y en las de dolor. No lo olvidemos. Y montajes como este dejan ese buen sabor de boca, porque está muy bien hecho en todas sus partes y porque sí, ellas tienen que ser valientes para tomar según qué decisiones, aunque lo ideal sería que ni tuvieran que plantearse sus cualidades guerreras todo el rato, que pudieran hacerlo, sin más, y ya.

Por Álvaro Vicente

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