La distancia

Teatro, Drama
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La distancia

Autora: Samanta Schweblin. Versión y dirección: Pablo Messiez. Intérpretes: María Morales, Fernando Delgado, Luz Valdenebro y Estefanía de los Santos.

Quienes hayan leído ‘La nausea’, de Sartre, sabrán de qué hablo. Quienes hayan visto ‘Victoria’, una película alemana reciente dirigida por Sebastian Schipper, sabrán de qué hablo. Hablo de una sensación en la boca del estómago un tanto incómoda que se mezcla con un afán por seguir leyendo, seguir viendo, seguir mirando, por querer saber más pese a intuir que, al final, nos encontraremos con un monstruo. Ese monstruo somos nosotros mismos, seres humanos que nos deshumanizamos con una facilidad pasmosa.

Con ‘La distancia’ pasa un poco todo esto. Hay unos seres en escena que apuntan en unos cuantos brochazos cargados de poesía una historia inquietante, la de Amanda y su hija Nina, que en unas idílicas vacaciones en el campo se han topado con una realidad dolorosa y terminal. Nos sobrecogen. Nos emocionan. Como en una pesadilla, querríamos salir corriendo de allí, pero nuestros cuerpos no responden. Nos pasa como a Amanda, que quiere saber antes de morir. Saber antes de morir, ¿hay algo más consustancial a la esencia humana? Nosotros, el público, interpelado, abrumado, desasosegado, somos igualmente Amanda, somos niños deformes, somos patos muertos, somos sementales incapaces de montar yegua alguna ya.

Aterricemos. Hay una zona en Argentina llamada Entre ríos. Allí se dispersan kilométricos campos de soja transgénica que son sistemáticamente rociados con un herbicida que contiene glifosato y que, según muchas organizaciones médicas y ecologistas, es el causante de cánceres, abortos y malformaciones, muy comunes entre la población de aquella zona. Este problema silenciado por los intereses comerciales sacude desde hace años a las personas, pero nada cambia.

La narradora argentina Samanta Schweblin se inspira en esto para escribir la novela ‘Distancia de rescate’, pero en esa novela no se nombran nunca las palabras transgénico, herbicida o glifosato. Sí se nombra la palabra intoxicación, porque es la más acorde con la metáfora que se pone en juego. Pablo Messiez se ha traído a su terreno la novela, conformando un relato escénico que, como una tela de araña, atrapa y no suelta. Y buena parte de culpa la tienen las actrices (y el actor). Los planos narrativos se superponen, pero no está en peligro el entendimiento de la historia. Hay un realismo casi almodovariano mezclado con un proceder onírico, una atmósfera de cuento de Juan Rulfo mezclado con un histericidio cortante.

La cosa avanza con un ritmo endiablado, dejando flecos, apurándose en el suspense. Y en menos de hora y cuarto, todo ha terminado. Entonces aplaudes, miras al suelo, resoplas pensando, uff, qué fuerte, qué raro todo, qué buenas esas tías, que punzada cada grito de Amanda (María Morales); qué ambivalencia constante la de Carla (Luz Valdenebro), que no sabes por dónde cogerla; qué mordacidad y qué inocencia en un mismo cuerpo, el de Estefanía de los Santos encarnando primero a la mujer de la casa verde y luego a Nina, la hija de Amanda; qué dolor apremiante viendo y pensando a David, el niño que interpreta Fernando Delgado. Qué reverenciales putadas podemos llegar a hacernos, sólo por querer matar las malas hierbas. ¿Y quién decide que una hierba es mala?

Por Álvaro Vicente

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