Priscilla, reina del desierto

Teatro, Musical
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Priscilla, reina del desierto
©João Caldas Fº

Basado en la película escrita y dirigida por Stephan Elliot. Dirección: Simon Phillips. Libreto: Stephan Elliott y Allan Scott. Coreógrafos: Ross Coleman y Andy Hallsworth. Dirección artística en España: Ángel Llácer. Elenco: Mariano Peña/José Luis Mosquera, Jaime Zatarain, Christian Escuredo, Juan Carlos Martín, Víctor González, Rossana Carraro, Patricia del Olmo, Etheria Chan, entre otros.

Una gran barra de labios, del tamaño de un fálico misil Tomahawk, preside el escenario del Nuevo Teatro Alcalá, todavía a telón bajado. La excitación se palpa en el ambiente. Gentes de toda edad y condición van ocupando sus localidades con su cubo de palomitas bajo el brazo, después de recolectar selfies por todos los rincones del teatro. Los prolegómenos se viven ya como una fiesta y, tanto el arranque como el desarrollo de todo el espectáculo no hacen más que confirmar las expectativas y acrecentar las ganas de bailar.

Todo es grandioso en el mundo de Priscilla. Las cifras anonadan. Un autobús robotizado de 10 metros y 6 toneladas. Tres divas supremas que cantan como los dioses, colgadas a 16 metros de altura durante el 80% de la función. Un vestuario absolutamente portentoso y multipremiado (Oscar, Tony y Olivier) compuesto por más de 500 trajes, 150 pares de zapatos y 200 pelucas, tocados y sombreros. 16 músicos. 24 voces. 15 o 20 canciones…

Toda esa publicidad se iría por el retrete si la calidad del espectáculo no estuviera a la altura de los fuegos artificiales. Afortunadamente, lo está. Y nosotros hemos tenido la suerte de poder ver Priscilla seis meses después de su estreno, con lo que se puede decir que todo está perfectamente engarzado, que todo funciona con precisión, que el foso se entiende con el escenario de maravilla, que no hay ni un mínimo fallo técnico. Una máquina ajustada, engrasada, dispuesta para proporcionar dos horas y media de diversión que bascula entre lo salvaje y lo petardo, lo emotivo y lo irreverente, lo mundano y lo sagrado. Siempre hay un acceso de espiritualidad cuando unas voces cantan, angelicales, desde las alturas, sea celebrando la virginidad en un drama religioso medieval (el Misterio de Elche, pongamos por caso) o cantando 'Like a virgin' de Madonna, otra diosa.

Preparados para el empacho de lentejuela, todo el patio es ya una discoteca, con su gran bola de espejos en el centro, se palpa la negritud mientras una voz lanza la receta para vivir a tope la vida de una drag: alcohol más fiesta más temazos. La energía y el sarcasmo conviven como animales en celo, ahora frotándose ahora odiándose. El texto, que no suele ser lo más importante en los musicales, aquí tiene sus auténticas perlas (“eres más marica que el repertorio de Gloria Gaynor”), sus perlas cultivadas (“mis hombres favoritos son como los muebles de Ikea: importados de Suecia y fáciles de montar”) y sus perlas de todo a 100 (“no seas cretina Turner”… tras lo cual hay una imitación de la cantante muy rollo Millán Salcedo, que afortunadamente se olvida pronto). Y ese texto sustenta una historia que, sin ser shakesperiana, tiene algo más de vuelo que en otras muestras del género, donde las tramas son más simples que un sumidero.

La sinopsis oficial dice que Priscilla narra las divertidas experiencias de tres amigos que recorren el desierto australiano a bordo del desvencijado autobús que da nombre al espectáculo, pero no dice por qué. Uno de los tres amigos tiene un hijo de 6 años en la otra punta del país al que no conoce y del que teme el rechazo por ser gay y drag queen. Decide enrolar a dos colegas en el viaje y llevarlos con él, sin contarles lo del niño, con la excusa de hacer juntos allí un espectáculo. El camino, como todo viaje iniciático, está lleno de obstáculos, momentos felices y momentos difíciles, en los que se celebran la diferencia, el arte, la valentía o la libertad y se condenan la homofobia y los muros invisibles que impiden ser como uno es, todo sin abandonar un tono colorido y luminoso, sin caer en melodramatismos por muy trágica que se ponga la cosa. Al final, triunfa la tolerancia y el respeto y ese es el mensaje que debe calar, por muy envuelto en fiesta, pluma y exabruptos de mariquita que esté.

Del trabajo interpretativo poco se puede decir que no sean alabanzas y reconocimientos. Nosotros vimos, para bien o para mal, una función de covers (sustitutos), es decir, no vimos sobre el escenario a Mariano Peña, que es el principal reclamo actoral de este espectáculo. En su lugar, pudimos admirar el trabajo de José Luis Mosquera en el papel de Bernadette, una vieja gloria del mundo drag, con maneras de vedette y experta en el arte –reivindicación por medio- del playback. Por momentos, parecía transmutado en la Esperanza Roy de los mejores tiempos. Su contrapunto lo pone Christian Escuredo, magnífico en todos los registros que transita, como mosca cojonera, como niño mimado, como príncipe destronado, como amigo. Y como cantante y bailarín, que lo borda. En general, todo el elenco, ya lo dijimos más arriba, está insuperable, y nos gustaría destacar a Etheria Chan, una chica asiática que tiene un momento glorioso.

En definitiva, un gran show que ofrece la diversión que promete y con el que es imposible permanecer quieto en la butaca cuando no paran de caer grandes hits de la inmortal música disco setentera, del mejor funk, de Madonna, de Gloria Gaynor, de Village People, de Harold Melvin, de Elvis, de Earth Wind & Fire… "as long as i know how to love, i know i’ll stay alive! I’ve got all my life to live. I’ve got all my love to give. And i’ll survive! I will survive! Hey, hey!"

Por Álvaro Vicente

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Marietta R

El espectáculo es fabuloso,divertido,alegre ,colorista y cantan que se salen...especialmente Christian Es curado. ..que derrama talento...es una gozada