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La Barcelona de Carvalho

Los escenarios más ilustres del personaje de Vázquez Montalbán

Carvalho
carla tramullas
Por Carlos Zanón
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Manuel Vázquez Montalbán (MVM) vio enseguida que Carvalho tenía más prestaciones que las de poder ponerle en los labios las opiniones del periodista sobre la transición política. Opiniones que no siempre podía decir por sí mismo en un momento en el que todavía estaba vigente la ley Fraga. Una de estas prestaciones era dar testimonio del paisaje sentimental de la ciudad que había sido la infancia de MVM. Y también, la de convertirse en un cicerone excepcional. En los Carvalho existe una voluntad decidida y casi obsesiva, novelescamente hablando, de que la escenografía del teatro sea, a veces, el argumento de la obra. MVM es consciente de su importancia como voz acreditada en Barcelona a la hora de hacer que Carvalho cene en un determinado restaurante, que Biscuter vaya a la Boqueria a comprar sepia o que algunas de sus criaturas se tomen tres cervezas en la plaza Reial.

Eje Vallvidrera-Raval
Pepe Carvalho vuelve de su particular aventura americana a Barcelona aproximadamente en 1970. Y se encuentra con una sociedad franquista, reprimida, represora y predemocrática. Desde 'Tatuaje' (1974) hasta 'Milenio' (2003) es testigo agrio y desencantado de una ciudad que parece que se quiere olvidar de sí misma mirándose en el espejo de la bruja de Blancanieves. Una Barcelona que será olímpica y de cara lavada para ocultar lo que es tan importante para Carvalho, el mapa perdido de su sentimentalidad, su infancia. Carvalho tiene mucho de zombi caminando por un mundo extinguido. Esta situación le hace soñar con huir de Barcelona pero nunca lo hace. Se marcha temporadas, pero porque sabe que la única forma de volver a un lugar es haberse ido antes.

MVM es hábil. Mucho. Carvalho necesita sentirse en la entrañas del monstruo y su mundo es el barrio Chino, ahora Raval. De acuerdo. Es allí donde se cocina la Barcelona que se quiere esconder a turistas y burgueses. La Barcelona salvaje que ni unos ni otros han podido adiestrar. La de gente que quiere, que lo intenta o que ya no puede ni hacerlo. Carvalho tiene que tener un pie allí dentro, pero para ir a dormir, MVM tiene que colocar a su protagonista a fuera, en una montaña desde donde podrá mirarse la metrópolis como una alteridad. La del Carmel ya estaba ocupada por Marsé. Así que escoge otra desde la que Carvalho puede observar su ciudad como el lugar donde se pudren sus vísceras en buen estado y las de la ciudad (y donde vive la Charo y los otros y donde están sus recuerdos). Carvalho necesita poner distancia porque sabe que está imantado a una ciudad que es su esencia y, al mismo tiempo, su agujero negro.

En Vallvidrera se instala en una torre. MVM se inspiró en una casa que tenía el fotógrafo Xavier Miserachs durante los años 70 y que él frecuentaba. El autor de Carvalho también vivía en Vallvidrera y es más que probable que tuviera un vecino contable y solitario llamado Fuster. Para MVM, se trata "de un chalé al que se llega por un camino de tierra ancho, que se alarga entre viejas e historiadas villas". En cambio, el despacho donde trabaja (y vive y cocina tortillas de patatas Biscuter) estará en la parte baja de las Ramblas, en los Caputxins, en el cruce con la calle Escudellers. "Pequeño apartamento de unos treinta metros cuadrados (...) verdoso, con muebles de oficina de los años cuarenta; una pequeña cocina con nevera y retrete". Un despacho con pedigrí: antes había sido la casa de putas de Madame Petula. Cerca del despacho, el restaurante Amaya (Rambla, 20-14) y en la misma acera, el frontón Colón.

Ravaleando
La Barcelona de Carvalho es la de MVM. Los dos nacieron en la calle Botella, en pleno Raval: "y a la salida, el descenso de la calle le llevó por sí mismo hasta la calle de la Botella, su propia calle". La pobreza fea del barrio Chino tiene al menos la pátina de la historia. Nada que ver con "la fea pobreza prefabricada por los especuladores prefabricados prefabricadores de barrios prefabricados". Carvalho, su familia y otros personajes transitan por el Raval y por todas las arterias que entran y salen de la Rambla.

Los podemos leer por sitios como el bar Pastís (Santa Mònica, 4), donde los clientes toman absenta, en la calle Petrixol, comen flan, nata y melindros. El restaurante La Odisea o el bar Nostromo (Ripoll, 6), cerca de la Catedral, fundado por Cecilio Pineda, antiguo capitán de la marina Mercante: "Tanta gimnasia le había despertado a Carvalho el apetito y dudó entre irse a La Odisea a gozar de la cocina de autor de Antonio Ferrer o dar la alternativa a los del Nostromo, dos marinos que se habían metido a restauradores, después de la experiencia vivida en La Rosa de Alejandría".

Casa Leopoldo, emblemática y sentimentalmente anclada a Carvalho-MVM ("un restaurante recuperado de la mitología de su adolescencia"). Senyor Parellada y Quo Vadis. En los Carvalho se come muy bien y siempre se sabe donde. El carajillo ya es otra cosa. El detective se lo puede tomar, por ejemplo, en el Cafè de l'Òpera "rodeado de manifestación y de los primeros caracoles de la fauna ramblesca salidos de sus madrigueras. Carvalho selecciona intuitivamente los que pueden ser policías disfrazados". También la cerveza: "Se tomó un triple de cerveza en la Plaza Real añorando una perdida tapa de calamares en salsa de pimienta y nuez moscada que había caracterizado a la cervecería más multitudinaria del recinto". Lugares como el mercado de la Boqueria donde Biscuter se mueve rápidamente y directo como un tiburón oliendo sangre, entrando y saliendo por la plaza de la Gardunya aunque a determinadas horas ésta parezca "el culo de la Boquería". La plaza del Padró, la plaza de la Vila de Madrid, siempre un buen lugar para aparcar un Seat Coupé de color rojo y así "poder recorrerlas (Ramblas) a pie hacia abajo, hacia el territorio de Charo".

Fuera de las murallas
Algunos de los clientes de Carvalho vienen de otras partes de la ciudad. El ámbito de actuación del detective quedará muchas veces fuera de las murallas. Poble-sec también es parte del imaginario emocional de Carvalho y de su autor, con recuerdos "a recorridos de domingo o de sábado". Zona verde de Montjuïc donde proustianamente se rememora la tortilla de patatas familiar -igual que la de Biscuter le recordaba a la cárcel de Lleida-. O Poblenou, que en el sueño de los obreros se llamaba Arcadia y en el de los empresarios, Manchester. El Cementerio de las Corts, al lado del estadio, donde por la noche matan a los delanteros centro. Los mares del Sur, para a un empresario enfermo de gauguinismo, están cerca del barrio obrero de Sant Magí, tan parecidos al viejo Bellvitge o el barrio de La Pau. Y claro, también la ciudad post olímpica que Carvalho ya se mira con algo más profundo y doloroso que recelo o escepticismo.

Como un Gatsby que nunca estuvo enamorado de la vida ni la vida de él, Carvalho tiene una lucidez quijotesca. Cada hombre acaba siendo un fantasma en su propia ciudad porque sus calles están construidas sobre ruinas y huesos. Al fin y al cabo los molinos de viento eran gigantes. Carvalho lo sabía.

Carvalho ocupó un espacio enorme de nuestra vida intelectual y social. Un referente chamánico que la tribu quería escuchar para interpretar la realidad inmediata. Una voz -inteligente y generosa- hoy todavía añorada. Él lo hacía todos los días en todas partes (periódicos, revistas, libros, poemas, radios, televisiones) cumpliendo su rol de intelectual total a tiempo completo. Conectando con su época, parecía que tenía en la cabeza un mapamundi con manual de instrucciones incluido. Como periodista tenía compromiso, autoridad, sentido de la oportunidad y de la fecha de entrega. Escribía tanto y con tanta facilidad que, a veces, los libros se resistían. Pero en novelas como 'Los mares del sur', 'El pianista' o 'Galíndez' demostraba que era un autor de primer nivel, con talento, rigor y ambición, además de oficio. Y un gran poeta siempre.
Su lírica ha trascendido generaciones, lectores y nuevos poetas. Sólo un buen poeta escoge tantos buenos títulos para los artículos o las novelas, o hace un uso sentimental, eficaz y siempre literario de la memoria cuando escribe prosa.

La familia Carvalho: los personajes

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Fuster: "Comedor, bebedor y solitario"

Vecino de Vallvidrera, amigo de Carvalho y, como él, “comedor, bebedor y solitario”. Abogado, asesor financiero del detective y camarada gastronómico cualquier día de la semana y a cualquier hora del día y la noche. Es tan positivo y complementario en la misantropía del detective que no sería extraño que fuera una alucinación. Puede recitarte a Ausiàs March como hacerte un ‘salmis’ de pato o cantarte 'Ojos verdes'.

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Charo: "Tenía una mirada para los hombres con los que se acostaba... y otra abierta e ingenua con la que contemplaba todo lo demás"

Prostituta independiente, clientela fija y contratación telefónica. La relación con Pepe es compleja. Ella cree que él sólo la compadece. Y a Carvalho ya le va bien que se dedique a la prostitución porque así no tiene ninguna responsabilidad. Comodidad afectiva, sexual, protectora. Todo se rompe cuando Pepe se pasa un libro entero evitando a la Charo. El tiempo convierte la comodidad en indiferencia. La Charo se va a Andorra a regentar un hotel... La mirada de la Charo ve a Carvalho como no lo puede ver nadie más. “Te quiero, Pepinho”. “Allá tú”.

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Biscuter: "Un feto rubio y nervioso condenado a la calvicie"

Ex ladrón de coches, sospechoso habitual, cocinero aficionado y ex compañero de Carvalho en la prisión de Lleida, Biscuter es el complemento del héroe subvertido por Montalbán. Tiene tanto de Watson y Paspartout como de Sancho o capitán Renault en ‘Casablanca’. “Un feto rubio y nervioso condenado a la calvicie”. Duerme en el despacho, sabe moverse como nadie en la Boqueria y no tiene vicios. Sólo la lealtad a Carvalho y un sentimentalismo de niño feroz.

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Bromuro: "Bicho herido y tierno, frágil y sabio"

Bromuro, el limpiabotas del sur de la Rambla, es también el contacto de Carvalho con la delincuencia. Bocazas fuera del tiempo y del mundo, un ex División Azul, confidente de la poli, imagen paradoxal de la derrota absoluta dentro del ejército vencedor. Bromuro es miserable, pero también “un bicho herido y tierno, frágil y sabio”. Aparece en ‘Tatuaje’ y morirá con el hígado reventado en 'El delantero centro'..., en la cama de Carvalho.

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Carvalho

Detective privado. Ya no tiene principios, sólo vísceras. MVM tiene en mente al actor Jean-Louis Trintignan, pero sólo comete una indiscreción al describirlo “alto, moreno, treintañero, algo desaliñado a pesar de llevar ropas caras de sastrerías del Ensanche”. Ex de todo: profesor, comunista, activista antifranquista, agente de la CIA. Carvalho, como un buen poeta, se fía de la intuición, y casi nunca de la deducción. Orujo, Don Quijote de espejo inverso, mala leche, Phileas Fox, Chino, escepticismo y dandismo culinario. Excéntrico Holmes que quema libros. Duro, pero compasivo. MVM lo mete preso con una condena por asesinato. Mala jugada para alguien que sólo quería enterrar a los muertos y pagar las deudas.

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