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Reial Acadèmia Catalana de les Belles Arts de Sant Jordi
©Maria Dias

La Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi, un museo del siglo XIX

El museo se da a conocer con un ciclo de conferencias y conciertos

Por Eugènia Sendra
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Entrar en la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi es como hacer un viaje en el tiempo, nos advierten mientras nos invitan a entrar. Sorprende al olfato, por el olor indescifrable mezcla de polvo, telas y de madera antigua, y sorprende la vista, por más que se hayan observado cientos de veces los cuadros de los salones de París y los estudios de artistas del siglo XVIII y XIX. En el suelo, un tablero de ajedrez reluciente y noble; trepando por las paredes hasta el techo, los retratos de académicos, bustos y esculturas y estudios de plantas, pinturas acostumbradas a pasar frío en invierno y a  sudar en el verano, acostumbradas a los extremos y no a la temperatura constante, de hasta 21 º, que impera en los museos convencionales.

En las dependencias situadas en la segunda planta de la gótica Llotja de Mar, y sede de la Cambra de Comerç, se conserva la colección de la Academia de Barcelona. No hay vigilantes de sala y en la calle la colección no está señalizada, no se puede establecer un horario de visita superior a la actual por falta de recursos pero, a pesar de no cumplir los requisitos que los acreditarían como museo, la conservadora Victoria Durá se reivindica como tal. Porque el de la Escuela de Dibujo fue uno de los primeros museos de Barcelona en el siglo XVIII y representó una de las colecciones de arte más importantes de la ciudad hasta que no se constituyó el Museu Nacional d'Art de Catalunya, en 1906. Aquí se conservan obras de Antoni Caba, Claudio Lorenzale, Vicente Rodes y Lluís Rigalt, maestros en Llotja de alumnos como Fortuny, Gaudí o Picasso.

A nivel artístico, la Academia de San Fernando de Madrid era la institución de referencia, pero en 1775 la Junta de Comercio de Barcelona creó un modelo propio: la Escuela Gratuita de Diseño, donde se enseñaba pintura, escultura y arquitectura, nacida de la necesidad de formar artesanos que trabajaran en la industria, y sobre todo, en la rama del téxtil. A mediados del siglo XIX se constituyó la Academia de Bellas Artes de Barcelona y en 1900 dejó de impartir clases.

¿Qué queda de la escuela de dibujo, escultura y pintura? Las obras de maestros y profesores que, sumadas a las donaciones y las pinturas provenientes de la desamortización, configuran un fondo de 700 pinturas y 300 esculturas, además de estampas y dibujos. Algunos no se han localizado pero constan en los archivos –y hay otras de cedidas–, pero entre los tesoros que contemplamos destacan los dibujos que Marià Fortuny enviaba desde Roma, donde estaba pensionado, y que ahora se exponen en la Sala de Juntas.

Sus escorzos comparten protagonismo con un relieve de Diana sorprendida en el baño, de Damià Campeny (el original de su Lucrecia esconde en el piso de abajo, en las salas de la Cambra de Comerç). Es una obra excepcional, tanto por la técnica como por la temática, y es que la mitología, los desnudos, era un tema tabú en el siglo XVIII. También destaca una pintura de Lorenzale, representante del nazarenismo, y el retrato de la Reina María Cristina sosteniendo Alfonso XIII en brazos de Caba, de los pocos ejemplos de pintura monárquica que se conservan. Las esculturas de yeso con las que los alumnos universitarios vuelven a aprender a dibujar al natural y obras contemporáneas, que provienen del concurso de dibujo de la Fundación Ynglada-Guillot o son regalos de los académicos, completan un fondo único.

Los conciertos de música y las conferencias, con colaboración de los 41 académicos ilustres que dirigen la institución, son una excusa más para dar a conocer el tesoro de la Academia. Y es que de galerías decimonónicas como éstas ya no se conservan muchas.

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