La Roma de Pasolini

El CCCB reconstruye la Italia de los 'borgate', las 'mammas' y los macarrones

Hay días en los que el trabajo de periodista se convierte en una cuestión personal. Mientras escribo esto, pensando en la exposición que el CCCB le dedica a Pier Paolo Pasolini este mes, tengo encima de la mesa un ejemplar hecho polvo de los 'Ragazzi di vita', tachado, con la portada rosa rota y el lomo forrado con esparadrapo. Lo compré en una librería de antiguo en mis tiernos años de estudiante. También tengo 'Pasolini', la novela gráfica de Davide Toffole, un cantante de punk del norte de Italia que según explica en estas viñetas en el 2002 se entrevistó con el fantasma del cineasta. Se ve que se conocieron en un foro de Internet. Envidia.

Hoy he consultado el correo unas cuantas veces, y nada. Sé que no tendré la suerte de Toffole, porque yo no soy un punk espiritista y 2.0. Me quedo con lo otro, con mis pobres 'Ragazzi' roídos por el tiempo y el uso, una guía esencial de las primeras impresiones que Pasolini tuvo de Roma cuando bajó de un tren proveniente de Ramuscello, a principios del 1950. Y también un libro conflictivo, un paisaje suburbial de prostitutas, proxenetas y niños que saquean y roban sin pudor para comprarse unas buenas botas de punta y unas gafas de sol, y entregarse a las perversiones de Villa Borghese.

No pasó sin represalias. En seguida se convirtió en un escándalo a gran escala. Pasolini fue acusado de obsceno y grosero, y por primera vez en su vida tuvo que comparecer ante un tribunal para dar explicaciones. Tuvo muchos más enfrentamientos con la ley, pero ninguno consiguió escarmentarlo. Corría el 1955 cuando publicó 'Ragazzi di vita'. Siete años después, con la lengua más larga que nadie, rodaba 'La ricotta', una película descarnada y blasfema, donde unos herejes vestidos con túnica hacían una representación del 'Descenso de la cruz' de Pontormo. Era impúdica, rockera y, por si fuera poco, al final el ladrón bueno moría crucificado de un empacho de queso, sin haber tenido tiempo de pedirle al Mesías la suprema salvación.

Los 'Ragazzi' son el origen de todo. Lego cómo el joven Riccetto se lanza a las aguas del Tíber para rescatar a una golondrina y no puedo dejar de penar en el culo de Ninetto Davoli en 'Las mil y una noches'. O en Ninetto Davoli en general. Cuando Pasolini lo descubrió, en los tiempos en los que rodaba 'Mamma Roma' con la Magnani, era un aprendiz de carpintero de la periferia, con el cabello negro rizado y una sonrisa italiana fantástica, la viva imagen de Dionisio. Le dio un papelito en 'El evangelio según San Mateo', y justo después lo puso de Sancho de Totó en 'Pajaritos y pajarracos'. No sé en qué momento exacto se convirtió también en su gran amor.

Todo esto venía porque el CCCB acoge una exposición sobre las relaciones entre Pasolini y su adorada Roma de vicio y mala vida, dentro de su cíclico programa de los escritores y las ciudades. Además, la Filmoteca pasará estos días la integral de la obra cinematográfica desde su 'ópera prima', 'Accatone', hasta 'Saló', aquella lúbrica ingesta de platos de mierda y sexo desenfrenado. Fue la última. Un año después, el cadáver de Pasolini apareció en un descampado de Ostia, brutalmente desfigurado. Al principio se habló de un crimen pasional. Parece que en realidad fue obra de tres sicarios sicilianos, que lo ejecutaron por comunista y escandaloso. Nos quedará en la memoria, y para siempre, el ruido de su motocicleta sobre los adoquines.

PASOLINI ROMA

CCCB. Hasta el 15 de septiembre

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