Un Big Mac en los países de l'este

Karel Cudlín es un maestro de la última vanguardia checa
Karel Cudlín
Por Josep Lambies |
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La galería Plataforma queda en ese punto en el que el Poblenou se parece a una película de Sergio Leone, es decir, fuera de mi recorrido habitual. Llego en bicicleta, un fiel équido que no tiene que pasar por el pesebre, sudando la gota gorda, forastero en tierra de nadie bajo un sol de justicia. Y en el otro lado de la puerta del 'saloon', proyectada en una gran pantalla, me encuentro una foto del primer concurso de Miss Praga. En otras palabras, cinco checas en bañador, con el pelo cabello crepado y tacones altos como si fueran chicas de portada del 'Interview 'de Warhol en sus orígenes de imagen granulada y escena de entre bastidores. Al lado, silencioso, está su autor, Karel Cudlin, uno de los grandes de las últimas vanguardias del este.

En los años 80 se dedicó a recorrer Bohemia y Moravia de punta a punta, cámara en mano, regalando Marlboro de etiqueta roja a los soldados que formaban cada control y alimentándose de hamburguesa y fritanga los primeros McDonalds que abrieron puertas antes de que la década culminara con la Revolución del Terciopelo. Fotografió las aspirantes a Miss en mallot, las jornadas de un concurso de peluqueros, las multitudes que se abalanzaban ante las agencias de viajes a ver si había suerte y caía un visado, y los operarios de la vía pública mirándose los tobillos de las señoras más desvergonzadas. Una tras otra, Karel va haciendo correr las diapositivas que conserva de aquella extraña época que ya dejó de existir.

En Plataforma, este lugar perdido en la Barcelona tejana donde cualquier jinete deshidratado se acercaría a pedir un vaso de agua, le están dedicando una pequeña retrospectiva, con más de veinte obras, que inauguró un par de semanas atrás. No es hasta ahora que Karel ha venido a presentarla, y de paso a hacernos un exhaustivo repaso de su trayectoria. Después de la división de Checoslovaquia en las dos repúblicas, cuando los anuncios de Coca-Cola ya eran parte del día a día y la vaca de Milka, con sus poderosas urbes, presidían las tiendas de comestibles como medio siglo antes lo había hecho el busto de Stalin, volvió a hacer la mochila, esta vez para atravesar unas cuantas fronteras.

Lo fotografió todo, desde el derribo de las estatuas de los líderes del régimen soviético y los restos de los muros divisorios hasta las comunidades religiosas que poco a poco abandonaban la vida subterránea. También recuperó una afición que había abandonado a mediados de los años 70, en los primero tiempos de actividad: la de mezclarse con las familias de gitanos nómadas. Sigue pasando capturas, midiendo las palabras: unos gamberros vestidos de vaca lechera para los carnavales del pueblo, unas cabras haciendo funambulismo sobre la lápida de un cementerio judío y una comunidad de niños ucranianos luchando sobre la mesa por un mendrugo de pan.

Así es el 'far west' barcelonés. Sales de asarte como si fueras Angel Eyes con el rifle en la espalda cavando la tumba del héroe caído y te encuentras en una sala blanca donde un auditorio con la boca abierta clava los ojos en un individuo hierático de escasas palabras como Karel Cudlin, que va pasando las imágenes de toda una vida con un solo clic del teclado del portátil. Y comienza el recorrido por unas chicas que parecen bailarinas de can-can, o portadas de los primeros 'Interview', y que en los años 80 querían pasar a la historia como la primera Miss Praga, en el mismo momento en el que los ciudadanos del este degustaban su primer Big Mac con devoción. Así es como, de repente, sin que te lo esperes, la vida te sorprende con un silencio vibrante como un trueno.

Karel Cudlín

Plataforma
Fins al 30 d'agost

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