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Reseña
En el extrarradio de Gràcia, en lo más alto de Torrent de les Flors, hay una bodega centenaria que merece la pena visitar. A la entrada, el techo rojo con la barra a mano izquierda y las tinas oscurecidas por el humo de tantas vidas; más adelante los comedores, con muebles de época y mesas de mármol, y la cocina al fondo, como manda la tradición. Es la Bodega Manolo, que empezó a trabajar con este nombre en 1961. El hijo de los fundadores, Manolo Quirós, junto a Sílvia Casals, engrandecieron esta labor como institución de los platos de aperitivo y el menú del mediodía, hasta que cerraron por jubilación a mediados de 2025.
Por suerte, el relevo no ha ido a parar a manos de una cafetería de especialidad o de una pizzería de masa experimental y alta fermentación. Desde el verano de 2025, la misma propiedad que relanzó la Bodega Gol tiene en sus manos la Manolo. Con Roger Solé dirigiendo la cocina, la filosofía es aplicar una capa de pintura nueva –metafórica– a los platos, pero sin que cambie la esencia popular.
Solé, cocinero profesional relativamente novel –se metió en los fogones en 2020, tras toda una vida como propietario de una barbería de postín– tiene un lema: "tienes que hacer el amor con el sofrito". Eso significa elaborar los platos sin inventos –un fricandó se llama así porque es llata enharinada y frita y guisada con sofrito y caldo–, y sin lujos superfluos, pero con buen producto y mucha seriedad en la elaboración. El resultado son platos como un capipota meloso en extremo o unos calamares con cebolla que son gloria bendita y mantienen los precios muy a ras de suelo. Olvidad los tics modernos de neobodega y el llenapanzas de batalla. Esto es buena cocina catalana a precios muy razonables.
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