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Reseña
El bar Can Bruixa es seguramente la coctelería más pequeña de Barcelona, un local de solo 18 m² en Les Corts con seis taburetes y un ejército de 500 botellas. Su propietario, Daniel Sevillano, es un one-man bar, es decir, lo lleva todo solo. Y los fines de semana, la reserva se vuelve obligatoria. Reservas por WhatsApp, y si vas con un grupo de cinco o seis amigos, tienes todo el bar para ti solo. Después de la pandemia, este clásico vecinal que abrió en 2003 pasó de los desayunos a centrarse en el buen beber de tarde y noche, convirtiéndose en un rincón delicioso, a un paso de l'Hospitalet, de trato directo y sin colas virtuales ni los cordones dorados de coctelería de alta gama. Solo seis clientes bebiendo y hablando en gozosa, oscura intimidad.
Los cócteles son clásicos, preparados con mucho oficio y licores de calidad, y cuestan todos diez euros. Nada de ensaladas eléctricas flotando en la copa ni barcos vikingos que remolcan gintónics; su dry martini es una bala de plata fina, fina, y tienen todo el repertorio clásico: moscow mule, whisky sour y todos los que se os ocurran. En horario de tarde, os pone un pica-pica con patatas chips, fuet y aceitunas, o detalles dulces si es de noche. Sevillano, mixólogo autodidacta y ahora abstemio, también cuida mucho el apartado de la carta de tragos sin alcohol
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