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8 cosas que pienso de 'Ocho apellidos catalanes'

Por
Josep Lambies
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Antes de leer lo que viene a continuación, os advierto: detesté 'Ocho apellidos vascos' y, aunque no fui yo quien le puso una estrella en la crítica que encontraréis en el enlace, no puedo estar más de acuerdo con lo que dice. Ni siquiera la gran novedad, la del humor políticamente incorrecto, me interesó especialmente. Y no porque me sepa mal hacer coña sobre los tópicos nacionales, pero si tengo que ser sincero no vi que se escapara mucho del concepto 'higochorrea', más rancio que los chistes de Lepe. Hecha la confesión, decidid si os conviene continuar o si preferís llevaros la desilusión en un cine. He tenido el trágico placer de asistir al pase de prensa de su tediosa secuela, 'Ocho apellidos catalanes', procurando no sobarme. Y lo conseguí. Os filtro mi opinión en ocho punto, y que sea lo que Dios quiera.

1. Una ofensa a la comedia clásica. Que no os den gato por liebre, 'Ocho apellidos catalanes' tiene un patrón más antiguo que el miriñaque de la virgen. Tenemos que remontarnos a los tiempos en los que George Cukor rodó 'Historias de Filadelfia', aquella comedia fantástica en la cual Cary Grant, vistiendo el papel de exmarido sarcástico, se plantaba en la boda de Katharine Hepburn y arruinaba la ceremonia. A mediados de los 50, Charles Walters hizo una versión musical con Grace Kelly y Frank Sinatra, titulada 'Alta sociedad', que empezaba con un número de Louis Armstrong que nos hacía babear. Hace cosa de diez años la vi representada en el Old Vic, en Londres, con Kevin Spacey de cabeza de cartel, y disfruté como un ternerito recién amamantado. El argumento de 'Ocho apellidos catalanes' es exactamente el mismo, con convite y lista de bodas. Lo tenían todo hecho, por décadas de tradición de comedias con garra, y solo tenían que sazonar el estofado con un poco de Berlanga. E incluso así han conseguido que sea un desastre estrepitoso y sin ritmo, donde ni siquiera la típica escena de vodevil, de puertas que se abren y se cierran en plena noche, sale de un aburrimiento que se hace más largo que un día sin pan. Puedo escuchar el grito quejoso de Plaute, desde el fondo de los avernos, arañando la tierra.

2. Ay, este rollito 'Goodbye Lenin'. La gran idea de 'Ocho apellidos catalanes', lo que de verdad nos quieren hacer pasar por original, es la situación. El 80 % del metraje tiene lugar en una masía catalana, casa de campo de gente de bien, donde Rosa Maria Sardà vive encerrada desde hace años, con una actitud altiva que parece salida de la serie 'Nissaga de poder'. Su nieto –Berto Romero, un perrito faldero con tupé– le ha hecho creer que Cataluña ya es un país independiente, para que no se ponga nerviosa y le suba la tensión. Total, que la boda se plantea como una gran farsa, del tipo 'Bienvenido Mr. Marshall', con el mismo espíritu festivo que puede tener una acelga cocida. Acabaremos de allanar el territorio con otro referente, 'Goodbye Lenin'. Ya sabéis: aquella de la madre comunista que se despertaba del coma cuando ya había caído el Telón de Acero, y del hijo que le montaba un circo en su habitación para que no se enterara de la derrota de la URSS. Como veis, el concepto es el mismo. Quizá es cierto que, como dicen, todo está inventado. ¡Pero entonces que no nos la vendan como algo nuevo!

3. Los chistes no son graciosos. Como os decía, nunca me convenció la fórmula que proponía 'Ocho apellidos vascos', pero he de reconocer que en algunas líneas de diálogo me reí como una hiena ("Llevas el flequillo que parece que te ha pegao un bocao un burro", perlas así). Incluso os diré que el 'teaser' de 'Ocho apellidos catalanes', el del referéndum, que se presentó hace unos meses, me pareció ocurrente y todo. El guión, en cambio, es la cosa más forzada y blanda que he tenido que tragarme desde hace tiempo. No es que la mofa del tópico catalán rata me caiga mal, ni me abra las heridas. Ni siquiera creo que en esta película lleguen a tocar lo peor de nosotros. En la primera hacían coña sobre ETA y las bombas caseras. Aquí, no sale de la sardana y el calçot. Hace unos días le pregunté a Dani Rovira qué era lo más ingenioso que creía que decía en la película, y después de pensarlo un momento me contestó que el momento en el que le dice a un mosso d'esquadra "Sóc de Barcelona i em moro de calor" era el non plus ultra de la inventiva. Así pues, apaga y vámonos.

4. La estúpida parodia del 'hipster'. Los actores están de los más forzados. La Sardà, que mira que normalmente tiene morro, lo hace de oficio, con más prisa que ganas. La única ventana abierta es Berto Romero, una fusión entre el modernito del tupé encerado y tatuaje en el cuello que frecuenta la calle Parlament y el heredero de can Pruna, confaja y barretina, el mozo buscando heredera con quien poder esposarse. Quizá sea uno de los mejores cómicos que ha dado la catalana tierra, desde que hacía 'Que no surti d'aquí', y hace auténticos esfuerzos por salvar los muebles como buenamente puede, con unos saltitos de alpargatero de lo más gráciles que se ha inventado para llevar la caricatura hasta las marismas del ridículo. Buen trabajo, amigo. Lástima que le hagan repetir tal cantidad de burradas insulsas, del tipo "El 'hashtag' de mi vida es #truelove" o "Rafa, tú eres mi bro". De hecho, juraría que estas dos frases son de lo más inteligente que sale de su boca en toda la película.

5. Lo han hecho por dinero, es un hecho. Nos han dicho por activa y por pasiva que 'Ocho apellidos vascos' ha sido el éxito más grande de la historia del cine español, con una recaudación de taquilla superior a los 55 millones de euros, y casi ocho millones de espectadores. Ni Alfredo Landa ni 'Torrente', con sus respectivas escopetas nacionales –sea dicho, casposas, pero mucho más agudas que la lata esta de los apellidos–, habían conseguido un pico de éxito tan alto. Ávidos de más, y más, y más, los miembros del equipo creativo decidieron que había que estrenar la segunda entrega lo más pronto posible, antes que la ola rompiera contra el espigón. No importaba el resultado, se tenía que impresionar al público. En este breve lapso de tiempo, el guionista Borja Cobeaga ha estrenado una película magnífica, 'Negociador', que quizá a muchos de vosotros se os haya pasado por alto. También abordaba el conflicto vasco, y lo hacía desde la comedia, pero el tono no tenía nada que ver. Más sutil, más pálida, menos escandalosa. No tengo a mano los datos de taquilla que hizo, pero podéis imaginar que no serían nada del otro jueves. Eso sí, Cobeaga puso toda la carne en el asador. Las pruebas me llevan a creer que 'Ocho apellidos catalanes' es un producto con finalidades alimentarias, para hacer caja. Y que a nadie le ha salido del corazón.

6. La mierda de vals. Dani Rovira y Clara Lago se conocieron rodando 'Ocho apellidos vascos'. Y se enamoraron. Desde entonces, son pareja en la vida real, y lo han ido contando a los cuatro vientos. Él le dedicó el Goya en 'prime time', y en una aparición en 'El hormiguero' le prometió máxima fidelidad. Precioso. Espero que en casa les vaya bien. En la ficción, tienen tanta química com dos zuecos holandeses. Fijaos, por ejemplo, en la escena del vals, la envidia de todos los enamorados, en un salón rústico catalán que estamos de acuerdo que haría destrempar a Nacho Vidal. Pero esto no es excusa. Cuando las pasiones te pueden incluso la virginal sala de espera del punto de encuentro de testigos deJehová que hay en la esquina de mi casa es un buen sitio para bajarse la bragueta. En cambio ellos... ¿Quién recuerda el baile entre Christopher Plummer y Julie Andrews en 'Sonrisas y lágrimas'? Incluso allí había más chicha. Y eso que ella era monja.

7. El número de Karra Elejalde queda deslucido. Y es una pena, porque si alguien salva los muebles en este fiasco roñoso es él, que se planta delante de un tablao flamenco y empieza a dar palmas como un gorila emporrado, y que hace que lo lleven en brazos por los andenes de la estación de Atocha porque dice que un vasco de verdad no pisaría nunca Madrid. "Si uno de mis pies toca el suelo, me lo corto aquí mismo, sin anestesia ni hostias". Lástima que nuestro cromañón con chapela quede en segundo término enseguida, cuando la trama amorosa empieza a encender motores. Y, todavía peor, lástima que se vea contagiado por el tono de 'sitcom' barata que gastan los otros personajes. A partir de ahora, lo tendrán en un rincón, bien sentadito en la mesa. Comerá calçots con un babero de papel e incluso escribirá un verso para conquistar a su señora, como si fuera un texto de Folch i Torres. Ya puestos, que se vayan a casa a hacer cagar el tió.

8. Me reafirmo: tele barata Con un humor que tiene mucho que envidiar al gag más desafortunado de 'Vaya semanita' o 'Polònia'. Con una realización digna de un episodio de 'Aquí no hay quien viva'. Me pregunto si unas risas enlatadas después de cada chiste habrían puesto las cosas en su sitio, que por cierto tengo muy claro cual es: el de la parrilla televisiva, después de los telediarios, una cosa de diez a once treinta trufada de pausas publicitarias y 'product placement', que se repita a lo largo de cuatro o cinco temporadas, disparando el 'share' cada martes por la noche, y llene los bolsillos de tres o cuatro productores. Hasta que llegue aquel momento en el que el chicle se ha estirado demasiado, y el equipo de guionistas ya no sabe qué hacer con sus personajes, y el programa se termina extinguiendo como aquella planta a la que hace demasiado que no regamos. Una lágrima en la lluvia. Y disculpad que sea tan cínico, pero mucho me temo que estamos a punto de sobrevivir a un nuevo 'boom' de taquilla, y sé que si quiero evitarlo tengo muy poco tiempo.

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