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Auriculares obligatorios en el metro: último aviso

Por
Òscar Broc
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Por alguna razón inescrutable, hay gente que piensa que la música que lleva en el móvil cambiará para siempre la miserable vida de sus conciudadanos. Quizás es por culpa de un ego sobrealimentado a base reggaeton. Quizá es una compulsión que sólo se produce en especímenes que han desarrollado un cerebro del tamaño de un dátil. Lo desconozco. Lo cierto es que cada vez hay más sujetos que, en lugar de escuchar su musiquita mierdosa en la privacidad de sus auriculares, ponen las canciones que llevan en el móvil a toda leche, sin miramientos, en lugares públicos infestados de gente. Seguro que todos habéis tenido que soportar a uno de estos pesados. Seguro que cientos de preguntas os han golpeado el cerebro: ¿Por qué tengo que aguantar esto de buena mañana? ¿Por qué no se pone auriculares, este jambo? ¿Por qué no le digo que apague ese ruido infernal o le haré tragar la gorra?

Que estos elementos vayan por la calle con sus móviles escupiendo Juan Magán es un mal tolerable. Sólo tienes que cambiar de acera para esquivar la tortura. El problema es que esta gente tiene una irrefrenable predilección para hacer sonar la música su teléfono en el transporte público, un espacio donde resulta imposible huir del horror. Y el metro de Barcelona es su discoteca favorita; la jaula ideal para hundir el día al resto del pasaje. Entre los que escuchan música sin auriculares y los músicos ambulantes, los viajes en la Línea 3 se están convirtiendo en una cacofonía de proporciones cósmicas. Al final, tendremos que ponernos tapones en los oídos para ir a currar.

La normativa del metro, prohíbe "todo comportamiento que implique peligro para la propia integridad física o la de los demás usuarios o que se pueda considerar molesto u ofensivo por parte de éstos o de los agentes y personal de las empresas explotadoras". Demasiado abstracto, demasiado subjetivo. Deberían ser más específicos. En el año 2012, por ejemplo, en Buenos Aires se prohibió escuchar música sin auriculares en el transporte público. El año 2014, en Río de Janeiro hicieron lo mismo. Hay que contener esta lacra, y no lo digo porque sea una plaga numerosísima, lo digo porque en una sociedad sana, tiene que haber unas líneas sagradas de respeto entre los ciudadanos. Si no dibujamos unos límites muy claros, estos ataques irán a más y el metro acabará convirtiéndose en lo que muchos simios quieren: una ciudad subterránea sin ley.

No faltarán los megadefensors de las libertades, los que creen que cada uno puede hacer lo que quiera, donde quiera. Me gustaría preguntarles quién defiende entonces la libertad de la mayoría, una mayoría que debe tragarse el estrépito infernal de estas discotecas ambulantes sí o sí. Y que nadie me venga con el argumento de que los chicos escuchan música de esta manera, porque, pobrecitos, no tienen dinero para comprar auriculares (pero les sobra la pasta para el móvil, las Nike Jordan y el patinete, eso sí). ¡Si los tendremos que compadecer y todo!

Como las autoridades no pueden hacer nada contra esta pesadilla, mi propuesta es sencilla. Llevad un paquete de Cohibas en el bolso. Cuando veáis que un cretino pone reggaeton a toda pastilla en su móvil sin auriculares, acercaos a él, encendedel puro, haced unas buenas caladas y echadle el humo en la cara hasta que se ahogue y le lloren los ojos. A pesar de su carencia de conexiones neuronales, captará el mensaje a la primera.

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