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Contra los enemigos de la playa para perros

Por
Òscar Broc
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El ser humano es un animal injusto, egoísta, gilipollas. Quizá por culpa de tanta mala leche impregnada en la genética, siempre se ha sentido tan atraído por la lealtad canina: el perro representa un modelo de fidelidad, devoción y pureza que el hombre, vil como él solo, nunca alcanzará.

La enésima decepción que me he llevado con mi especie tiene que ver con la playa para perros que hace poco anunció el Ayuntamiento de Barcelona, ​​una minúscula parcela experimental en la playa de Levante de 1200 metros cuadrados, convenientemente separada de los bañistas, donde la gente podrá bañarse y jugar en la arena con su mascota. Pues, una medida con tanto sentido común, tan racional, tan bienvenida y aplaudida, ya ha excitado las glándulas de indignación de los vecinos de la franja litoral de Diagonal Mar: no les hace ninguna gracia que les haya tocado acoger el Apocalipsis canino, el tsunami de mierda de perro, ¡LA GRAN INFECCIÓN!

Los argumentos de los vecinos son tan ridículos que duele desperdiciar un solo minuto en escribirlos. 'Cuñadismo' al cuadrado. La playa y el agua se ensucia, habrá crispación entre bañistas amargados y bañistas con perro, la playa vallada se convertirá en un pipican, vendrán los crust, bla, bla, bla. Este tipo de opiniones intuitivas, populistas y carentes de profundidad son las que hacen que Barcelona todavía esté a años luz de capitales como París o Berlín en cuanto a la integración de los perros en la sociedad.

Sorprende que los vecinos de Diagonal Mar estén, de repente, tan comprometidos con la higiene de la playa. ¿Por qué se vuelven locos ahora y no antes? Que yo sepa, hace años que los guiris dejan condones usados, colillas de porros, botellas rotas, vomitadas y otras secreciones en la arena. Se cagan donde quieren. Mean en las hamacas. También hace años que es habitual encontrar boñigas flotantes de origen humano en el agua. Demonios, si recaudásemos un euro por cada salva-slip, tampón y compresa usada que el mar devuelve a la arena tendríamos más pasta que Neymar.

Curioso, ¿no? De pronto los míseros 1.200 metros cuadrados de playa para perros se han convertido en tierra sagrada, improfanable. Objetivamente no hay debate posible, pero la polémica encendida por los vecinos, que no han concedido ni un voto de confianza a la iniciativa, para mí tiene un claro origen: estamos acostumbrados a ser los putos amos de todo. La playa es nuestra y cuatro hippies y sus perros llenos de pulgas no nos la arrebatarán. Pues el mundo no funciona así, señores. De hecho, sería mucho mejor que dedicaran ustedes toda esta energía a reivindicaciones más serias, disfruten de los 4 kilómetros de playa restantes que tiene la ciudad y acepten este humilde consejo: adopten un perro. Tendrán menos eructos de bilis.

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