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David Bowie is forever and ever

Por Marta Salicrú
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“Mira hacia arriba, estoy en el cielo”, arranca 'Lazarus', el último single de David Bowie, en el centro de 'Blackstar', su último álbum, publicado el día que cumplía 69 años y solo dos antes de morir. Pero a Bowie no le hace falta que Jesucristo lo resucite como a Lázaro, porque es eterno. “David Bowie is forever and ever”, se lee a toda página en el catálogo de la retrospectiva que le dedicó el museo Victoria and Albert de Londres en 2013, una frase formada yuxtaponiendo el nombre de la exposición, 'David Bowie is', con uno de los versos de 'Heroes', uno de los himnos que nos deja este héroe del pop.

Me acuerdo cuando era pequeña y todavía no nos abrochábamos el cinturón de seguridad en el coche: apoyaba los codos en los asientos de mis padres y allí en medio me pasaba el viaje cantando. El 'Changesbowie' es uno de los discos que recuerdo haber cantado más, la compilación que se publicó en 1990 y que con diez años me vincularía para siempre con uno de los artistas que más he admirado. La ironía es que, con tantos conciertos a los que he ido, a él no lo llegué a ver tocar nunca: me llevé un buen disgusto cuando no me dejaron ir al primer Doctor Music Festival en el 96, que él encabezaba. Pero Major Tom, Ziggy Stardust, el vampiro de 'El ansia', el Jareth de 'Laberinto', el Augusto del vídeo d’'Ashes to ashes', la chica del pelo de ratón de 'Life on Mars' siempre me acompañarán –siempre nos acompañarán–. "Forever and ever".

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