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El café con leche: la nueva cocaína

Por
Òscar Broc
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La droga más dura que existe. Los minutos que me separan de la ducha al primer café con leche del día son un trance insuperable para la gente que se cruza en mi camino. Sin el café de la mañana soy un auténtico mal nacido, un hijo de perra. Cuando consigo que este maná caliente y marrón recorra mi organismo, la realidad recupera los colores, vuelvo a abrir la puerta a las viejas y le sonrío al barbudo del monopatín que me acaba de arrollar.

Soy un yonqui del café, lo admito. Antes decíamos que el café es una droga para la extrema adicción que puede despertar entre sus consumidores. Pero ahora, lo impensable se ha hecho realidad en la Barcelona post Trias, y esta comparación se hace extensiva a los precios: si esto sigue así, nos saldrá más barato ir a trabajar de coca hasta las cejas que comprar los tres capuccinos de cada día.

Qué lejos quedan los 0,80 céntimos de euro que Zapatero, en una demostración colosal de ignorancia, dijo que costaba un café con leche. Actualmente, en BCN es más fácil encontrar esperma de unicornio que cafés a este precio ridículo. De hecho, si la providencia os ha llevado a un bar con cafés con leche a 1 euro -me consta que hay alguno en la ciudad-, dejad de comprar lotería del Gordo de Navidad; las matemáticas dicen que nadie tiene tanta suerte dos veces seguidas.

En un mundo regido por el sentido común, pagaríamos lo que nos dicen las estadísticas: 1,20 euros por ejemplar. En teoría, es la media aproximada del precio de venta en Barcelona. Sigue siendo una cifra elevada -200 pesetas, poca broma- pero el guarismo no hace sangrar los ojos, no llegas a sentirte como un imbécil.

El problema es que esta media es una alucinación colectiva. En gran parte de la geografía barcelonesa, los cafés con leche experimentan una inflación ajena a las leyes de la economía, la lógica e incluso la física. Qué cojones que tienen algunos locales. No entiendo como The Economist aún no ha enviado un equipo de parapsicólogos a las cafeterías de los puntos neurálgicos de la ciudad para investigar el caso.

Precios que suben de una semana a otra. Precios que tienen vida propia. Precios irreales que parecen poner a prueba la resistencia del consumidor. El timo de la cafeína, además, es un asesino silencioso: pagas lo que te dicen sin plantearte el atraco deliberado porque, demonios, es un café y tampoco te arruinarás. Pero sí lo haces, porque tomas uno cada día, tal vez dos, incluso tres, y eso va sumando hasta convertirse en una pasta a fin de mes.No es normal que las cafeterías del centro te claven 1,90 euros por un café con leche preparado con prisa y malas maneras. En la plaza Reial, llegan a la maravillosa cifra de 2 euros por taza. En Francesc Macià, no bajan de los 1,70 euros. En Pans&Company, 1,85 euros.

Deberíamos plantarnos y pagar los cafés con leche por lo que valen, no a precio de cocaína. Al final, optaremos por remedios más baratos para activarnos por la mañana y rematar las comidas: el speed y las anfetaminas están a precios de lo más competitivos, dicen.Bromas psicodélicas aparte, difícilmente dejaremos de hacer el panoli con los precios abusivos del café en una ciudad que acepta gustosamente pagar 4 euros por un vaso de leche marrón en el Starbucks y parece feliz abonando un plus porque su capuccino 2.0 lleva un dibujo cool en la espuma; una ciudad que en los últimos meses ha permitido el florecimiento exponencial de locales Costa Coffee y donde los modernos van a cafeterías hipsters carísimas que utilizan granos orgánicos regurgitados y excretados por un okapi ugandés salvaje... A veces pienso que tenemos la burbuja del café que nos merecemos.

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