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En defensa de los camareros de BCN

Por
Òscar Broc
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Los camareros son un blanco muy fácil. Ridiculizar un camarero es una guerra ganada. Difícilmente te replicará; el cliente siempre tiene la razón, ya se sabe. Para un camarero es mejor tragarse la impertinencia de un cliente que ganarse la bronca del propietario del negocio o algo peor. Supongo que por eso, los camareros son los que sufren con más intensidad la mala educación del ciudadano estresado. Los bares y cafeterías son mi hábitat natural, y detecto que desde hace tiempo la hostilidad es cada vez más gratuita y mezquina. Se están convirtiendo en el saco de boxeo de mucha gente con exceso de mala leche.

Siempre encontraremos camareros que son desagradables, incompetentes y sucios, como en todos los ámbitos laborales. Y es evidente que les tenemos que parar los pies. Pero estoy convencido de que el número de clientes despóticos, rudos y machitos es muy superior, y se está multiplicando de forma alarmante. Dudo que las personas que tienen por costumbre humillar camareros recurran a los mismos aires y a la misma grosería con un taxista, un mecánico o un conductor de grúa.


Gastamos un enorme complejo de superioridad cuando nos enfrentamos a los camareros. Y deberíamos respetarles: hacen un trabajo que tiene mucho mérito. De pie todo el día. Cargando bandejas, copas, platos. Arriba y abajo. Cuando el bar se llena, el ritmo es frenético. Todo el mundo quiere su pedido, todo el mundo levanta la mano, todo el mundo los llama y les pone mala cara porque van tarde. Tienes que estar hecho de otra pasta para soportar este ritmo y atender con una sonrisa todas las mesas. Y la mayoría de los camareros lo consiguen, aunque no son androides y tienen derecho a tener un mal día.

Adoro a los camareros de mi barrio. De una forma extraña, se han convertido en una especie de segunda familia para mí. No sé qué hacen, dónde viven... No sé si están casados, si tienen hijos. ¡No sé nada de ellos! Pero los veo con más asiduidad que a mi madre. Cada mañana me reciben con la combinación que más me gusta. Siempre con una sonrisa. A los camareros del Café de la Òpera, del Caravelle, de la Granja Plaza, de la Masia, sólo les puedo decir una cosa: GRACIAS.

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