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¿En qué se ha convertido la Boqueria?

Por
Òscar Broc
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Trincheras de colores. Muros impenetrables de zumos tropicales en vasos de plástico. Cuestan euro y medio. Los turistas acuden como moscas a un estercolero. Hace tiempo que estos zumos -llamativos, baratos y aguados- se han convertido en el signo de identidad más poderoso de la Boqueria. Se huele la derrota.

Al mercado cada vez le cuesta más gestionar la infección turística. Hay algunas zonas, especialmente las más cercanas a los canales centrales, que muestran una gangrena irreversible: son puestos que ya sólo funcionan como señuelos turísticos, viven de los bolsillos del guiri y forman una burbuja de supervivencia en expansión que amenaza al resto del mercado.

Soy habitual de la Boqueria y os aseguro que hacer la compra un lunes a las 11 de la mañana se puede convertir en la Batalla de los Bastardos de Juego de Tronos. La movilidad se ve seriamente comprometida por legiones de guiris embobados que parece que no han visto nunca una langosta, una piña, oh, ¡unas aceitunas rellenas! Impiden que el cliente pueda caminar con libertad. Son coágulos en las arterias del mercado. Te obligan a sacar codos. Te ponen de mala leche porque no tienen los códigos de respeto que merece un mercado histórico y arrollan el cliente de toda la vida sin ningún tipo de educación.

Los turistas invaden la Boqueria con la información errónea de que están visitando un enclave turístico comparable al zoo. No tienen suficiente con sacar fotos del pescado, también fotografían a las pescaderas, a los mozos que cargan la fruta y a los pobres camareros como si fueran animales en una exhibición. Sólo compran vasos de zumo barato, fruta cortada, conos de embutido y para de contar. Se acumulan en los márgenes del la Boqueria para comer y beber, y lo dejan todo sucio, lleno de mierda. No hay ningún tipo de control.

Este caos está inyectándole una bipolaridad de lo más preocupante al mercado. La tensión entre las dos Boquerias es cada vez mayor: el mercado tradicional contra el reclamo turístico; el cliente de toda la vida (lo está perdiendo a marchas forzadas) contra el guiri; la vieja Boqueria contra la nueva Boqueria. Y el punto de equilibrio parece cada vez más lejano. De hecho, tengo la Boqueria a dos minutos de casa, y en un mundo ideal tendría que considerarme un privilegiado. Cada visita, debería ser una fiesta... Pues no. Muy mal deberán estar las cosas para que cada vez tenga menos ganas de ir.

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