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Harto del ramen

Por
Òscar Broc
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En la Barcelona hipster, 2015 ha sido el año del ramen. Esta sopa de fideos japonesa es más vieja que el grito de "butanooo!", pero la modernidad barbuda la ha descubierto hace nada: tarde y mal, como siempre. Si hasta hace poco comer ramen era una experiencia placentera, ahora, por culpa del hype modernillo, se ha convertido en una guerra cruenta: tienes que ir a los restaurantes especializados una hora antes de que abran para ocupar un espacio claustrofóbico, como quien va a un concierto de Justin Bieber; tienes que pagar un precio indecente por un plato que está bueno, pero no seamos ingenuos, no cuesta ni la mitad de lo que te cobra la mayoría de restaurantes cool; con la presión de las colas, tienes que engullir en cinco minutos un bol de 1300 calorías de cerdo, sopa, fideos, huevos duros y lo que Dios disponga, a riesgo de sufrir un cólico que doblaría una ballena azul; también tienes que darte de codazos en una barra microscópica con tipos que no conoces de nada y en verano huelen a eau de sobaco y pies; y lo peor de todo: tienes que escuchar sus sorbos estrepitosos a dos centímetros de tu oído... Brrr, he visto el horror, que diría el coronel Kurtz.

Pero el hipster es así. Se la trae floja que le roben la cartera, que tenga que hacer colas absurdas por una sopa, que tenga que comer en condiciones infrahumanas en compañía de tiparracos que sorben caldo como animales poseídos. De hecho, le da igual que el ramen sea el plato menos adecuado para practicar el postureo. Todos sabemos que estas barbas espesas, largas y llenas de bacterias son el principal enemigo de un tazón de sopa, a menos que lo que quieras es tener unacaldo rellena de vello facial y una barba salpicada de porciones de fideo y cerdo.

Por cierto, ahora que llega el calor es la hora de la verdad para el hispter alfa del fideo japonés. Me gustará ver cuántos modernos ramenistas siguen siendo fieles a estas bombas calóricas cuando caiga la canícula sobre Barcelona y se puedan freír huevos en las baldosas del Born. Desde aquí, con un tazón de Yatekomo en la mano, les deseo la peor digestión posible.

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