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La ternura del galgo apaleado

Por
Ricard Martin
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Cada vez más te encuentras a gente paseando a galgos por la ciudad. Y es una visión bonita: son animales preciosos, esbeltos, con un porte aristocrático que se equilibra con una mirada despistada y vulnerable (¡Esto los hace tan simpáticos como a los perros salchicha!). Y uno aún les coge más cariño cuando se entera de que la mayoría de galgos que corren por nuestra ciudad han sido abandonados y adoptados, muchas veces salvados de la muerte. Ojo al dato: unos 50.000 galgos son abandonados cada año (la mayoría por cazadores). Anna Clements, directora de SOS Galgos –se dedican al rescate y adopción de galgos, tienen una clínica y en Esplugues abrirán un centro educativo para prevenir la crueldad en los animales–, me cuenta que ha visto a galgos "colgados, arrojados al pozo, atados en cuevas para que mueran ". Sus dueños los consideran cosas, no seres vivos. No todo el mundo puede adoptar a un galgo, dice. A menudo sufren ansiedad por la separación de sus compañeros y del mismo propietario que tan vilmente les ha dejado en la zanja para que mueran. Y hay que tener cuidado, porque pueden salir disparados si te despistas. Pero son una compañía excelente para la gente mayor: no tiran de la correa y son dóciles y apacibles. De hecho, asegura Clements, un galgo está a medio camino entre la fidelidad de un perro y la comodidad de tener un gato, porque su nivel de energía es muy bajo y transmite paz y tranquilidad.

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