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No más músicos en los vagones del metro

Por
Òscar Broc
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8:35 de la mañana. He dormido 4 horas por culpa del reggaeton del piso turístico que tengo al lado de casa. Sprint salvaje para coger el metro en Drassanes. Hace 6 minutos que he salido de la ducha, pero la humedad barcelonesa me transforma en una masa sudorípara, viscosa y con más mala leche que una vaca de Chernobyl. ¡Ojo, que ya llega! Saco la T-Mes con manos temblorosas. Transpiro como un cerdo. Corro hacia el vagón. Las puertas se cierran y hacen un sándwich con mi cráneo, pero me zafo de la pinza mortal y me siento, presa un ataque de ansiedad a prueba de ansiolíticos equinos.

Y cuando la pesadilla parece haber terminado, todo empeora: un tipo que se ha colado dentro del vagón con un acordeón afinado por Cthulhu comienza a tocar una versión luciferina de "Qué tiempo tan feliz". Lo tengo a dos metros. No puedo pensar. No puedo escapar. ¡Me estalla el cerebro! Quiero sacar una Magnum, volarle el acordeón y amenazarle de muerte si vuelve a tocarlo, pero me quedo sentado, con ganas de llorar, rogando a Dios que esta tortura acabe lo antes posible y alguien con más bemoles le meta un petardo en el maldito instrumento. La broma de los músicos a los vagones de metro ya ha llegado demasiado lejos.

No tengo nada en contra de los músicos que tocan en los pasillos del metro, si no te gustan pasas de largo, nadie te obliga a tragarte sus actuaciones. El problema llega cuando los músicos profanan el espacio sagrado del vagón y hacen imposible tu fuga. Ya estoy harto de enfrentarme al dúo de rumanos con acordeón y violín, el señor inglés de la tercera edad que desmenuza los hits de Dire Straits como si se acabara el mundo, el paquistaní que conecta el móvil a un amplificador destartalado y escupe la peor versión imaginable de "Au si eu te pego". No sólo son molestos, no sólo cantan mal, sino que lo hacen a un volumen comparable a un concierto de Motorhead. Y estás encerrado con ellos. Y los tienes que escuchar sí o sí. Y te destrozan los nervios cada mañana sin que el Ayuntamiento sufrague tus antidepresivos.

Que yo sepa, el billete de metro que pago religiosamente es un billete de metro, no un abono para el Almeja Sound. El vagón es patrimonio del viajero, no un escenario de conciertos y variedades para frikis. Si quieren tocar, que toquen en la calle, en los pasillos o en el parque de la Ciutadella. ¡Y que alguien haga algo, por favor! Desde que sufrimos esta plaga, no he visto un solo miembro del cuerpo de seguridad echar de los vagones a estos torturadores. Si la impunidad es total, la próxima vez me traeré un par de platos Technics, un dispositivo Traktor, un sampler y un go-go dancer en calzoncillos, y me pondré a pinchar minimal house a cara de perro durante todo el trayecto Drassanes-Palau Reial. Nos lo pasaremos teta, ya lo veréis. 

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