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¿Otra huelga de Metro? ¡Vamos!

Por
Òscar Broc
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Son las 8 de la mañana en mi parada. Enésima huelga de Metro en Barcelona. La imagen de la estación evoca una fábrica de carne humana procesada. Una masa sudorípara e inalcanzable de gente atiborra el andén. Del suelo emerge un pestazo a humedad, pies y halitosis que flota sobre nuestras cabezas como una neblina tóxica. Codazos. Empujones. Alguien respira muy cerca de mi nuca. Y el metro que no viene. Y eso que se llena.

Los desesperados usuarios que comparten infierno conmigo no están tan lejos de los trabajadores del metro que han convocado la huelga. La mayoría de estos usuarios seguramente sufre unas condiciones laborales infinitamente peores. Muchos de ellos tienen que hacer sacrificios para pagar los carísimos abonos de TMB. De hecho los habrá que incluso perderán dinero... Lo que más duele es precisamente eso: que los que más necesitan el metro para subsistir sean los principales heridos en este fuego cruzado entre TMB y el Ayuntamiento. Y no hablo de un grupo reducido de personas, hablo de miles y miles de damnificados.

Y en esta estación hay cientos de damnificados; comprimidos, cabreadísimos, entrando a golpes a un vagón repleto de gente que recuerda a los trenes masificados de Bangladesh. Hay gente que se queda fuera. ¡No caben! Para muchos trabajadores, el metro es un artículo de primera necesidad. Vital. Una huelga tan larga supone un problema irresoluble para esta gente, un cambio radical de dinámica en su rutina y en muchos casos una pérdida de ingresos.

Es muy fácil sacar el carné de la CUP a tiempo parcial y apoyar las acciones de TMB. Efectivamente, la huelga no se nota fuera de las horas punta. Si coges el metro a las 11: 30h, te parecerá un día normal. De todos modos, a los que piden comprensión con las reivindicaciones de los trabajadores del metro y dicen que no nos vamos a morir por esperar 6 minutos más de la cuenta, les invitaría que fueran mañana a Estació de Sants a las 8 de la mañana y respiraran el odio y la impotencia de los usuarios. Si es que pueden respirar.

Empiezo a pensar que a los trabajadores del metro les da igual la imagen repelente que la opinión pública se está llevando de ellos. El deterioro del prestigio del colectivo ya es insalvable. A mi modo de ver, incluso los que deberían defenderles por solidaridad trabajadora, la clase obrera que utiliza el metro como medio de transporte, ha agotado definitivamente su paciencia. Se han quedado solos. No obstante, hay un sector de damnificados por la huelga que se me antoja más inquietante que los indignados. Son los resignados. Usuarios del metro que ya han asumido la huelga como un fenómeno inevitable y cíclico, que la aceptan en silencio y encajan el castigo entumecidos, como zombies insensibles. Es lo que da más miedo. Que aceptemos las huelgas salvajes como rutina y no nos importe ser utilizados como escudos humanos en una guerra que sólo se nutre de víctimas inocentes. Basta.

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