De Arendt a Von Trotta

Barbara Sukowa se enfrenta a Eichmann en Jerusalén
Margarethe von Trotta
Por Josep Lambies |
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Simplificando, fue Rainer Werner Fassbinder quien descubrió a Barbara Sukowa, cuando ésta aún hacía de corista por los teatros de Berlín y alguna figuración en los seriales televisivos de la RDA. Primero la convirtió en la última mujer de Franz Biberkopf en 'Berlín-Alexanderplatz', luego en la protagonista de 'Lola'. Y así es como la cara de Sukowa pasó a ser el emblema de una generación de cineastas alemanes que aún respira. Sobre todo desde que hizo amistad con Margarethe von Trotta.

Primero fue Rosa Luxemburgo, muchos años después Hildegarda von Bingen y ahora vuelve con Hannah Arendt. A mediados de los años 80, Von Trotta puso en marcha un ambicioso proyecto enciclopedista para ilustrar las vidas de las que según ella habían sido las grandes mujeres de la historia, siempre con la Sukowa de protagonista. "Ambas somos de la generación del politiqueo, el izquierdismo, y una especie de comunismo desmitificado que nos llevó a hacer cine", me cuenta, como si fuera la última resistente de una leva, la de 'El viaje a la felicidad de mamá Küster', ahora a punto de desaparecer en la niebla para siempre. "Sigo al servicio de la memoria", espeta, como si el relato del pasado fuera un deber, más que una preferencia.

Se fue a Jerusalén, buscando las pistas de los procesos contra Adolf Eichamann de 1961. "Llegamos a la sala de juicios, hoy en día una Casa de la Cultura que se ha mantenido prácticamente intacta -me explica-. Sólo tuvimos que reconstruir aquella jaula de cristal donde lo tenían encerrado, y reorganizar las sillas para que pareciera un tribunal". Fue allí donde Hannah Arendt, enviada especial del 'New Yorker', se enfrentó cara a cara con la imagen del diablo alemán, y descubrió que aquel individuo, responsable directo de los transportes de deportados durante el Holocausto, no había sido más que un burócrata del partido, encarnación de lo que en sus escritos bautizó como la banalidad del mal.

'Eichmann en Jerusalén', el libro que recoge los artículos del New Yorker ', es el punto de partida del filme. "Por lo que he podido averiguar, Hannah Arendt se sentaba en una sala de prensa, fumando un cigarrillo tras otro, ante un gran monitor donde se retransmitía lo que pasaba dentro de la sala -remacha Von Trotta-. Es curioso, porque tanto en Israel como en el resto del mundo el proceso se siguió por radio. Ella fue una privilegiada". Ayudó que la televisión americana lo filmara todo. También ayudaron los cientos de cartas que Arendt había intercambiado con Heidegger, Jaspers y con su íntima amiga Mary McCarthy. "Hace cosa de tres años, Barbara y yo empezamos a revisar este material -concluye-. I construimos el personaje, juntas, como siempre".

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