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Hong Sang-Soo

Entrevista a Hong Sang-Soo

Hablamos de 'En otro país' con Hong Sang-Soo. El cineasta coreano admite que le gusta empinar el codo. Su borrachera cinematográfica aspira a película de la temporada

Por Josep Lambies
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Si hay algo que une a las películas de Hong Sang-soo, desde la primera hasta la última, es la alarmante cantidad de alcohol que se consume. No falla, mires donde mires siempre hay una botella abierta. Y cuando se acaba -no lo dudéis, se acaba seguro-, inmediatamente aparece algún camarero eficiente con refuerzos, dispuesto a rellenar los vasos vacíos. Por alguna razón poco científica, siempre que veo una escena rodada por Hong Sang-soo se me seca la gargante y tengo que ir a tomarme algún paliativo para el dolor de cabeza. "Qué quieres que haga, soy coreano -me contesta Hong-. Y los coreanos le damos mucho al alcohol. En mi tierra, ser abstemio no es una opción". Repasando su filmografía, me he apuntado algunas de las joyas de la bodega: cervezas Hite, makgeolli, un vino de arroz que es como el saque pero sin denominación de origen japonesa, ginebras orientales y unos licores fabulosos que te hacen dar la vuelta al cinturón de Orión y volver al taburete antes de que el primer sorbo haya bajado por el esófago. No se puede negar: saben cómo tratar a su hígado.

Me gusta la actitud de Hong. Es de los pocos cineastas que hoy en día no confunden los efectos del vodka con los de la metaanfetamina. "Emborracharse está bien: dices grandes verdades, algunas muy lúcidas, otras ridículas, y después te caes muerto", sentencia. Les pasaba a los dos chicos de 'Hahaha' (2010), que quedaban para tomar unas copas y acababan tirados en un sofá con la boca abierta y el hilo de baba chorreando sobre la camisa. Le pasaba al joven director de cine de 'Oki's movie' (2010). De hecho, a éste no le habría ido mal un grupo de apoyo para superar la dependencia. Les pasaba a los jóvenes cierrabares de 'The day he arrives' (2011). Y le pasa a Isabelle Huppert en 'En oro país', la primera película de Hong que se estrenará en nuestras pantallas. Perdonad si se me humedecen los ojos. Os prometo que no es delirio etílico, sino emoción.

Comprobado: el alcohol va de coña para romper el hielo. Y no hace falta que lo tengas delante. Desde que he empezado a sondearlo hablando de destilados, Hong se ha animado y no hay quien lo pare. "Va, dime una película que te guste, donde beban mucho", me pide. Hombre, hay unas cuantas. Tenemos la memorable castaña de Katherine Hepburn en la piscina de 'Historias de Filadelfia', o Michaleen Flynn en 'El hombre tranquilo'. Pero cuando me propone el reto sólo me viene a la cabeza una cosa de Ernst Lubitsch, de la etapa alemana, titulada 'No quiero ser un hombre', que me dio por ver hace unos días en uno de mis ataques por descubrir las rarezas primitivas de los grandes cineastas de la historia. Trataba de una colegiala que se vestía de hombre y se iba a un club masculino para ligar con otros hombres y ponerse ciega de champán. "No la he visto, pero siendo Lubitsch seguro que  me gustará".

Para no crear confusión, volvemos a las posiciones iniciales: yo seré el entrevistador, Hong el entrevistado. Y aprovecho para llevar la conversación hacia el argumento de 'En otro país'. Tres mujeres, todas interpretadas por la gran Huppert -no me creeré que haya cumplido 60 años hasta que vea su partida de nacimiento-, van a pasar unos días a Mohang, en una casa al lado del mar. ¿Qué gracia tiene esto de triplicar un personaje? "Bien, ya sabes, cuando te pasas de cerveza, ves triple", se cachondea Hong, resistiéndose a reconducir la conversación. Hago que se centre: "En realidad, la idea era experimentar tres personas diferentes que en cuerpo y alma sólo son una". Así es como abandonamos la cultura de bar, y empezamos una breve pero intensa discusión sobre la filosofía budista. Sobre todo breve. Le recuerdo que al final de su película aparece un monje bhikkhu, con túnica roja y mucha sabiduría para repartir. "De esto no sé nada", dice. Fin de la discusión sobre budismo.

Según la creencia popular, los cineastas orientales tienen tendencia a hacer películas sobre los ciclos de la naturaleza y las virtudes de la fuerza interior, que se pueden resumir con un aprendizaje proverbial normalmente sustituible por aquellas imágenes de Bruce Lee diciendo "Be water my friend" con voz de profeta. Pero la gente se equivoca. Si Hong Sang-soo se metió en este mundo es porque se lo pasaba bien. "Yo escribo un guión como si jugara a un juego de mesa en un día de lluvia -suelta-. Voy poniendo pistas y trampas por todas partes, y así hago que todas las escenas se conectes y se contradigan a la vez, y todo es más divertido. Para mi, como mínimo". Ni taoísmo, ni flores de loto, ni Kim Ki- duk. Hong puede presumir de ser un hombre con los pies en la tierra, la cabeza sobre los hombros, y, eso sí, un codo apuntando al cielo.

Con esta actitud, se ha sacado de la manga algunos de los títulos de película más graciosos que he escuchado en la última década. Su opera prima se llamaba 'El día que un cerdo cayó en un pozo' (1996). Poco después le hizo un simpático homenaje a Marcel Duchamp con el esperpéntico 'La virgen desnudada por sus solteros' (2000). Y lo remató con 'La mujer es el futuro del hombre' (2004). "Cuando empiezo a pensar una historia, me siento muy inquieto, expectante y más libre que nunca -confiesa-. Todo está por descubrir". Como él, sus rodajes tienen fama de ser un gran espectáculo de humor y libación. Ahora me viene a la cabeza una cancioncilla tontorrona que canten en la película, dentro de una tienda de campaña, y que dice: "Anne, this is a song for you. Anne, you have a beautiful name". Según Hong, esto es fácil de crear. "Sólo necesitas una guitarra y alguien con facilidad para inventar letras absurdas y con un poco de catch".

Escuché hace poco que a finales de los años 60 Jean-Pierre Léaud venía a Barcelona periódicamente para comprar absenta en la antigua Penúltima, en el Raval, antes de que se convirtiera en un bar de ambiente. Decía que era la más fina que había probado nunca. No creo que hoy tengan los mismos proveedores que hace medio siglo, pero estoy dispuesto a empezar una investigación. Si Hong se dejara caer por aquí, no lo querría decepcionar. "Con una copa delante, todo es más emocionante", dice. Acabo estas líneas mientras escucho como cae un aguacero de miedo, y pensando en los días de lluvia de Hong me entra mala conciencia: no lo estoy haciendo bien. Me levanto, y me sirvo un dedo de Seagrams que tenía cogiendo telarañas desde Fin de Año. No me lo beberé, para no dar mal ejemplo, pero dejo el vaso a un lado de la mesa. Lo miro. Hay cosas en la vida que sin un buen sorbo de lo que sea que queme no son posibles.

Crítica

In another country (En otro país)

5 de 5 estrellas
Cine Drama

No valoraré el hecho que un director de largo recorrido y prestigio internacional como Hong Sang- soo no haya estrenado nada en nuestro país hasta el momento. 'En otro país' es una muy  buena puerta de entrada al directo coreano. Primero, porque contiene un sentido del humor sutil, a menudo absurdo y siempre juguetón. Segundo, porque la estructura se basa en una serie de capítulos y variaciones sobre las mismas situaciones. Un socorrista se encuentra con una mujer francesa en la playa. La misma mujer sale a pasear y le pide indicaciones a un joven. Las situaciones se repiten y los personajes cambian ligeramente, en un juego mecánico. La protagonista es Isabelle Huppert, un rostro duro y un icono del cine francés que contrasta con el paisaje y el resto de personajes. De este choque nace un film delicado y divertido, con un discurso serio y profundo entorno a las posibilidades del cine.

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