Las duras verdades de Pere Vilà

'La lapidation de Saint Étienne' es una película dura de digerir
Pere Vilà
©Maria Dias
Por Josep Lambies |
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Polvo, olor a cerrado, tufo de excrementos, enfermedad y otras inevitables signos de la decadencia. Hace semanas os recomendábamos la última novela de Rafael Chirbes, 'En la orilla', una historia dominada por el olor de lodo y carroña. Hoy hablamos con el gerundense Pere Vilà de 'La lapidation de Saint Étienne', su segundo largometraje, tan real y duro como la vida misma.

Hace años le dedicaste un corto a tu abuela, 'Sabi'.
Justo un mes antes de que muriera, no sé por qué, la estuve filmando en una fiesta familiar, durante diez minutos seguidos. Unas semanas después, cuando los hijos vaciaban su casa, filmé las habitaciones por donde ella había vivido y, por alguna razón, seguí la ruta de un mueble que mi padre se llevó para restaurar.

El viejo de 'La lapidation' también hace de restaurador. Él, de figuras sacras. ¿De dónde te viene esta fijación?
Mi familia siempre se ha dedicado a la restauración. Mi tío, profesionalmente. Incluso restauró pinturas de las iglesias de Girona. Y me gusta la idea de la recuperación de objetos antiguos. Cuando era pequeño vivía en una casa de campo muy grande, llena de objetos.

Háblame de las radiografías que tiene colgadas en las paredes.
Él dice que es todo lo que le queda, porque su mujer no quería que se hicieran fotos juntos. Son recuerdos muy íntimos, del doloroso interior de una persona. No te diré que sean un retrato del alma, pero podría ser una vía para llegar a ella. Por cierto, hay una radiografía de los pulmones de mi abuelo, que había muerto 20 años atrás.

¿Fue un homenaje?

En realidad la puso el director artístico. Lo envié a casa mi abuela, antes de que nos la vendiéramos, para que cargara con todo lo que le pareciera que podía servir. La reconocí porque leí su nombre en la base, cuando ya la teníamos puesta en el 'set'.

Hay una manera muy intensa, incluso desagradable, de hablar de la materia en descomposición.

Son cosas que pasan. El olor de las heces, la orina, la carne corrompida ... Es cierto que a la gente le produce rechazo, pero por experiencia te diré que más bien me quedo corto.

¿En qué sentido?
Mi tío tuvo cáncer. Yo entré en su habitación el día en que murió, y recuerdo el olor que hacía todo, el de un cuerpo enfermo. El cine se ha guardado mucho de explicarlo. Quizás 'La gueule ouverte' de Pialat o 'Gritos y susurros' de Bergman lo han hecho, y por eso nos incomodan. Incluso en Valladolid, cuando me dieron el FIPRESCI, uno de los miembros del jurado me dijo que le había producido aversión. Creo que lo que insinuaba era que, si por él fuera, habrían premiado a otro.

¿Desde cuándo te dedicas a filmar la decadencia?

Desde el primer corto con medios que pude rodar, uno en el que salía Emma Vilarasau. Giraba en torno a una persona mayor que tenía Alzheimer. Más adelante siguió un hombre de mi barrio que andaba muy despacio. Lo que tú caminarías en 30 segundos, a él le costaba un cuarto de hora. Vivimos en una sociedad que no nos permite valorar y aprovechar la experiencia de las personas mayores. Vamos a ver a los abuelos una vez de tanto en cuando, nos dan pasta, y cuando mueren nos damos cuenta de que no los conocíamos.

¿Qué opinión te merece el último Haneke?

Las casualidades me parecen brutales. Si te fijas, las dos películas terminan de la misma manera, con la hija entrando en el piso vacío. Y Haneke pone cosas que yo había eliminado del guión durante la primera corrección. En la primera versión, yo también tenía un joven pianista. Pero no puedo decir que fuera una influencia, porque 'Amour' y 'La lapidation' se rodaron más o menos al mismo tiempo.

Y ahora, ¿qué tienes entre manos?

Una película con Lluís Homar, Emma Vilarasau y Àlex Monner que se llama 'La fosa' y que, si todo va bien, se rodará en seis días.

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