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Ciclo Joan Brossa

¿Ya sabéis por qué hay una butaca roja en la sala grande de la Filmoteca?

Por Josep Lambies |
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Joan Brossa

No tuve muchas ocasiones de conocer a Joan Brossa. Cuando él murió, hacía tres semanas escasas que servidor había cumplido los once años, y había ciertos círculos que por una cuestión de altura no me estaban permitidos. Sólo lo vi una vez, que yo sepa, en una sesión infantil de domingo por la tarde en la Filmoteca. Pasaban una maratón de cortos de Méliès. Creo recordar que incluso habían invitado a su bisnieto para que lo acompañara al piano. Y Brossa estaba allí, sentado en aquella butaca del pasillo central que nadie se atrevía a disputarle, entre toda la chiquillería de la Barcelona de los 90, mirando con ojos impasibles cómo el hombre conquistaba la Luna.

Sentía especial predilección por el cine de los orígenes, el de un tiempo en el que tod era mucho más rudimentario y divertido. Igual que le gustaba el circo, adoraba las acrobacias de Douglas Fairbanks, porque no necesitaba ningún doble que le hiciera el trabajo sucio. Igual que él fascinaba a la vanguardia futurista, se lo pasaba bomba viendo 'El hotel eléctrico' de Segundo de Chomón. En el año 48, cuando 'Sonets de Caruixa' todavía no había llegado a imprenta y 'Dau al set' se estaba forjando, escribió el guión de 'Foc al càntir', un corto misterioso con el celuloide virado a rosa curt misteriós amb el ceŀluloide virat a rosa que no fue realizado hasta después de su muerte.

Tampoco se puede decir que consagrara su vida a esto de escribir guiones. En la época de los monólogos transformistas y los espectáculos de 'strip-tease' -¡gloriosos 60!-, se volvió a prodigar un poco, sobre todo al lado de Pere Portabella. Juntos escribieron films como 'No compteu amb els dits', 'Nocturn 29' y 'Umbracle'. Quizá la más conocida de aquellos años es 'Cuadecuc', una simpática película de vampiros que data del mismo año en el que Jess Franco rodaba la versión española de 'El comte Dràcula', con  Christopher Lee de protagonista. A pesar de esto, en el mundo del cine, lo que mejor se le daba a Brossa era dejarse caer en la butaca. Su butaca. La que todavía lleva su nombre.

Murió cuando la Filmoteca iniciaba los preparativos de la integral Hitchcock con la que conmemoramos su centenario. La recuerdo porque me pasé allí casi todo julio. Hasta que acabó el ciclo, en la entrada del cine había un stand donde venían camisetas estampadas con el sinuoso perfil del mago del suspense encajado en una especie de donut blanco. Era uno de los poemas visuales del Brossa de la última etapa. Yo me compré una. Y aunque a él sólo lo vi un domingo por la tarde en una sesión infantil, fue mi camiseta preferida hasta que tuvo tacto de bayeta.

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