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1941. El año que retorna

Slavko Goldstein

1941
Por Marià Veloy |
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1941. El año que retorna
Slavko Goldstein
Trad. Maja Drnda.
Cómplices Editorial.
568 pág. 29,90 €

En la solapa de '1941', Slavko Goldstein -editor, guionista y escritor nacido en Sarajevo en 1928- sonríe con unos ojos llenos de vitalidad y una expresión de sí-chico-así-fue. Una vez conocemos su historia, no deja de admirarnos que, en el hombre de casi 80 años que era cuando escribió estas memorias, no encontramos ningún rastro de fantasmas o melancolía. Y más cuando, al adentrarnos en la lectura, lo podemos identificar con una voz llena de energía, capaz a la vez de la tenacidad y la delicadeza que exige su objetivo: narrar el horror vivido en Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial.

Goldstein nos habla de una experiencia bien palpable. Cuando tan sólo es un chaval de trece años, ve como los nacionalistas croatas -una marca blanca del nazismo- hacen desaparecer a su padre, un judío comprometido con la cultura y dueño de una librería en el pueblo de Karlovac. Después del arresto, su madre, su hermano Danko y el mismo Slavko experimentan la angustia de ver como se reduce el círculo. La persecución es cada vez menos sutil, más grosera. Más desesperante, menos comprensible. Hay algunos episodios impresionantes -no dejo de pensar en la carta que el padre deja caer del tren la noche que será ejecutado, sin saber si alguien tendrá el valor de hacérsela llegar a su familia -, y los Goldstein dan un paso insospechado. Se enrolan en el ejército de partisanos que el general Tito viste con uniformes que proporcionan los aliados ingleses, donde servirán hasta el final de una guerra que terminará con una trampa. La del comunismo.

Por si esta experiencia individual no fuera lo bastante incontestable, Goldstein amplía sus recuerdos con abundante documentación -testigos que encuentra a lo largo de la vida, pero también cartas, fotografías e informes -. Así, su vivencia se entrelaza con otras. Empresarios cobardes, fascistas avariciosos, chicos engañados, valientes sin rostro conocido, amantes trágicos, vecinos miserables... Su vivencia se expande y nos muestra la dimensión exacta del horror yugoslavo. Una lección. De historia, sin duda, pero sobre todo de vida.

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