Esto es la guerra: el Ayuntamiento, lejos de incentivar la iniciativa privada que se endeuda para la cultura, imposibilita, a golpe de normativas más estrictas, que la música en directo tenga el papel preeminente en la vida nocturna que grupos y sellos locales piden a gritos. Una de las pocas propuestas que daban vida a la ciudad, el Clandestino-en poco más de un año y medio se convirtió en uno de los epicentros de la música barcelonesa-fue decapitado.
El Roxanne, de Gracia, es la víctima más reciente: para ellos, nuestro pésame y rabia. El combate es feroz y no lo damos por perdido, somos como las malas hierbas: por mucho que nos arranques de raíz, seguiremos creciendo a cada rendija. Ganaremos porque nosotros no tenemos nada que perder. Ellos, sí: las próximas elecciones.
La gente del Clandestino-Dani, Jorge, Ghenadie y Berta-han resucitado como bar de cañas, vermuts y aperitivos en el Poble Sec: el Rufián. Los ingredientes son sencillos: local acogedor sin pretensiones esteticistas, muy buena música, ambiente amical y buena materia prima-cerveza negra Moritz de barril, no Epidur; vermut La Secuita, aceitunas y anchoas de la Escala, tomates en conserva al pesto de Navarra ...
Los sábados y domingos es una fiesta: la hora del vermut lo convierte en punto de encuentro de gente entre los treinta y los cuarenta con ganas de pasar un mediodía en buena compañía. La conversación es fluida y apasionada, la cerveza Rufianes-mezcla de rubia y negra- corre como el agua y la fraternidad está garantizada: hacemos piña y seguimos reclamando una Barcelona para los barceloneses, no para sus gobernantes.