Noticias

Marta Vericat, filósofa: "El problema no es querer demasiado a un perro o a un gato, sino pensar que el hecho de quererlos nos exime de preguntarnos cómo los estamos queriendo"

En 'Mascotismo. Un debate de ética animal', la autora explora con profundidad la relación que mantenemos con los animales que conviven con nosotros

Borja Duñó
Escrito por
Borja Duñó
Head of Editors, Barcelona
Marta Vericat
Marta Vericat | Marta Vericat
Publicidad

La filósofa Marta Vericat convive con dos gatos que considera "dos seres excepcionales". Estos felinos han sido su fuente de inspiración a la hora de hacerse preguntas sobre la relación que mantenemos con los animales con los que convivimos que van más allá de lo que es comúnmente aceptado. ¿Basta con el amor y la atención que les dedicamos? En Mascotisme. Un problema d'ètica animal (Edicions Enoanda; en editorial Laetoli, en castellano, con prólogo de Victòria Camps), Vericat se pregunta, por ejemplo, si lo que nosotros entendemos por amor tiene tanto que ver con las verdaderas necesidades del animal como con las ideas preconcebidas que nosotros proyectamos en él. Es un libro valiente, osado, porque no trata de animales maltratados, sino de los que han tenido bastante más suerte que otros, que viven y mueren en condiciones mucho peores.   

¿Cómo resumirías el concepto de mascotismo?

El concepto de mascotismo no es un término que me haya inventado, aunque habitualmente se utiliza para referirse sobre todo a los animales que llamamos exóticos o salvajes. Lo que he hecho es adaptarlo a un propósito más amplio y darle una dimensión conceptual.

El mascotismo se podría resumir como una forma de uso, apropiación y control sobre la vida de animales de otras especies. Es una manera de relacionarnos con ellos en la que sus formas de vida quedan subordinadas a nuestras expectativas. No se trata solo de tener un animal en casa, sino de asumir que tenemos derecho a decidir cómo debe vivir e incluso qué papel debe cumplir en nuestra vida.

En este sentido, el mascotismo es una consecuencia del antropocentrismo, porque parte de la idea de que los otros animales existen para satisfacer necesidades humanas, para hacernos compañía, proporcionarnos bienestar, protección, prestigio o simplemente porque nos gusta tenerlos cerca.

El mascotismo también es una mentalidad social y una manera de mirar a los demás animales. Nos hace ver como normal que un animal sea incorporado a nuestro mundo humano hasta el punto de que dejamos de preguntarnos qué significa eso para él y qué consecuencias tiene. Hemos llegado a considerar que tener una mascota es algo casi natural o incluso un derecho humano.

El mascotismo es una manera de relacionarnos en la que sus formas de vida quedan subordinadas a nuestras expectativas

¿Hasta qué punto crees que la gente que tiene animales de compañía es consciente de los problemas éticos que conlleva este tipo de relación?

Creo que hay poca conciencia de los problemas éticos que conlleva el mascotismo, en parte porque son muy invisibles y por este motivo también decidí escribir el libro.

Cuando pensamos en los problemas relacionados con los animales de compañía, normalmente nos fijamos en sus manifestaciones más extremas y evidentes, como por ejemplo el abandono, el maltrato o determinadas prácticas de cría irresponsable. Todo esto es importante y, evidentemente, hay que denunciarlo y combatirlo. Pero es necesario ir más allá y no limitarnos a gestionar las consecuencias del problema, sino preguntarnos qué hay en la raíz de muchas de estas situaciones.

No deberíamos olvidar que perros y gatos han sido seleccionados genéticamente, reproducidos y socializados durante generaciones para que encajen en nuestras vidas y respondan a los caprichos humanos. Mientras sigamos produciendo perros y gatos para convertirlos en mascotas, continuarán los mismos problemas. Además, la situación se va agravando, porque el número de estos animales va aumentando. Es decir, bajo mi punto de vista, no basta con intentar reparar los daños, sino atender al origen. Adoptar, cuidar y proteger a los animales que ya existen es importante, pero también es igual de importante preguntarnos si queremos seguir reproduciendo las condiciones que hacen necesario, una y otra vez, tener que rescatarlos.

Era consciente de que abordar este tema podía generar incomodidad e incluso rechazo, porque estamos hablando de una realidad muy normalizada

Además, los problemas que plantea el mascotismo también son sociales y ecológicos. La convivencia con animales de compañía se ha convertido en una realidad muy extendida y, en consecuencia, sus efectos también afectan a personas que no han escogido esta forma de convivencia. Lo podemos ver en determinados conflictos relacionados con el espacio público. Por ejemplo, los perros sueltos en caminos rurales, zonas donde pueden representar un riesgo o la dimensión ecológica que a menudo queda fuera del debate. La presencia masiva de perros y gatos tiene una huella ambiental que no siempre tenemos en cuenta. Su alimentación implica una demanda de recursos vinculada a una industria cárnica, es decir, a la explotación de otros animales. Cuando pensamos en la mascota, normalmente pensamos en el animal que tenemos delante y no en toda la cadena de producción que hace posible mantenerlo, es decir, con todos los cerdos, vacas, gallinas y otros que hay que sacrificar para ser convertidos en su alimento.

Esto presenta una cuestión ética, sobre todo para personas vegetarianas o veganas, porque estamos favoreciendo a nuestras mascotas por encima de los intereses en vivir de otros animales que condenamos para alimentar a los nuestros.

Marta Vericat
Marta VericatMarta Vericat

En el libro abordas estos problemas con mucho cuidado y prudencia, ¿tenías la prevención de no hacer sentir mal a las personas que tienen animales en casa ya que, mayoritariamente, parten de una buena voluntad?

En ningún momento he tenido la voluntad de hacer sentir mal a nadie. Pero, desde el principio, era consciente de que abordar este tema podía generar incomodidad e incluso rechazo, porque estamos hablando de una realidad muy normalizada. Y reconozco que, en algunos momentos, me daba cierto miedo la reacción que podía provocar la lectura del libro y por eso a menudo me tenía que recordar a mí misma que la incomodidad forma parte de la filosofía.

La filosofía no existe para facilitarnos la vida, confirmar nuestras creencias o adaptarse a lo que la mayoría quiere oír. Una de sus funciones es precisamente poner en cuestión lo que damos por evidente, romper con las ideas establecidas y obligarnos a mirar desde otro lugar, aunque este ejercicio sea incómodo.

La filosofía no existe para facilitarnos la vida, confirmar nuestras creencias o adaptarse a lo que la mayoría quiere oír

Por eso creo que la filosofía debe ser libre y valiente. En el momento en que tiene como objetivo principal agradar o evitar cualquier conflicto pasa a ser otra cosa. A mí me ha costado no autocensurarme a la hora de escribir sobre el mascotismo, porque sabía que estaba cuestionando una relación que muchas personas viven desde el afecto.

También creo que actualmente vivimos una reivindicación muy intensa de las emociones, y esto es positivo en muchos aspectos, pero hay que tener cuidado de no convertir la emoción en el único criterio para determinar qué es moralmente aceptable. Las emociones son importantes y forman parte inevitable de nuestras relaciones con los demás, pero por sí solas no son suficientes para orientar el comportamiento moral. Necesitamos conocimiento, reflexión y capacidad crítica para analizar qué sentimos y, sobre todo, para preguntarnos de dónde provienen estas emociones y qué creencias hay detrás.

Quiero pensar que la mayoría de personas que tienen o adoptan un animal lo hacen con buena voluntad. Precisamente por eso creo que es interesante llevar la discusión más allá de las intenciones individuales. La buena voluntad es necesaria, pero no siempre es suficiente para garantizar que una relación sea justa.

Hablas del concepto de amor. ¿Hasta qué punto este amor a los animales a veces se malinterpreta? ¿Hasta qué punto proyectamos una idea del amor antropocéntrica en animales que probablemente tienen unas necesidades muy diferentes?

Creo que el amor tiene una capacidad enorme para legitimar e incluso para hacernos invisibles determinadas relaciones de poder.

Lo llamamos amor, pero muchas veces es dependencia. En nombre del amor pensamos que todo queda debidamente justificado. No niego en ningún momento que podamos establecer vínculos afectivos profundos con perros y gatos. El problema aparece cuando damos por hecho que lo que nosotros entendemos por amor es necesariamente lo que ellos necesitan.

Un animal tiene unas necesidades propias, relacionadas con su especie más allá del afecto, las caricias o nuestra compañía. Interpretamos que si un perro nos acompaña a todas partes, duerme con nosotros, quiere estar constantemente a nuestro lado o acepta nuestras caricias, esto es necesariamente una expresión de amor tal como nosotros la entendemos. ¿Pero hasta qué punto estamos leyendo su comportamiento a partir de nuestras expectativas? ¿Y hasta qué punto estamos confundiendo lo que nosotros queremos que sea la relación con lo que realmente necesita el animal?

Me ha costado no autocensurarme a la hora de escribir sobre el mascotismo, porque sabía que estaba cuestionando una relación que muchas personas viven desde el afecto

También hay otra cuestión. Tradicionalmente con el mito del amor romántico, amor y posesión han estado históricamente muy vinculados. Cuando trasladamos este esquema a los animales, la situación es todavía más extrema, porque nosotros tenemos una capacidad de decisión prácticamente absoluta sobre ellos.

Los sentimientos que tenemos por los animales pueden ser muy auténticos, pero el amor no debería ser un impedimento para la reflexión ética. Y esta es probablemente la parte más difícil, porque tomarse en serio los intereses de los animales puede obligarnos a renunciar a determinados privilegios.

En definitiva, creo que el problema no es querer demasiado a los animales, sino pensar que el hecho de quererlos nos exime de preguntarnos cómo los estamos queriendo y qué relación de poder hay detrás de este amor.

La mayoría de personas que dicen querer a los animales no ven ningún problema en comérselos, en que sean explotados para obtener productos de su conveniencia o en visitar zoológicos y acuarios. ¿Por qué crees que se da esta disonancia, especialmente entre quienes tienen animales en casa?

Me parece especialmente significativa la sensibilidad selectiva que tenemos hacia los animales. Nos puede parecer terrible que alguien maltrate a un perro, pero al mismo tiempo podemos consumir carne, visitar un zoológico o participar en otras formas de explotación animal sin percibir ninguna contradicción. Y, en cambio, alguien que dice que no le gustan los perros o los gatos puede llegar a provocar una reacción mucho más fuerte.

Esta disonancia es, en gran parte, el resultado de haber sido socializados en una cultura que nos enseña desde pequeños que cada animal ocupa un lugar determinado en función de la utilidad que podemos obtener de él. Aprendemos que algunos animales son compañía, otros alimento, otros entretenimiento y otros recursos. Estas categorías las interiorizamos tan pronto que dejamos de percibirlas como una construcción cultural y pasamos a considerarlas naturales.

El amor tiene una capacidad enorme para legitimar e incluso para hacernos invisibles determinadas relaciones de poder

Cuando estas ideas se asumen sin ser revisadas ni cuestionadas, aparece el especismo como una forma de discriminación que establece diferencias en el trato y en la consideración moral de los animales en función de la especie a la que pertenecen. Así, un perro o un gato suele ocupar una posición mucho más privilegiada que un cerdo o una vaca. Pero esto no significa que perros y gatos queden fuera de cualquier forma de explotación.

¿Cuáles crees que son los principales problemas que se derivan del mascotismo y que se deberían tener en cuenta?

Los problemas derivados del mascotismo son numerosos y a menudo pasan desapercibidos.

Uno de los principales problemas es precisamente la pérdida de autonomía de perros y gatos. El mascotismo nos otorga un enorme poder sobre los animales, porque decidimos prácticamente todo. Tenemos un control muy grande sobre sus cuerpos y sobre sus vidas.

También hay un problema relacionado con las condiciones de vida. Muchos animales son obligados a adaptarse a espacios y ritmos pensados para los humanos: pisos, apartamentos, horarios laborales, ruidos, limitaciones de espacio o poca posibilidad de explorar y desarrollar determinados comportamientos propios de su especie.

Interpretamos que si un perro nos acompaña a todas partes esto es necesariamente una expresión de amor tal como nosotros la entendemos

Otro problema importante es el control que ejercemos sobre su reproducción y sobre su biología. La cría selectiva ha transformado profundamente determinadas especies, especialmente los perros, y en algunos casos ha priorizado aspectos estéticos o funcionales por encima de la salud y del bienestar del animal. Hemos creado animales que encajan mejor en nuestras expectativas, pero que pueden arrastrar problemas físicos y una gran dependencia de los humanos.

A esto se añaden problemas más visibles, como el abandono, la sobreproducción de animales, la saturación de los refugios o las situaciones de maltrato y negligencia. Pero yo diría que estas son, en muchos casos, consecuencias de un problema más profundo: haber convertido la reproducción, la compra y la tenencia de animales en una práctica social completamente normalizada.

Me preocupan muy en especial los millones de animales que mueren en las granjas cada día para servir de alimento a perros y gatos. Estos animales son las víctimas invisibles y olvidadas del mascotismo. Casi nadie las menciona, ni siquiera los activistas por los derechos de los animales, porque se prioriza a los animales que tenemos a cargo por delante del interés en vivir de millones de cerdos, vacas, atunes, patos y otros. Personalmente, esta situación me resulta contradictoria e injustificable desde un punto de vista argumentativo.

¿Cuáles crees que ya hay bastante gente que tiene en cuenta (por ejemplo la cuestión de adoptar, y no comprar, un animal) y cuáles todavía están lejos del conocimiento general?

Es importante diferenciar entre la compra y la adopción. Las personas que compran un animal participan directamente en un mercado que necesita producir animales para satisfacer una demanda. En cambio, la adopción intenta dar respuesta a una realidad que ya existe. Desde este punto de vista, adoptar puede contribuir a paliar las consecuencias del mascotismo.

Ahora bien, esto no quiere decir que la adopción resuelva por sí misma todas las cuestiones éticas que plantea esta relación. Una cosa es intentar ofrecer las mejores condiciones posibles a un animal que ya existe y que depende de nosotros, y otra es cuestionar el sistema que produce continuamente nuevos animales de compañía.

¿Qué crees que debería pasar para que se tuvieran mucho más en cuenta las necesidades reales de estos animales y no tanto las nuestras? Más allá de explicarlo en libros o entrevistas, ¿qué valdría la pena legislar?

Primero deberíamos revisar muchas de las ideas que tenemos asumidas y reinventar nuestra manera de relacionarnos con los demás animales. Esto no es nada fácil y, evidentemente, no se puede hacer de un día para otro.

Y después está la parte legislativa, que es muy importante. Pienso que un cambio legislativo que ponga límites a lo que actualmente consideramos normal simplemente porque siempre lo hemos hecho así. Empezar a hacer leyes pensadas también desde el interés de los animales y no casi siempre desde nuestros intereses o privilegios. Ahora mismo muchas normas parten de la idea de que nosotros tenemos el derecho de decidir sobre estos animales y que el objetivo es simplemente regular esta relación.

Aprendemos que algunos animales son compañía, otros alimento, otros entretenimiento y otros, recursos

Por ejemplo, creo que deberíamos replantear profundamente la cría de animales con fines comerciales. No deberíamos tratar a los animales como una mercancía ni como un negocio. Mientras haya demanda, continuaremos produciendo animales para satisfacerla, y después nos encontraremos intentando gestionar las consecuencias: abandonos, refugios saturados, animales que nadie quiere o problemas de salud derivados de determinadas prácticas de cría.

También creo que deberíamos ser mucho más exigentes con las adopciones. No porque adoptar sea algo negativo, sino precisamente porque estamos hablando de hacernos responsables de una vida. Cuando se trata de adoptar a un menor, consideramos normal comprobar si la familia tiene los recursos necesarios, si dispone de un espacio adecuado, cuál es su situación y hacer un seguimiento posterior. Me pregunto por qué no podemos aplicar un nivel de responsabilidad parecido cuando incorporamos un perro o un gato a casa.

Pero para que todo esto sea realmente viable, antes deberíamos conseguir reducir de manera muy importante la cantidad de perros y gatos que se reproducen. Si continuamos generando animales al mismo ritmo, siempre llegaremos tarde: siempre estaremos intentando encontrar soluciones para los animales que ya existen en lugar de evitar que el problema se siga reproduciendo.

Te interesa la intersección entre ética animal y feminismo. Ambos problemas tienen que ver con una lógica de la dominación. ¿Qué otras cuestiones tienen en común?

Creo que hay muchos puntos de contacto entre la opresión que han sufrido históricamente las mujeres y la manera en que tratamos a los demás animales, aunque, evidentemente, no son realidades idénticas.

La masculinidad se ha construido tradicionalmente alrededor de ideas como el control, la fuerza, la autoridad y el dominio. Y estas mismas lógicas se pueden proyectar tanto sobre los cuerpos de las mujeres como sobre los de los animales. En ambos casos, durante mucho tiempo se ha dado por hecho que hay cuerpos sobre los cuales otras personas pueden decidir. Hay, además, paralelismos en la manera en que se han construido determinadas categorías. Las mujeres han sido asociadas históricamente al espacio doméstico, al cuidado y a la familia, mientras que los animales de compañía también han sido incorporados a esta esfera doméstica y familiar. Y tanto las mujeres como los animales han sido a menudo infantilizados, se les ha atribuido una especie de inocencia o de incapacidad para decidir por sí mismos, lo que acaba justificando que otras personas decidan en su lugar.

Marta Vericat
Marta VericatMarta Vericat

También me parece interesante la relación entre domesticación y dependencia. Cuando hablamos de domesticación no hablamos solo de acostumbrar a un animal a vivir con humanos, sino de un proceso por el cual modificamos profundamente sus condiciones de vida para que encajen en nuestras necesidades. En el caso de las mujeres, durante siglos ha habido mecanismos sociales que también las han relegado a una determinada función dentro de la casa, la familia y la reproducción.

Y aquí es donde creo que la interseccionalidad es especialmente útil. No podemos entender estas relaciones de poder de manera aislada. Las formas de dominación a menudo se refuerzan entre ellas.

¿Crees que el feminismo debería ser vegano, en tanto que gran parte de la explotación de los animales se basa en la explotación de los cuerpos y de los sistemas reproductivos de las hembras?

No me interesa plantearlo en términos de "si eres feminista, tienes que ser vegana" como si fuera una prueba de pureza ideológica, pero pienso que si el feminismo fuera vegano sería mucho más coherente y sólido.

De hecho, las sufragistas ya vieron los paralelismos entre mujeres y animales hace mucho tiempo. Algunas optaron por el vegetarianismo y también se posicionaron contra la vivisección, porque entendían que la manera en que tratamos a los animales formaba parte de una misma cultura que legitimaba el control sobre los seres considerados más vulnerables.

Si el feminismo fuera vegano sería mucho más coherente y sólido

A mí me parece especialmente evidente cuando hablamos de las hembras de los animales que explotamos. Su capacidad reproductiva se ha convertido en una herramienta de producción. Las hembras son inseminadas, fecundadas, separadas de sus crías y sometidas a ciclos reproductivos que responden a intereses humanos. Y creo que aquí el feminismo tiene mucho que aportar, porque precisamente ha cuestionado durante décadas el control de la sexualidad, de la maternidad, de la reproducción y la idea de que las mujeres deben cumplir una función determinada por el hecho de ser mujeres.

Creo que el feminismo puede ampliar aún más su planteamiento cuando incorpora al resto de animales. Si defendemos que los cuerpos no deberían ser vistos como recursos a disposición de los demás, nos deberíamos preguntar también por qué aceptamos esta lógica cuando hablamos de animales.

¿Eres vegana? ¿Cómo te hiciste vegana? ¿Cómo crees que la gente que no lo es puede llegar a esta conclusión?

Sí, hice este tipo de conexión en el año 2012 y desde entonces llevo una vida libre de consumo animal. Puedo decir que hacerme vegana ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida y, sinceramente, no me he arrepentido nunca. No porque piense que el veganismo sea una cuestión de perfección, sino porque para mí representa una manera de poner en práctica determinados valores como el respeto.

Creo que, en muchos casos, lo que nos impide dar este paso no es tanto la falta de empatía como el hecho de que hemos aprendido a ver a los animales de manera muy diferente según para qué los utilicemos. Podemos querer a un perro, pero al mismo tiempo comernos a otro animal sin percibir ninguna contradicción. La cuestión es empezar a hacernos preguntas sobre estas diferencias e intentar entender qué hay detrás.

Por eso creo que la información es importante, pero no basta con acumular datos. También hay que estar dispuesto a dejar que esta información nos interpele y, a veces, a revisar hábitos muy arraigados.

¿Has tenido feedback sobre el libro? ¿Cómo ha sido? Me interesa especialmente el de la gente que ya convive con animales y desconocía parte de los problemas éticos relacionados.

He visto respuestas de todo tipo. Por un lado, conocidos y amigos que saben que vivo con gatos y que llevo muchos años como activista en defensa de los animales (y del feminismo). Seguramente esperaban un libro a favor del mascotismo y no de las mascotas y por eso las reacciones han sido agridulces.

Otras personas me han dicho que les ha resultado interesante y que era un tema que nunca se habían planteado. Otras que han intentado excusarse, de manera parecida a cuando dices que eres vegano y de repente a menudo te dicen: "yo como muy poca carne".

Hay que reflexionar y argumentar, porque es un asunto que nos toca a todos de muy cerca y tiene un impacto muy fuerte

Y después está el caso de mi madre, que me consta que no se ha leído el libro pero sí me ha escuchado en alguna entrevista y me dice que no está de acuerdo, que para ella Duc (el perro que tuvimos hace años) era uno más de la familia...

Lo mejor de todo es que todavía no me he encontrado con nadie a quien deje indiferente y eso tiene mucho valor. Es un tema del que se tiene que hablar, porque el mascotismo se extiende de manera acelerada. Hay que reflexionar y argumentar, porque es un asunto que nos toca a todos de muy cerca y tiene un impacto muy fuerte. No solo en la vida de estos animales, también en la convivencia social, en el diseño de nuestras ciudades y en muchas otras cuestiones de la vida cotidiana.

¿Qué consejo darías a alguien que tiene un animal en casa y no es todavía del todo consciente de la responsabilidad ética que implica?

Le recomendaría que se leyera el libro.

Si quieres saber cuáles son los mejores restaurantes veganos de Barcelona, echa un vistazo a nuestra lista.

Este artículo ha sido publicado el 8 de octubre a las 9.19 h

Últimas noticias
    Publicidad