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Orines de perro en la calle: el debate continúa

Por
Manuel Pérez
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Vuelve el verano y vuelve un debate tan caliente como los orines de perro que riegan algunas de las calles menos turísticas y, por tanto, más sucias de Barcelona. Cuando los dueños -no todos, por desgracia- comenzaron a recoger las cacas de sus perros, la convivencia ganó una batalla. En Girona piensan que es el momento de abrir otro frente, y comenzarán a multar a los propietarios que no lleven una botella de agua para diluir los orines de las aceras.

En realidad es muy sencillo: al igual que se acompaña el paseo del perro de una bolsa para recoger las deposiciones, el civismo mejoraría si los dueños también llevaran una botella con agua para diluir las micciones de los animales. De esta manera, todos nos ahorraríamos hedores desagradables que se vuelven insufribles con la llegada del calor. Ante la falta de limpieza, lo mejor para todos es no ensuciar más de lo necesario.

Junto a los países más civilizados, los habitantes de Girona y Mataró son los únicos habitantes de Cataluña protegidos del tsunami amarillo del incivismo. El año pasado pusieron en marcha legislaciones locales al respecto y es ahora, en el caso de Girona, que comenzarán a aplicar sanciones.

Barcelona no tiene regulación al respecto. Apenas se han hecho campañas de sensibilización más allá de alguna intervención puntual por las quejas de los vecinos de San Andreu. Cierto es que no resulta igual un fox terrier que un San Bernardo, pero la acumulación de orín en ciertas esquinas responde más a la proliferación de dueños maleducados que a los pobres perros que no tienen ninguna culpa de nada. Antes de comenzar a sancionar, o buscar la vía punitiva,  sería preferible que cada uno tomara conciencia de la justa causa de tener unas calles libres de orina.


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