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1713: vicis definitiva

Barcelona 1713: la ciudad el vicio

La Barcelona de principios del siglo XVIII era víctima de una ludopatía desbocada

Por Xavier González
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Ríete de los peligros de Eurovegas. La Barcelona de principios del siglo XVIII era víctima de una ludopatía desbocada. La pasión por el juego de los barceloneses se extendía por todos los rincones de la ciudad, y fuera quien fuera el escogido, siempre iba acompañado de apuestas. El juego sin apuestas no era juego.

De la mesa a la cama
Los juegos más populares eran las cartas, los dados y el 'auca'. Este último era un invento catalán de finales de siglo XVI, exportado a Europa, y que funcionaba de manera similar a la ruleta: se apostaban cantidades a números o dibujos de un tablero, y para escoger al afortunado, en vez de hacer rodar la bolita, se sacaba el número o del dibujo de un saco.
El éxito de estos juegos se debía a la poca infraestructura que requerían: sólo una mesa. Y tenías en casa, pero también encontrabas en los hostales y las tabernas, donde se practicaba otro de los vicios favoritos de los barceloneses: la ingesta de vino. Las autoridades municipales y religiosas intentaban erradicar el juego tabernario, porque sabían que de la combinación de apuestas y alcohol no podía salir nada bueno: si los jugadores no acababan a golpes, era muy probable que acabaran de putas.
La prostitución en Barcelona estaba prohibida, y los burdeles, desterrados fuera de las murallas. A pesar de esto, por la ciudad circulaban prostitutas encubiertas, mujeres que complementaban sus escasos recursos con el negocio de la carne. Satisfacían las necesidades de los jugadores de taberna, pero también de estudiantes, soldados, nobles y, si hacía falta, de las autoridades municipales y religiosas. Los clérigos, de hecho, cuando el celibato les daba demasiados dolores de cabeza, disfrutaban de los servicios de las conocidas como "putas de frailes".

El deporte 'vintage'
Una manera de alejar los juegos de mesa de las tabernas, o de intentarlo, fue tolerarlo en los trinquetes. Eran espacios de juego abiertos al público, aparecidos a lo largo del siglo XVII para acoger dos populares juegos de pelota, de aquellos que hoy en día llamaríamos deportes. Los habían puesto de moda los franceses y causaban furor en Europa. Eran el jeu de paume, llamado aquí juego de raqueta, y el jeu de mail, conocido como el juego de la argolla. El primero era un claro antecedente del tenis. El segundo, del criket y el golf, y también, en versión reducida de mesa, del billar.
En la Barcelona de la Guerra de Successió había unos veinte trinquetes, regentados por espabilados menestrales que los construían en sus huertos para conseguir un sobresueldo. No hay que decir que los espectadores que asistían lo hacía más para gastarse el dinero en apuestas, que no en admirar la belleza de un 'passing shot' o de un 'swing'. Y si no tenían suficiente, siempre se podían escurar los bolsillos en los juegos de mesa de las salas anexas.
A medio camino entre el polideportivo y el casino, los trinquetes no sólo no rompían el círculo vicioso del juego, sino que tampoco sirvieron para separarlo de otros pecados. La gran mayoría se instalaron en zonas de tabernas, en la periferia de la ciudad, cerca de las murallas de levante y de la Rambla, muy cerca de los portales por donde se salía de Barcelona, camino de los burdeles de las afueras. En los portales, por cierto, por si a alguien todavía le quedaba una moneda, era frecuente encontrar mesas de juego improvisadas en medio de la calle, para escándalo del Consejo de Ciento, que en 1712 ordenaría prohibirlas.

La diversión más bestia
Las apuestas más fuertes en Barcelona se hacían en el juego de las pedradas. No queda claro si el numeroso público que lo contemplaba se jugaba dinero, pero los participantes sí que apostaban fuerte, ya que se jugaban la vida. El juego era tan sencillo como brutal: dos bandos se reunían en una plaza, una calle ancha o un descampado y, animados por una masa exaltada, se dedicaban a lanzarse pedradas los unos a los otros, hasta que el lugar quedaba lleno de heridos y algún muerto. Parece que tal inocente diversión tenía sus orígenes en las batallas de naranjas de los estudiantes universitarios por Carnaval, y hay que suponer que se acabó durante el sitio final de la ciudad, cuando a los barceloneses, en vez de piedras, les empezaron a caer bombas.

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