La Guerra Civil en Barcelona

El último gran conflicto bélico dejó muchas heridas en la ciudad, con cicatrices que a día de hoy todavía son visibles
Barcelona 1936-39
Por Xavier González Toran |
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La Guerra Civil puso a prueba la fortaleza de los barceloneses. Repasamos este vertiginoso viaje, desde la revolución hasta la dictadura, haciendo un recorrido por las diferentes caras de Barcelona en el periodo de 1936 al 1939: la revolucionaria, la cultural, la resistente...

La Barcelona revolucionaria


El 19 de julio de 1936 se tenía que inaugurar en Barcelona una Olimpiada Popular, réplica de los Juegos Olímpicos que la Alemania nazi celebraría en agosto. Todo estaba a punto: el estadio de Montjuïc y el resto de equipamientos esperaban a centenares de atletas de numerosos países, pero a media docena de generales fascistas les dio por fastidiar la fiesta.

El golpe de estado militar contra la Segunda República, iniciado el 17 de julio, llegó a Barcelona, precisamente, el amanecer del día 19. Y la ciudad respondió. No fue una reacción unánime, que en Barcelona había barceloneses y barcelonesas para todos los gustos, pero entre las fuerzas armadas leales a la Generalitat y las nuevas milicias populares consiguieron parar el alzamiento, pasados dos días de combates, de barricadas y cadáveres, macabro anuncio del fin de la normalidad y del inicio de la larga Guerra Civil.
Cartells revolucionaris

El triunfo de la anarquía

Barcelona permaneció fiel a la República, pero a la vez flirteó con la revolución. Las milicias de los sindicatos y partidos de izquierdas aprovecharon la oportunidad de cambiar el orden social que les dio el golpe frustrado y, al mismo tiempo que organizaban columnas para ir a luchar al frente, lo colectivizaban casi todo en Barcelona: las fábricas, los comercios, los teatros y los cines, y también los autobuses y los tranvías, decorados ahora con el rojo y negro anarcosindicalista de la CNT.

También proliferó la confiscación de edificios, sobre todo de los emblemáticos: impresionaba ver la Pedrera convertida en sede de la Consejería de Economía y el desaparecido Hotel Colón de la plaza de Cataluña requisado por las Juventudes Socialistas Unificadas y el PSUC. El resto de edificios, los que se salvaron del furor okupa, no se libraron del propagandismo. En aquellos primeros meses revolucionarios, la ciudad quedó empapelada de arriba abajo de carteles, rellenada de proclamas insurgentes a todo color.

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Los horrores de la retaguardia

Las acciones revolucionarias iniciales fueron muchas y muy sonadas: el Hotel Ritz convertido en comedor popular, una mujer directora de La Vanguardia, la cárcel de Amàlia derribada, la creación del CENU para impulsar la educación pública. Oradoras de la talla de Frederica Montseny y Dolors Bargalló desataban el fervor en grandes mítines en la Monumental. Y la llegada a Barcelona, el octubre de 1936, del barco soviético Zyrianin cargado de alimentos, hizo creer que el apoyo internacional a la República era de verdad. Pero detrás de toda aquella euforia también se iba mostrando, despacio, la cara fea de la guerra.

La manifestación de duelo en Vía Laietana el 22 de noviembre, por la muerte en Madrid del líder anarquista Bonaventura Durruti, fue la constatación de un secreto de dominio público, que muchas familias barcelonesas conocían de primera mano: que en la guerra, en el frente, hay bajas. Además, las dudas sobre la muerte de Durruti –accidental, por unos, a manos de agentes estalinistas, por otros– manifestaron los claroscuros de la revolución.

La violencia carmesí

En mayo de 1937 las calles de Barcelona, con el frente todavía lejos, se llenaron otra vez de barricadas y cadáveres. El sonido de las pistolas no era nuevo. Se oía de manera esporádica desde el verano de 1936, cuando en represalia por el intento de golpe de estado, patrullas incontroladas de milicianos quemaron edificios religiosos e iniciaron la caza indiscriminada de curas y burgueses, a los cuales se sacaba de ‘paseo’ nocturno para ejecutarlos o se cerraban en los centros de detención y tortura conocidos como checas. Pero en mayo de 1937, los disparos no eran contra saboteadores quintacolumnistas ni sospechosos de apoyar a los nacionales, sino entre facciones del mismo bando republicano, entre los anarquistas de la CNT-FAI y los trotskistas del POUM, partidarios de hacer la guerra y la revolución a la vez, y las fuerzas de orden público de la Generalitat y la República Española, defensores de priorizar el triunfo en la guerra, que disponían del apoyo de los nacionalistas de ERC y los comunistas del PSUC.

Todos habían acordado crear un Ejército Popular unificado, en diciembre de 1936, para superar el desbarajuste de las milicias. Pero, al fin y al cabo, las discrepancias continuarían hasta los Hechos de Mayo, que dejaron centenares de víctimas y fueron seguidos de una fuerte represión contra muchos de los revolucionarios vencidos, llevados a las checas por antiguos compañeros de armas.

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Refugi 307
© Iván Moreno

La ciudad bajo las bombas

El ‘terror rojo’, tan real como magnificado después por la propaganda franquista, fue enseguida eclipsado por el pánico que en Barcelona provocaron las bombas de los barcos y los aviones de la Italia fascista y la Alemania nazi. Los aliados del bando nacional ensayaron aquí el brutal fustigamiento de la población civil que más tarde generalizarían en la Segunda Guerra Mundial.

Los primeros bombardeos tuvieron lugar el 13 febrero de 1937. Desde entonces, la lluvia de bombas se convirtió en una rutina, que dejó alrededor de 2.000 muertos y un número similar de edificios destruidos. Las fechas más infames fueron el 30 de enero de 1938, con unos cuarenta lugares bombardeados, entre ellos la plaza de San Felipe Neri, donde murieron muchos niños de una guardería infantil, y el 16, 17 y 18 de marzo de ese mismo año, con 44 toneladas de bombas lanzadas en 41 horas, entre ellas la que hizo estallar un camión de trilita en Gran Vía-Balmes, que destrozó todo el cruce e hizo tambalear el teatro Coliseum.

Las precarias baterías antiaéreas de Montjuïc, el turó de la Rovira y Poblenou poca cosa pudieron hacer contra los ataques. La única opción fue la defensa pasiva de la población, impulsada por las autoridades y los mismos vecinos. Las paradas de metro pasaron a emplearse como refugios, a la vez que se empezaron a construir centenares de nueva planta, algunos de los cuales todavía se conservan hoy en día.

La ciudad extenuada

Un velo cada vez más deprimente fue cubriendo la vida cotidiana de Barcelona. Si las vitrinas de las tiendas se llenaban de tiras engomadas, para evitar la peligrosa dispersión de cristales cuando las bombas las rompían, por dentro de los escaparates iban cada vez más vacíos de mercancías. Algunos productos básicos, como el pan, empezaron a escasear muy pronto, en las primeras semanas de guerra. No tardó tampoco en hacer acto de presencia el racionamiento y, con él, el mercado negro.

La llegada incesante a la ciudad, desde el otoño de 1936, de refugiados de otros lugares de la Península, era todo un aviso del avance de las tropas facciosas, al margen de la ejemplar respuesta de los barceloneses ante la emergencia humanitaria. Los mítines en la Monumental ya no eran arengas revolucionarias, sino llamamientos a ayudar a otras ciudades del Estado amenazadas, como las de la Semana de la Solidaridad de Cataluña con Madrid de marzo de 1937, clausurada por Lluís Companys. Al siguiente mes de noviembre, el Gobierno central se trasladó a Barcelona, huyendo del asedio enemigo, ya nadie creía en la ciudad que la guerra acabaría rápido y sólo los más optimistas apostaban por una victoria republicana.

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Tívoli 1936-39
© Iván Moreno

Evadirse de la miseria

A lo largo de 1938, un año lleno de bombardeos y malos agüeros, continuaron las colas ante los cines y los teatros de Barcelona. Al estallar la guerra, todas las salas y compañías habían sido requisadas por el Sindicato Único de Espectáculos de la CNT, que promovió películas propagandísticas, teatro de combate e, incluso, ópera proletaria en el teatro Tívoli y en el Liceu. El experimento disfrutó de cierto éxito de público, y continuó en 1938, con las salas ya controladas por la Generalitat. Más allá de la Feria del Libro de junio, era el único recreo que parecía ofrecer la ciudad, aunque fuera para sentarse en una butaca a la penumbra a para digerir las derrotas que traían los noticiarios, del frente de Aragón, de la batalla del Ebro, de los preludios de la ocupación de Barcelona en enero de 1939 y de la caída final de la Segunda República.

Maria Salvo
© Xavier González Toran

María Salvo

Dirigente de las JSUC en la Barcelona de la Guerra Civil


Usted tenía 16 años el 19 de julio de 1936...
Lo recuerdo como si fuera ahora. Mi hermano era nadador y tenía que participar en la Olimpiada Popular. Era de la Federación de Alumnos y Exalumnos de la Escuela del Trabajo. Había sido campeón de Cataluña varias veces. La noche anterior había entrenado en la piscina Picornell y, cuando llegó a casa, comentó que en la plaza de España había muchos carabineros y mossos d'escuadra. Vivíamos en la calle de Balmes, donde mi madre era portera. Al día siguiente, el 19, él se preparaba para ir a la competición, y yo para ir a la playa, y oímos disparos. Apareció una camioneta con gente con pañuelos rojos y negros y asaltaron el Seminario de Consell de Cent. Empezaron las proclamas, los movimientos, los enfrentamientos...

¿Cuándo decidió implicarse políticamente?
Yo era una adolescente de la República, entusiasta, con muchas inquietudes sociales, pero no políticas. Estudiaba y a la vez trabajaba en un taller textil. Mi hermano marchó voluntario. Y desapareció. Lo cogieron prisionero en el frente de Aragón y dejamos de recibir cartas. Mi madre, con una crisis depresiva terrible, y yo, que lo admiraba, creí que tenía que ocupar su lugar, participar activamente. Es cuando ingresé en la Juventud Socialista Unificada, en 1937. No tuvimos noticias de él hasta principios de 1938. Seguí un tiempo en el taller, pero después ya tuve cargos de responsabilidad dentro de la dirección de la JSU.

¿Cómo vivió la guerra en la retaguardia barcelonesa?
Una conmoción en todos los aspectos. No paraba de trabajar. Había mucho trabajo que cubrir: refugiados, muchos de ellos niños, casales y escuelas, defensa pasiva... En la JSU no existían los domingos. No había horario. Sólo descansabas algún día: ibas al cine, a pasear, a los bares, que te daban un agua que decían que era café, o con el tren a la playa de Badalona, que a la de Barcelona no se podía, que era zona de bombardeos.

¿Qué recuerdo tiene de las bombas?
Un bombardeo es terrorífico. Todavía hoy, cuando oigo petardos, no me gusta. Y el ruido de los aviones... Como vivía en Balmes, la casa se movió mucho en aquel trágico bombardeo de Gran Vía. Generaba mucho desánimo. También la falta de comida.

¿Cuándo se marchó de Barcelona?
Yo me quedé hasta poco antes de la entrada de los franquistas, hasta la noche del 25 al 26 de enero de 1939, cuando nos comunicaron en el Hotel Colón que el ejército republicano ya no tenía fuerzas para resistir. Me marché a Francia, al exilio, en campos de concentración, pero pocos meses, porque la gendarmeria francesa colaboracionista me hizo volver a España. Entonces me reuní con mi hermano y nos pasamos a la lucha clandestina. Hasta 1941, que nos detuvieron. Cuando salí de la cárcel, tenía 37 años.
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