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Passadís de metro sinistre
Foto: Shutterstock Passadís de metro sinistre

Las leyendas urbanas más increíbles de Barcelona

La chica de la curva de l'Arrabassada, los fantasmas del metro... En Barcelona tenemos nuestras propias leyendas urbanas

Por Ricard Martín
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Sí, Barcelona tiene sus propias leyendas urbanas, que son la adaptación de todos esos bulos terroríficos que recorren el mundo (y que siempre se introducen en la conversación con aquello de "el amigo de un amigo me contó que eso le pasó a..."). La chica de la curva, el ave gigante, el hotelero asesino, el ladrón de órganos... Todos esos arquetipos se han adaptado a nuestra ciudad. Pero como nosotros no nos contentamos con repicar las chorradas que leemos en ciertos blogs –y en algunos periódicos teóricamente respetables– hasta hemos contrastado su veracidad periodismo de trinchera mediante (esto es: llamando a un par de sitios y preguntando a uno que trabaja en el lugar de los 'hechos'). Cliquen y lean las leyendas urbanas más bizarras y tenebrosas de Barcelona. 

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Estació de metro de Rocafort l'any 1988
Foto: TMB

Rocafort: la estación de metro maldita

No hablamos de estaciones fantasmas, sino de fantasmas en el metro. Los suicidios en el metro de por sí ya son una leyenda urbana (cada vez que el tren se para dos minutos, el listo de turno te dice que alguien se ha tirado a las vías y que hay una conspiración de silencio que lo oculta).

Y la estación de metro de Rocafort tiene una fama tenebrosa: se habla de "una oleada de suicidios a finales de los sesenta" –sin dar más datos– y de que los trabajadores ven por los monitores a gente deambular por el andén con la estación cerrada a cal y canto y vacía. Y que nadie quiere trabajar en esa estación de noche. He llamado a TMB y nadie sabe de qué narices le hablaba. "Pero manda un mail que se lo consultamos a los más veteranos", me han dicho. La respuesta no puede ser más concisa: "Esta leyenda urbana sobre la estación de Rocafort no tiene ningún fundamento que la justifique". Pero lo que sí es cierto es que la estación, inaugurada en 1926, sirvió de refugio antiaéreo de los bombardeos italianos y alemanes y mucha gente murió intentando entrar en espacio seguro.  

Carrer Pelai
Foto: Ajuntament de Barcelona /Clara Soler

Trata de blancas en una lencería de Pelai

Esta es mi favorita, y totalmente vintage y autóctona: no googleéis, por qué no os saldrá nada (me suena de registro oral). A finales de los setenta, corría este demencial rumor: ¡en una tienda de fajas y lencería de la calle Pelai se secuestraba a las clientas! Pero solo a las de buen ver: cuando una incauta moza entraba en el probador para ver qué tal le sentaba el conjunto, se accionaba un resorte secreto que giraba el espejo y daba paso a una habitación secreta. Unos matones la metían en una saca, y por medio de un sistema de túneles se llevaban a la infausta beldad al puerto: y de allí, directa en barco a engrosar el harén de un jeque árabe.

Fue tal la fama de este bulo que la policía llegó a investigar el asunto (y se llegó a la conclusión que era un rumor extendido por la competencia de Fajas La Sirena, así se llamaba la cotillería de tan mal fario). La lencería maldita habría estado en Pelai, 26 (hoy un Bershka).  

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Chica de la curva
Foto: Shutterstock

La chica de la curva

Toda ciudad que se precie  –y que tenga una curva pronunciada– tiene la leyenda urbana de la autoestopista fantasma. En Girona es a la salida de Bàscara, en esa brutal curva de 90º después de una recta infinita, en la que cada año sale despedido más de un fitipaldi por el puente. En Barcelona este honor lo ostenta la curva conocida como La Paella, cerca del Hospital de la Vall d'Hebrón.

Dice la leyenda que si vuelves cocido por la carretera de la Arrabassada –con el vil propósito de esquivar los controles de alcoholemia– se te aparecerá la Dama Blanca autoestopista, subirá a tu coche, y justo cuando pienses que al final, pues oye, sí que has ligado en los minutos basura, desaparecerá un segundo antes de que te espachurre un camión por los pelos: "En esa curva me maté yo". No es lo mismo ligarse a una chica con curvas peligrosas que a la chica de la curva. Pero al menos tu estás vivo, ceporro. 

Hostal Flor de Lliri
Foto: Costumari Català

¡Vas a dormir al hostal y te convierten en bistecs!

Dice la leyenda que en la calle Flor de Lliri, 1, allá por 1950, había un hostal –se puede apreciar todavía un pedazo del arco de la entrada– en el que los huéspedes más entrados en carnes acababan pasados por la picadora de ídem. Si eras un viajante de comercio regordete y pasabas la noche ahí, esta era la rutina: justo al dormirte, crecían unos pinchos asesinos de tu cama, que te taladraban. Y la cama se plegaba de golpe, cuál resorte de tortura de la Inquisición. Al día siguiente, el resto de la clientela desayunaba y almorzaba unos sabrosos filetes y pancetas. La habitación asesina era la más grande y lujosa de todas, o sea que siempre agujereaban al huésped más rico. ¡Nos gusta!   

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Parròquia del Sagrat Cor
Foto: Iván Moreno

Las cocheras encantadas

Y otra de transportes. Llevo años pasando a ritmo de fúting por delante de la parroquia del Sagrat Cor de Sant Martí de Provençals, y siempre me ha fascinado lo lóbrego de la iglesia–del arquitecto-marqués Enric Sagnier–y de su entorno, digno de una de vampiros de John Carpenter.  

La iglesia del Sagrat Cor tiene historia: construida a principios de 1900, constaba de templo, parroquia y un cementerio. En la Semana Trágica, el conjunto fue destruido. En 1926 la volvieron a levantar, pero la Guerra Civil la va requemó de pies a cabeza. En su tercera vida, en 1943, anularon el cementerio por una cochera de buses. Dicen que, por la noche, las almas expulsadas del suelo consagrado se lamentan arrastrándose por el cemento. Y según algún blog apócrifo, en las noches más oscuras se escuchan los llantos desconsolados de un bebé. Feliciano que es uno, entró una mañana a preguntar al vigilante por los sollozos de ultratumba, y todavía se descojona, el tipo

Pterodáctilo
Foto: Shutterstock

Un ave gigantesca sobrevuela Barcelona

Y pasamos al Rolls Royce de las leyendas urbanas. La del ave gigantesca que siembra el terror por las azoteas de la ciudad. En este caso, trola apuntalada por una carta al director de La Vanguardia: el 10 de junio de 1990, el prestigioso diario publicó esta carta, enviada por un tal Pere Carbó: 

La noche del 28 de mayo, algunos vecinos del barrio de Les Corts nos despertamos ante los insoportables graznidos de un ave; no un ave cualquiera; nuestro estupor fue inmenso al salir al balcón y ver una silueta negra de un ave de grandes dimensiones. Quizá debería medir entre 3 o 5 metros, y no exagero. Numerosos fueron los vecinos que lo vieron y numerosos también los comentarios al día siguiente. Suponemos que en otros barrios, otras personas debieron verlo. ¿Qué era ? Y lo que es más extraño:¿Por qué no ha aparecido ninguna noticia en la prensa?

Se lio parda, psicosis colectiva total. El bicho en cuestión fue avistado de Tortosa a Cadaqués, y las llamadas a la Guardia Urbana y Atención al Ciudadano colapsaron las centralitas. El departamento de Medi Ambient de la Generalitat puso la nota de 'seny': "Se trata de un buitre grande", fue el escueto comunicado.  

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