Passejada Sant Gervasi

Un paseo terrorífico por Sant Gervasi

Un recorrido entre los fantasmas y la arquitectura inquietante de la zona alta

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Este recorrido debe empezar sí o sí en la Casa Usher, una de las librerías de nueva hornada que animan la zona alta, un templo de 'trencadís' consagrado al cuervo de Poe y otros pequeños iconos de la literatura de terror. Está en el número 79 de la calle Santaló, un poco por encima de la perdición etílica del Gimlet, de una residencia de estudiantes que cuando el sol desaparece nos hace pensar en los muertos de 'Cherry Falls' y de la mítica piscina femenina donde Jacques Tourneur se lo habría pasado pipa.

Son las siete de la tarde de un día de invierno. En la iglesia de la calle Sant Elies hay un cura con sotana verde dando misa de tarde. Los cantos se oyen desde fuera, con un eco de capilla y cirio encendido, bajo un letrero grabado en la entrada con letra de palo, 'Caritas est vera, debes ibi est'. Empiezo a tener la garganta encogida como un hueso de melocotón.

Me propongo caminar por Sant Gervasi de noche, y con frío. Porque sé que no hay un alma, y pocos bares me darán refugio. Enfilo por Santaló. Hay casas con vitrales amarillentos encendidas con luces de bajo consumo que parecen lámparas de petróleo, para alimentar nuestras siniestras fantasías. Llego a la Vía Augusta y giro por Tavern, guiado por el cartel de un bar señalado con tres letras naranjas, un pub inglés de cristales ahumados y con un guerrero visigodo de forja en uno de los postigos, arpón en mano, como en las tareas marineras de Nantucket. Un rastafari hace de guardián, y me tira el humo de un porro en la cara para animarme el paseo.

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Doy una vuelta en espiral y me encuentro en Brusi, un callejón sin mucha historia, con tapias a ambos lados por donde salen vómitos de ramas peladas. Las casas tienen patios sin farolas, que bajo el rayo de luna llena parecen territorio para el hombre lobo. Me meto por los jardines de Enric Sagnier, donde está la casa principal del arquitecto, muerto desde el año 1931, que aún conserva el camino señorial, sembrado con castaños de la India, encinas, acacias y pitósporos una especie vegetal de lo más vulgar, aunque sobre papel me suena a criatura licantrópica. Rodeo la casa por la escalinata trasera y llego a Copèrnic, donde lo único que puedo decir es que hay una mujer pastando tres foxterriers pacíficos y educados.

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Sigo por Pàdua, pasando por unas construcciones de los años 60, sin balcones, con baldosas amarillas y blancas en el tramo de separación de pisos. Una casa esquinera, en el chaflán con Saragossa, con estampado de filigranas naranjas, marca el punto en el que el barrio se corta al tráfico. Tuerzo por Septimània, donde las construcciones aún dan más miedo. Sobre todo la primera, que es baja y con un magnolio tras la verja de entrada. Apenas tiene unas cuantas ventanas trazadas al azar, aquí y allí, aprovechando los pocos palmos desnudos de una planta emparrada en estado cadavérico. Todo es demasiado lúgubre, quizás debería haberme sentado en el Gimlet, antes de pasar por la librería, para coger fuerzas. En Vallirana hay algo más de movimiento. A la altura de la plaza Sant Joaquim, hay un frankfurt sin pretensiones con un mural de platos combinados obreros, con mucho huevo frito y judías. Termina con una curva dantesca, que se bifurca entre el pasaje Mulet y la desembocadura en Balmes, donde un anuncio de ortopedia escandaloso hace que la fantasía gótica se te caiga a los pies de un bofetón.

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