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El otro veterano de Barcelona es el Tokyo-sushi. Abierto en 1978, el heredero y joven sushiman Rioske Mishiyama –padre japonés, madre catalana– me explica que entonces la decoración era de lo más bizarro: ruedas de carro, utensilios de arar la tierra (había sido un restaurante de carne a la brasa). Ahora es una acogedora taberna, con una vasta carta de cocina casera y un apartado de sushi notable. Atención, a mediodía, por 13 euros, caen una gran selección entre tres platos, un postre y bebida.
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