El coronavirus puso en cuestión pilares fundamentales que dábamos por sentados; uno de ellos, el teatro. Entre videollamadas con amigos regadas de vino nació en 2020 en Temporada Alta la obra Bouvetøya. Entonces era una reivindicación del aquí y ahora, indispensable en el teatro. Ahora, pocos años más tarde, en plena celebración de los 50 años del Teatre Lliure, han pasado tantas cosas que la pandemia ha quedado atrás.
Ivan Benet, Cristina Genebat, Julio Manrique y Sergi Pompermayer escriben colaborativamente un cuento distópico donde un grupo de artistas ha perdido el norte y el juicio a causa de una nueva gran crisis, y emprende un viaje hacia la remota isla Bouvet, muy cerca de la Antártida. El grupo está formado, precisamente, por ellos y algunos de sus inestimables compañeros de trayectoria artística (Mireia Aixalà, Ivan Benet, Cristina Genebat, Xavier Ricart, Marc Rodríguez y Andrew Tarbet), de manera que la complicidad está servida.
Bouvetøya procura celebrar la presencialidad y rendir homenaje al público del Lliure
Como si fuera una mesa de ensayo, cada intérprete, sentado, narra las grandezas y miserias particulares de este cuento, con toda la gracia que años de experiencia reconocida pueden brindar. Destacan especialmente las caricaturas de Marc Rodríguez y Xavier Ricart, quizá por su naturaleza más cómica que encaja con el surrealismo del relato.
Se trata de una propuesta, de entrada, estática, que busca profundidad con la realización en directo de sonido y vídeo a cargo de Damien Bazin y Júlia Izaguirre. El retroproyector da cierta trascendencia cinéfila, mientras que las luces y la selección de hits musicales a todo volumen encumbran la épica de la gesta. Bouvetøya procura celebrar la presencialidad y rendir homenaje al público del Lliure, que ha persistido cinco décadas en las buenas y en las malas.
Sea como fuere, recuperar la pieza y conservar su casuística postpandémica se puede vivir hoy con cierta distancia. Nos azotan otras grandes crisis, como la climática o la de la vivienda, y el grupo de amigos y actores que deciden ir literalmente “a tomar por culo” para reivindicarse a sí mismos adquiere lecturas nuevas, quizá menos urgentes que las que tenía en 2020. Con el afán de dirigir un mensaje optimista a los próximos cincuenta años, Bouvetøya mira al futuro desde un imaginario que ya forma parte del pasado.

