Cyrano de Bergerac

Teatro
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Cyrano de Bergerac
Cyrano de Bergerac

Después del George de '¿Quién teme a Virginia Woolf?' que, con permiso de 'Incendis' y 'Els jugadors', es la gran triunfadora de la temporada, a Pere Arquillué sólo le faltaba ponerse en la piel del mito, calzarse la nariz más famosa de la historia del teatro y dejarnos con la boca abierta, una vez más. El reto era el caramelo envenenado de Cyrano de Bergerac, una obra de que los jóvenes sólo conocían gracias al trabajo que había hecho Josep Maria Flotats, en tiempos inmemoriales, es decir, hace cerca de 30 años. Una golosina que podía servir para afirmar, rotundos, que Arquillué es nuestro Ralph Fiennes, nuestro Martin Wuttke, actores todoterreno que lo dan todo encima de un escenario, que hacen reír, hacen llorar, hacen que los miremos cuando están callados, que deseamos que llenen de nuevo la escena.

Y el Cyrano que ha montado Broggi en la Biblioteca es un trabajo servido en bandeja al actor, donde interpreta a un poeta charlatán, bueno, pobre y desgraciado, que se enamora de su prima, la que, a la vez, lo admira, pero ama a un joven y atractivo cadete de la compañía de Cyrano. El poeta llegará a un acuerdo con el chico para satisfacer los deseos de Rosaura: como Cristià no sabe hablar, le escribirá todo lo que debe decirle, y así la tendrá a sus pies. A cambio, Cyrano estará siempre cerca de ella.

Se trata de una obra ideal para Broggi, clásica, tragicómica, para intérpretes, para el espacio medieval que gestiona la compañía La Perla 29. Pero no sé, la recomendaría a todo el mundo, pero no volvería a ir. Sí, Arquillué demuestra aptitudes interpretativas con un papel que le exige mucho. Sí, el movimiento escénico y haber jugado con la profundidad de la Biblioteca son dos grandes aciertos. Sí, las dos horas y media de función pasan sin molestar. Pero, a parte de los pequeños problemas de ritmo que suelen tener las obras de Broggi –sin darte cuenta, de golpe, la cosa baja–, su Cyrano de Bergerac no llega a emocionarnos.

Y no emociona, quizá, porque no llegamos a conectar del todo. Aquel toque empático que tienen las obras de Broggi, aquí, no saber por qué, desaparece. No nos cae ni una lágrima, por ejemplo, cuando el joven Cristià (Bernat Quintana) ve, en las puertas de la muerte, que el amor que Rosaura (Marta Betriu) siente por él es falso, que no le pertenece. Sólo en la escena del balcón, cuando Cristià –subtitulado por Cyrano– se sincera con Rosaura, sentimos una lágrima infinita por el charlatán. Es una escena memorable, con la luna de fondo que sube, poca luz, y tres amantes que hablan. Mejor que Romeo y Julieta. ¿El resto? Una lección de interpretación de Arquillué, que Quintana y Betriu deberían grabar y ver una vez por semana.

Por Andreu Gomila