Nos acaba de dejar el maestro de críticos Marcos Ordóñez, que defendía el género de la comedia como una “opción vital y moral”. Para mostrar las tensiones de la vida contemporánea resulta oportuno visitar el claustro de un instituto conflictivo o, mejor dicho, “de alta complejidad”, siguiendo la broma de los eufemismos que recorre la pieza.
De la dramaturga Eu Manzanares –Dopaland, El mestre i el mar– podemos esperar piezas atentas a las desigualdades de poder, y ahora apunta a las contradicciones del sistema educativo. A su lado, el prolífico director Nelson Valente –El loco y la camisa– vuelve a un terreno que domina, la comedia de situación y los grupos humanos llevados al límite.
¿Cómo corregir una desigualdad sin convertir la ayuda en trampa?
Todo gira alrededor de un alumno que ha copiado y puede acabar suspendiendo la ESO. La primera ley de Newton dice que para cambiar las cosas hay que aplicar una fuerza. ¿Cómo corregir una desigualdad sin convertir la ayuda en trampa? El dilema se estira como un thriller que se lo juega todo a una carta, avanza al galope sin descabalgar y, como una sitcom, no siempre da en la diana de la verosimilitud.
Las interpretaciones son la clave, y Valente gana la partida en el detalle de los personajes. La revelación es el joven Max Vilarrasa, intérprete de alto voltaje, de la escuela actoral de moda, con el ímpetu físico de Tom Holland y disciplina de Billy Elliot. Fans también de Sara Diego Boladeras, que hace de madre soltera con una caricatura honesta y cargada de intuiciones. Lástima de la glotofobia, tener que recurrir al castellano como estigma de clase.
El trío docente funciona con un equilibrio de potencias casi clownesco: Anna Sahun, directora hipercorrecta gobernada por el deber; Dafnis Balduz, el profe nuevo que va de colega; y una soberbia Rosa Gàmiz, veterana de afilado sarcasmo. Lua Amat se aleja de los arquetipos con un dibujo más original, aunque también por momentos menos eficaz, de la influencer bocazas que dispara la trama.
Suman los apuntes coreográficos de Vero Cendoya, una leve desviación del naturalismo dominante, y el trabajo invisible —como debe ser— de Zaida Crespo en el vestuario y Toni Santos en la caracterización, decisivo para reforzar el realismo de un montaje comprometido que presenta el acierto de no sermonear. Ya lo decía Ordóñez, que en las buenas comedias “todos tienen sus razones, y la vida fluye en su alternancia de risa y dolor”.

