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Trafalgar

  • Bares y pubs
  • 4 de 5 estrellas
  • Crítica de Time Out
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    Ana Valdes Garaizabal
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Time Out dice

4 de 5 estrellas

Trafalgar es un bar. Uno de toda la vida pero el más joven de todos. En realidad, pura tendencia: horario y oferta flexibles, espacio bonito para socializar, picoteo rico, burbujas por copas, uvas regionales, cócteles reconocibles, mezcal… Irresistible, vamos.

Todo esto cabe en un luminoso local del entorno de Olavide. Su idea sale de David Yllera y Nacho Aparicio, socios de Mamá Campo y con algún corner de comida sana en el aeropuerto, además de una empresa de catering. Querían más, concretamente buscaban su bar. Y lo encontraron en un antiguo mesón segoviano, algo rancio y panelado a la vieja usanza. “Intuimos que tenía potencia”, cuenta Nacho. “Siempre quisimos hacer un bar para nosotros y para gente de nuestra edad. En el barrio no hay cosas generalistas chulas. Un sitio donde tomar algo… El bar. Nos calentamos y nos quedamos con el local”. Por el camino se unió un tercer socio. Y montaron ese bar sin más pretensiones, aunque no pudieron evitar que les quedara sexy. “No era la idea pero ha ido surgiendo, solo queríamos una gran barra y un botellero”.

Todo nace inspirado en una whiskería con cenas de San Francisco. Algo que se transforma del día a la noche. “Molaría algo de este estilo”, se dijeron. Y le fueron dando forma poco a poco. Diáfano, paredes limpias de obra, suelo original bien sufrido, pilares maestros, grandes cristaleras que bañan todo el esquinazo, terraza… Y en el hueco que quedaba libre, un billar. “Es un sitio muy social. Es abierto y sin obstáculos, desde cualquier sitio ves a todo el mundo. Tranquilo, pero invita a socializar. Y cabe el tonteo, como un bar de los antiguos”.

Y, así, como quien no quiere la cosa, en la primavera de 2022 el bar Trafalgar levó anclas y en un pispás se hizo con el foco. Sin rodaje mediante, a la gente de todo perfil le chifla. Imberbes y abuelos, pijos y modernos, todos tienen su momento aquí. Y eso que tuvieron que aprender las lógicas del flujo de trabajo que un bar como este requiere. Con un formato de servicio diferente al de un restaurante, con interacciones más anárquicas y cruzadas. Ayudó contar desde el principio con un equipo cohesionado, la mayoría de confianza previa.

“No éramos conscientes, llevamos casi dos meses, pero nos ha sorprendido lo variado que bebe la gente. Cualquier noche puede haber setenta personas y dos a lo mejor beben cava por copas, los de al lado unas Margaritas, el otro vino y el otro cerveza, aquellos pedirán una botella de champán, los de allí ven que tenemos mezcal y les apetece un chupito…”. Que Trafalgar sea un bar significa lo siguiente: “Queremos que esté construido desde la bebida. Tenemos cerveza bien tirada en un vaso de doble que nos gusta mucho, la cristalería para los vinos es Riedel, tenemos una máquina que enfría a -7º pero que no congela porque viene con una tecnología de laboratorio farmacéutico, así que si quieres un champán helado te lo puedo sacar así, te recibimos siempre con agua de cortesía… Está todo muy cuidado”.

Con la carta principal presentan una más pequeña donde dejan que se intuya por dónde van los tiros y a qué se puede jugar. Selección de vermuts (por ejemplo, el Guerra de León, de donde también es Nacho), generosos, dulces, cervezas artesanas, algunos cócteles de autor y algunos clásicos, y una lista de picoteo básico. En champán, lo mismo coupage Pinot Noir/Chardonnay/Meunier que sus monovarietales. En tinto, mucha uva y variedad de zonas, y algo de internacional. Pocos típicos salvo un par de referencias obligadas para el público clásico. Y, sobre todo, pequeño productor que ellos conocen, con viticultura sostenible, muy de Mamá Campo. Como Verónica Ortega, As Xaras, Dido La Universal, Telescópico Frontonio de Valdejalón… Lo que chispea ahora. Y entre los dulces, Bermejo, una Malvasía Volcánica de Lanzarote.

A partir de las cinco de la tarde, cabe el cóctel. “No nos planteamos tener coctelería porque nos daba miedo, no somos expertos y necesitas a alguien especializado. Esto está concebido desde la simplicidad, pero una gran barra hoy en día debe tener coctelería”. Así que Alberto y Miguel de 1862 Dry Bar les ayudaron a hacer una carta sencilla de cócteles con premixes. Y volvieron a calentarse. “No somos una coctelería, esto es un bar, pero por la tarde-noche hay cocteleros”. Kat, ex-Cock, o Eduardo, ex-Macera, preparan Gimlets, Dry Martinis, Margaritas y Pisco Sours, además de un Adonis de barrica bastante redondo o un Cuzco con pisco, manzana verde, lima y ginger ale servido en vaso de tubo.

Y ya que la gente se lía, hay para comer. “Hicimos una carta de bar para que se coma todo con una mano, sobre todo si estás con una copa en la barra”. Sobrasada artesana embutida en tripa de cerdo, gildas, boquerones en vinagre con piparras y chips, mollejas (en barrio de tradición mollejera), bravas chamberileras en hojaldre, croquetas de jamón de bellota, ensaladilla evolucionada de la de Ramón Pipi de Zahara de los Atunes… O imprescindibles como el bikini de lacón ahumado, rúcula y comté fundido, o La Fina, una cheeseburger (también de una mano) irremediablemente adictiva. Eso es Trafalgar: “Una carta larga de bebida y corta de comida. Resultona, todo muy de bar”. Pero hay que ir, porque es mucho más.

Por Miguel Ángel Palomo

Detalles

Dirección
Alburquerque, 14
Madrid
28010
Transporte
Bilbao (M: L1-L4)
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