Las Meninas, Diego Velázquez
Photograph: Museo del PradoLas Meninas, Diego Velázquez

10 cuadros imprescindibles del Museo del Prado

Las obras maestras que no te puedes perder cuando visites la mayor pinacoteca del país

Irene Calvo
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Velázquez, Goya, Tiziano… Solo los artistas más grandes formaban parte de las colecciones reales. En 1819 se fundó el Real Museo de Pintura y Escultura en el edificio diseñado por Juan de Villanueva, que mostraba y custodiaba las obras de arte que la monarquía española había adquirido a lo largo de los siglos. Con el paso del tiempo los fondos de la pinacoteca se fueron ampliando con otras colecciones de pintura, escultura y artes decorativas y pasó a denominarse Museo del Prado. En la actualidad en sus salas se exhiben más de mil obras. Entre todas estas obras, hay diez cuadros del Museo del Prado que son imprescindibles en cualquier visita a esta institución. 

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1. Tríptico del Jardín de las Delicias. Jheronimus van Aken, el Bosco, 1490-1500.

El Bosco es un artista rodeado de misterio. Poco se sabe de la vida de este artista flamenco, que pintaba enigmáticos cuadros de temática religiosa. Entre sus clientes se encontraban reyes y nobles, sin embargo, no solía firmar sus obras. Tan solo se ha podido comprobar la autenticidad de una veintena de cuadros, entre ellos el 'Jardín de las Delicias'. Esta pieza habla sobre el destino de la humanidad en una visión un tanto pesimista por parte del pintor. El tríptico cerrado muestra el tercer día de la Creación, cuando se separaron las aguas de la tierra y se creó el Paraíso. Una vez abierto, la obra se lee de izquierda a derecha. El panel de la izquierda representa a Adán y Eva en el Paraíso, junto a Dios. El panel central es realmente el Jardín de las Delicias, un Paraíso falso, donde reina el pecado y la lujuria, sin que sus habitantes sean conscientes de su destino. En el panel de la derecha el pintor representó el Infierno y los castigos que reciben los pecadores. El Bosco pintó escenas imposibles, humanos mitad animales, frutas de grandes dimensiones y animales exóticos que solo podría conocer por bestiarios medievales para advertir a la humanidad de que sus excesos serían castigados. Es de los cuadros más famosos del Museo del Prado.

2. Los fusilamientos o El 3 de mayo en Madrid. Francisco de Goya, 1814.

La Guerra de la Independencia fue uno de los episodios históricos que más afectó a Goya. El artista ya había dejado patente su preocupación por el conflicto bélico en la serie de grabados 'Desastres de la Guerra'. No se sabe con exactitud si este lienzo, junto al titulado 'La lucha con los mamelucos', fue un encargo por parte del Consejo de Regencia, creado para gobernar mientras Fernando VII volvía a España, o si fue una propuesta del propio artista. Lo cierto es que una vez de vuelta el rey, decidió que se continuase con el proyecto artístico, que tendría como destino las paredes de palacio. En el cuadro, Goya representa los fusilamientos de los madrileños que protagonizaron el Levantamiento del 2 de mayo contra los franceses. Los soldados galos aparecen como si fueran máquinas, con una postura algo robótica, sin que se vean sus rostros y dispuestos en fila. Contrastan con las víctimas que muestran expresiones de horror y miedo ante sus ejecutores. Esta obra influyó a Pablo Picasso para crear el 'Guernica', expuesto en el Museo Reina Sofía.

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3. Las Meninas. Diego Velázquez, 1656.

Este cuadro del Museo del Prado es una de sus obras más conocidas. La elegancia de la pintura de Velázquez se une a lo misterioso de la escena: ¿Qué está pintando realmente el artista? Muchas son las interpretaciones, que abarcan desde un retrato de los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, que aparecen en un espejo, pasando por la opción de que se trate de un complejo autorretrato, hasta hipótesis que sitúan a los espectadores como los verdaderos protagonistas de la pintura. Sea como sea, Velázquez demostró un dominio de la composición y la representación en esta obra nunca antes visto. Además, 'Las Meninas' proporciona varias claves que nos acercan a la cultura y vida de palacio en el siglo XVII. La infanta Margarita aparece rodeada de sus sirvientas, quienes son realmente las meninas, junto a los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato que, se pensaba, atraían la buena suerte. Por otro lado, una de las meninas ofrece a la infanta una pequeña jarrita, llamada búcaro y conocida por ser ingerida por las damas de la nobleza para conseguir una tez pálida.

4. La Anunciación. Fra Angelico, hacia 1426.

Guido di Piero, conocido como Fra Angelico tras su muerte, fue un fraile dominico que vivió en Florencia, donde también trabajó como artista. El religioso pintó 'La Anunciación' para el convento de Santo Domingo en Fiésole, aunque en el siglo XIX terminó en manos de Francisco de Asís, esposo de Isabel II, que donó la obra al Museo. Fra Angelico centró la escena en el momento en el que el arcángel Gabriel comunica a la Virgen María que va a ser la madre de Jesús. A la izquierda de la composición se encuentra representada la expulsión de Eva y Adán del Paraíso, es decir, el pecado original, para recordar que María fue concebida sin este. Los cuidados detalles de la obra o el uso del pan de oro para el halo divino o las alas del ángel son propios de los cuadros de estilo gótico, sin embargo, las arquitecturas, el uso del color y la luz están relacionados con el Renacimiento. Esta obra fue realizada en un momento clave de la historia, el paso del Gótico al Renacimiento.

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5. David vencedor de Goliat. Michelangelo Merisi da Caravaggio, hacia 1600.

Caravaggio fue uno de los pintores más destacados del Barroco gracias a su particular uso del claroscuro y su forma de trabajar la anatomía humana. Sus obras solían ser de temática religiosa, pero escandalizaba a sus clientes al utilizar modelos de las clases más bajas para protagonizar sus cuadros. No obstante, el pintor milanés fue apreciado en su época y bien valorado hasta que su implicación en un crimen y posterior huida provocaron que su fama decayese hasta morir olvidado. No se sabe cómo llegó esta obra a las colecciones reales. Apareció por primera vez en 1666 y con unas medidas que no se corresponden con la obra actual, ya que parece haber sido recortada. La escena recoge la historia bíblica de David contra el malvado gigante Goliat, a quien derrotó con una honda y decapitó con su propia espada. Aunque en un principio se dudó de la autoría del cuadro, un estudio con rayos X reveló un primer boceto que representaba la cabeza del gigante con los ojos desorbitados y la boca muy abierta, similar a la forma en que Caravaggio había representado a algunos personajes muertos en otras obras. En esta ocasión, quizá por petición del cliente, el artista moderó la expresividad del gigante asesinado.

6. Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre. Clara Peeters, 1611.

Los bodegones han sido considerados durante mucho tiempo como obras de menor valor que los retratos o paisajes. Esto era debido a que solían ser pintados por mujeres, ya que antiguamente estaba prohibido que las pintoras estudiasen anatomía. Este bodegón de la pintora flamenca Clara Peeters deja claro la complejidad técnica de la obra, además de ser una interesante fuente de información sobre los alimentos que se consumían en aquella época. Sobre Clara Peeters no existe mucha información, pero todo apunta a que su formación artística tuvo lugar en el ámbito familiar. Es habitual encontrar autorretratos de la artista en sus obras: en el caso de este óleo, podemos ver a la pintora reflejada en la copa dorada y en la jarra. La composición que presenta Peeters parece aleatoria, pero la posición de todos los elementos está estudiada para conseguir la mejor vista posible. Los alimentos que aparecen sobre la mesa corresponden a una familia acomodada. El vino, las pasas o los higos eran importados desde España y las finas copas de cristal desde Italia. Una manera sutil, aunque contundente, de subrayar el nivel social de una familia.

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7. La bacanal de los andrios. Tiziano Vecellio, 1523-1526.

Tiziano fue un pintor veneciano muy reconocido en su tiempo. Fue muy apreciado y valorado por grandes mecenas del arte como Felipe II, quien le encargó varias obras. El uso del color le caracterizaba y hacía que sus cuadros, ya fuesen retratos, paisajes o escenas religiosas o mitológicas resultaran muy atractivos visualmente. En este cuadro del Museo del Prado, puede verse cómo Tiziano representó una bacanal, una fiesta en honor al dios Baco. Está ambientada en la isla de Andros, una de las favoritas del dios, donde corría el vino por los manantiales, en lugar del agua. Este lienzo era parte de un conjunto formado por dos obras más, también relacionadas con el dios Baco. El pintor tomó como referencia unos textos clásicos e introdujo algunas modificaciones para proporcionar mayor coherencia y equilibrio al conjunto de los tres cuadros. En la escena se mezclan referencias clásicas, como los personajes ataviados con túnicas al estilo griego, con detalles contemporáneos al pintor, como la mujer recostada en el centro de la composición, que podría ser un retrato de la dama de la cual Tiziano estaba enamorado. La escena es dinámica y transmite la diversión y el jolgorio de la fiesta. El eje diagonal marca la composición y nos ayuda a leer el cuadro con facilidad, de izquierda a derecha.

8. El caballero de la mano en el pecho. El Greco, hacia 1580.

El Greco llegó a España en 1577. Su verdadero nombre era Doménikos Theotokópoulos, pero muy pronto se le conoció por el apodo de El Greco, en referencia a su origen griego. Trabajó en Creta como maestro de iconos y después se marchó a Italia, donde entró en contacto con la escuela veneciana y romana. El Greco desarrolló un estilo muy personal que le distinguía frente a otros artistas. En su producción abundaron las escenas religiosas y los retratos. 'El caballero de la mano en el pecho' es uno de los primeros retratos que el pintor realizó en España, sin embargo, no se ha podido determinar la identidad del hombre que mira fijamente a los espectadores. Se ha especulado con la posibilidad de que fuese un autorretrato, un personaje relevante de la corte o la sociedad. Esta última idea cobra fuerza, al plantear la posibilidad de que fuese un notario que realiza el gesto de jurar, colocando la mano en el pecho. Es interesante observar la vestimenta que porta el caballero, de unos treinta años de edad: un elegante jubón de seda negra en el que se esconde una medalla dorada. La gorguera y el puño, de color blanco, enmarcan al personaje, que parece presentar una espada envainada, de la que solo se ve la rica empuñadura dorada. 

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9. Chicos en la playa. Joaquín Sorolla, 1909.

El Mediterráneo y su característica luz son los protagonistas de este lienzo y de otros muchos de Sorolla. El pintor nació en Valencia, donde estudió dibujo. Muy rápido, sus obras comenzaron a destacar y ganó galardones y becas que le permitieron conocer y estudiar el arte de Roma y París. Tras casarse, el pintor se trasladó a Madrid, donde maduró su estilo, marcado por el uso de la luz. Sorolla pintaba paisajes, pero también escenas costumbristas en clave social, retratos… su repertorio era variado. Las obras de temática playera eran habituales en su producción. Este cuadro del Museo del Prado muestra a unos niños bañándose en el mar. Se trata de un tipo de escena que Sorolla disfrutaba, por la variedad de colores, la vibración de la luz y las texturas de la playa. El valenciano pintó varias escenas similares, pero esta es una de las que presentan mayor dominio técnico.  Esta habilidad del artista logra transmitir lo relajado del momento y la felicidad de los chicos. Se puede apreciar cómo el pintor capturó el brillo de la piel mojada, el movimiento de las aguas en torno a los cuerpos, la arena hundida bajo ellos o el reflejo de los niños sobre la orilla mojada.

10. Juana la Loca. Francisco de Pradilla, 1877.

Este impresionante lienzo de cinco metros de largo proporcionó fama internacional a su autor. Francisco de Pradilla nació en la provincia de Zaragoza, donde se formó en el estudio de un pintor, y después en la Escuela de Bellas Artes. Más adelante se trasladó a Madrid y consiguió una beca para estudiar en Roma. Fue durante esta estancia cuando Pradilla trabajó en este lienzo. El artista imaginó y plasmó una escena histórica. Se trata de la reina Juana I de Castilla velando el féretro de su esposo, Felipe el Hermoso. Durante ocho meses la reina viajó por Castilla con los restos mortales de Felipe para que el pueblo le pudiera presentar sus respetos. La muerte del rey le provocó una profunda depresión que fue interpretada como locura entre sus coetáneos. Pradilla muestra a la reina en el centro de la composición, vestida de negro, llena de dolor y con la mirada ida, mientras que quienes la rodean parecen estar cansados y resignados.

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