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Situado en el majestuoso edificio de Pintor Fortuny con Xuclà, el Sagarra, abierto en el año 2000, fue de los primeros restaurantes de la modernidad del Raval, la que llegó con la apertura de la Rambla, y trabajó casi 25 años de cara al público, con un menú de mediodía a precio popular y de calidad. Cerrado durante la pandemia, el Grupo Confiteria lo ha reabierto como Bodega Sagarra, con una carta que no inventa nada pero recrea un bar de los años setenta con solvencia moderna.
Hay un apartado de montaditos en formato de mini bocadillo (delicioso el pepito de solomillo) y una sección de tapas clásicas muy bien resueltas, que en una esquina de la Rambla siempre resulta interesante. No han traicionado la cálida amplitud del local: esto sigue siendo un bar de Barcelona, no un atrapa-turistas.
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