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Ya he visto 'Julieta', la última de Pedro Almodóvar

Julieta

Lunes, tarde de lluvia. A dos meses del estreno, previsto para el 8 de abril, asistimos al primer pase de la última película de Pedro Almodóvar, 'Julieta'. Está basada en tres relatos de Alice Munro –'Pronto', 'Suerte' y 'Silencio', para quien quiera buscarlos–, libremente conectados y trasladados a tierras españolas. De norte a sur. La primera imagen es la de una bata de seda roja, a la altura del pecho de Emma Suárez, que se infla y se desinfla insinuando el movimiento del diafragma. Anoto en mi libreta de crítico anacrónico que es como la falda de Dorothy Malone en la danza macabra de 'Escrito sobre el viento', aquel instante maléfico en el que el padre cae por las escaleras fulminado por un infarto. Si algo había dicho Almodóvar de esta cinta es que se trata, cito textualmente, de un "melodrama sombrío de universo femenino”. Y mucho me temo, por como arranca, que nos veremos tocados de muerte. Esta mujer de la bata roja se dedica a recordar el pasado, pluma en mano, sentada en un escritorio, el único mueble de una casa del centro de Madrid prácticamente vacía. Podéis verlo en el trailer, que se hizo público la semana pasada.

La historia se ramifica en mil líneas de misterio. Ahora estamos en los 80, y hay un tren que cruza la península, por una vía nevada. Una chica con el pelo al estilo Cyndi Lauper que lee una edición roñosa de un ensayo sobre la tragedia griega ve un ciervo brincando sobre la noche blanca, al otro lado de la ventana. Es Anna Karénina en los tiempos de la Movida, a punto de conocer al conde Vronski sobre un charco de sangre vertida. Ahora estamos en una casa pescadora de la costa gallega, delante de un ventanal donde el mar agitado y el cielo gris auguran tormenta. Rossy de Palma interpreta a una mayordoma diabólica como la señora Danvers de 'Rebecca', con peluca, un ojo medio cerrado y el cuerpo embutido en chaquetas de perlé. Ahora estamos en Madrid, en un piso donde una madre deprimida con la cara enganchada a la porcelana de la bañera se deja cuidar por dos niñas de 10 años, que le secan el pelo y la visten, como quien prepara un cadáver para el velatorio.

Quizá lo más singular que se puede decir de 'Julieta' es que se trata del primer título de Pedro Almodóvar que no tiene ni un segundo de humor. Después de 'Los amantes pasajeros', suena a jarra de agua fría. Es cierto que tiene la rémora de films anteriores, pequeños detalles que nos invitan a reencontrarnos en un universo conocido. Hay una historia familiar, de un padre que trabaja el huerto y una madre moribunda, que hace pensar en los primeros minutos de 'Los abrazos rotos'. Está la marca del duelo de Cecilia Roth en 'Todo sobre mi madre', después de que a su hijo lo atropellara un coche a la salida del teatro, el día que cumplía 16 años. Está la mujer en coma de 'Hable con ella'. Pero todo queda enturbiado por un clima enmigrañado, que tiene que ver con el castigo católico y la penitencia. De generación en generación, las mujeres de esta película arrastran un sentimiento de culpa muy pesado, como el pecado original. "Cada una tiene lo que se merece", dice una chica de 18 años, ante un diagnóstico de esclerosis múltiple.

Claro que me ha parecido una película irregular. Está estructurada con la forma de un 'flash-back' inmenso, que es como una morcilla demasiado rellena de carne. Hay tantas derivas imposibles de meter en hora y media de metraje, que sales del cine con la sensación de haber visto una versión de 'Lo que el viento se llevó' reducida a las dimensiones de una pastilla de caldo. Y tiene un final estirado innecesariamente, una última escena ridícula en un coche que avanza entre las montañas de Lombardía por una carretera que lleva al lago Como. Pero en su desmedida he localizado algunos momentos espléndidos de los que te cortan la respiración. Bien visto, 'Julieta' podría funcionar como un contraplano de 'Volver', pasado de diazepam y con vértigo, donde también hay muchos fantasmas pretéritos que asedian el mundo de los vivos, secretos que todavía no tienen respuesta y una triste estirpe caída en desgracia. Suerte de la voz de Chavela Vargas, cantando 'Si no te vas' al final de todo, como Marisa Paredes en 'Tacones lejanos', intentando poner paz al desasosiego.

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