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Sutton
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Tira la caña en las discos más 'chic' de la ciudad

Pesca radical en la noche barcelonesa

Por Òscar Broc
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Sutton (Tuset,13), la última frontera. Si la cruzas, o eres alguien o lo pareces. O quizá el Rolex y el polo Dsquared te han facilitado las cosas. Veo jugadores de balonmano del Barça, alguno de basket, ¡un presentador de televisión! Postureo pijo del bueno, aquí hay lío. He salido por la zona alta, se dice que los mejores filetes de Kobe se comen en Tuset. Voy a muerte, pesca radical, Jara y Sedal, pero la verdad es que nada de nada. Salgo del fuego para caer en las brasas, y se me ocurre meter las narices en el Bling Bling (Tuset, 8-10), una masa palpitante de VIP y clones de Carlton Banks descoloridos. Me siento como una sardina en una bandeja de caviar; el nombre del local no engancha: lujo a mogollón.

El Universal (Marià Cubí, 182) ya es otra cosa, los estilismos se apartan de los cánones high class para acercarse al mundo de los mortales. Con una buena ducha, un polo sobrio y unos náuticos, es suficiente para intentarlo; de todas formas empiezo a descubrir que en esta zona se ladra mucho, pero se muerde poco. Por eso me acerco al Otto Zutz (Lincoln, 15), me han dicho que cuando la cosa se pone caliente te puede tocar el Euromillón, pero no me toca ni la Loto 6/49: demasiado chulazo disfrazado de rapero chungo, imposible competir. Última oportunidad. Conocido como la Piscifactoría, Luz de Gas (Muntaner, 246) siempre es una apuesta ganadora en el arte de la pesca con red, pero cuidado, es un mar veterano. Se gana en experiencia, pero se pierde en turgencia. En la Sala B la media de edad baja: mismo concepto, menos calvas y patas de gallo.

¡Taxi! Cuatro gin-tonics y ya tengo que pedir un préstamo: la zona alta castiga el bolsillo, pero cuando hablamos de caza mayor no hay gasto inútil. Me voy a primera línea de mar. He probado con la fauna autóctona y no he obtenido resultados, es el momento de poner en práctica el método Vaughn. Soy fan del CDLC (Pg. Marítim, 32), pero lo evito. Busco nuevos retos. El Opium Mar (Pg. Marítim, 34) es como hacer un viaje astral a la Ibiza del Botox. Todo el mundo se exhibe, se impone un turismo pijo que gasta sin miedo. El centro de la pista es una olla a presión: huele a sexo, crema solar y colonia cara.

Encuentro el ambiente del Shôko (Pg. Marítim, 36) un poco más informal, me parece que la gente es más joven, me gusta la decoración, buen sitio para picar piedra con universitarias extranjeras de familia adinerada, la turca es considerable. Alguien me dice que me acerque al Eclipse del Hotel W (Pl. de la Rosa dels Vents, planta 26), un megalujoso club con vistas que parece la fiesta de cumpleaños de Roman Abramóvitx: mujeres esculturales, marcas de alta costura, tipos con los párpados bronceados, deportistas famosos... Miro al infinito, saco el Iphone, llamo a Teletaxi. Es hora de volver a casa, encender el ordenador y hacer la derrota menos dolorosa con la ayuda de Sasha Grey.

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